El retorno de la bicameralidad solo tendrá sentido histórico si logra algo más que reorganizar la arquitectura del Poder Legislativo: debe elevar, de manera verificable, la calidad de la decisión pública en el Perú. Después de más de tres décadas de unicameralidad, el país vuelve a un sistema de Senado y Cámara de Diputados con la promesa de mejorar la deliberación, reforzar el control político y reducir los excesos normativos. Sin embargo, este rediseño institucional solo será efectivo si va acompañado de una transformación real en la calidad de la representación política y en los incentivos que guían la acción parlamentaria.
Una reforma de esta magnitud no produce resultados automáticos. La bicameralidad no corrige por sí sola la fragmentación partidaria, la debilidad de los partidos ni la baja exigencia en la selección de candidatos. Si estas condiciones estructurales no cambian, el riesgo es claro: dos cámaras que reproduzcan los mismos problemas de fondo, con mayor costo institucional y sin mejoras sustantivas en la gobernabilidad.
El principal desafío del nuevo Congreso no es únicamente técnico, sino político, en su sentido más profundo: reconstruir la confianza ciudadana en la capacidad del Estado para tomar decisiones razonables, estables y orientadas al interés general. Esa confianza se ha erosionado por años de confrontación, improvisación legislativa y ausencia de resultados tangibles. En ese contexto, la bicameralidad será evaluada no por su diseño, sino por su desempeño.
La fragmentación partidaria seguirá siendo un factor determinante. Un Parlamento plural puede enriquecer el debate, pero también puede derivar en bloqueo institucional si no existe una cultura mínima de acuerdos. El Perú necesita pasar de una lógica de competencia electoral permanente a una lógica de responsabilidad compartida en la conducción del Estado. Sin ese cambio, la bicameralidad puede amplificar la inestabilidad en lugar de corregirla.
La calidad de las decisiones legislativas será el verdadero punto de inflexión. Un Congreso que legisla sin sustento técnico suficiente no solo genera normas ineficaces, sino que introduce incertidumbre en la economía, debilita la seguridad jurídica y reduce la capacidad del Estado para enfrentar problemas críticos como la inseguridad ciudadana, la informalidad o la baja productividad. En un entorno global cada vez más competitivo, estos costos no son menores: afectan directamente la posición del país en la región.
En este esquema, el Senado adquiere un rol clave como cámara de revisión, equilibrio y maduración política de las decisiones. Su legitimidad dependerá de su capacidad para elevar el estándar del debate público, no de convertirse en un espacio de privilegio. La Cámara de Diputados, por su parte, deberá combinar representación territorial con responsabilidad legislativa, evitando la tentación de la respuesta inmediata sin evaluación de impacto.
El problema de fondo, sin embargo, no es institucional, sino humano y político: quiénes acceden al poder y bajo qué criterios. La democracia no puede sostenerse únicamente en la legitimidad del voto si no incorpora exigencias mínimas de preparación, integridad y conocimiento del Estado. La ausencia de estos filtros ha debilitado progresivamente la función legislativa y ha convertido la política en un espacio de alta rotación y baja especialización.
Por ello, la bicameralidad solo cumplirá su promesa si se convierte en el punto de partida de una reforma más amplia: la profesionalización de la política. Esto implica fortalecer partidos, elevar estándares de selección interna, exigir transparencia efectiva y consolidar una cultura en la que el mérito tenga un peso real en el acceso a la representación. Sin estos cambios, cualquier mejora institucional será superficial.
En conclusión, la bicameralidad no es una solución en sí misma, sino una prueba de madurez institucional. Funcionará únicamente si el Perú logra elevar la calidad de su clase política y establecer incentivos que privilegien la competencia, la integridad y la capacidad técnica sobre la improvisación y el cálculo coyuntural. Si ese cambio no ocurre, el país habrá reformado su Congreso sin reformar su política. Si ocurre, la bicameralidad puede convertirse en el punto de inflexión que la democracia peruana ha postergado durante demasiado tiempo.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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