Entre 2026 y 2031, el verdadero reto del Perú no será crear más negocios, sino conseguir que millones de emprendimientos puedan convertirse en empresas productivas, financiables, digitales, formales y capaces de conquistar mercados.
El Perú celebra, con razón, su espíritu emprendedor. Detrás de cada bodega, taller, restaurante, servicio profesional, negocio familiar o pequeña fábrica existe una extraordinaria capacidad para crear oportunidades cuando el empleo no alcanza. Pero allí aparece también una de nuestras mayores confusiones: emprender no es necesariamente prosperar. Y abrir un negocio tampoco equivale a construir una empresa.
Al cierre de 2024 operaban en el Perú 2,33 millones de mipyme formales, equivalentes al 99,3 % de las empresas formales del país. Sin embargo, durante 2025, el 70,2 % de la población ocupada continuaba trabajando en condiciones de informalidad. Son dos fotografías de una misma economía: enorme capacidad para generar autoempleo y pequeñas unidades productivas, pero todavía insuficiente capacidad para convertir ese esfuerzo en productividad, escala y empleo de calidad.
En trabajos anteriores, particularmente al reflexionar sobre el emprendedor hiperconectado y sobre la necesidad de crear ecosistemas de formalización, he sostenido que el problema no puede reducirse a enseñar a obtener un RUC, elaborar un plan de negocios o abrir una página en redes sociales. Todo eso puede ayudar. Pero no resuelve la cuestión fundamental: ¿qué condiciones necesita una persona para que su emprendimiento tenga realmente posibilidades de crecer?
De cara al periodo 2026-2031, plantearía cinco necesidades profundamente conectadas: mercado, gestión, financiamiento, tecnología y confianza institucional.
La primera es mercado. Una empresa no se fortalece porque su propietario recibió veinte horas de capacitación. Se fortalece cuando vende, cobra, vuelve a vender y puede hacerlo con márgenes sostenibles. El salto que necesitamos es conectar mucho mejor a las mype con cadenas de proveedores, comercio electrónico, exportación, asociatividad, grandes empresas y contratación pública competitiva. Nuestra política empresarial debería medir menos cuántas personas asistieron a un curso y mucho más cuánto aumentaron sus ventas, productividad, supervivencia y empleo formal.
La segunda necesidad es gestión. Miles de emprendedores conocen extraordinariamente bien su producto, pero no necesariamente conocen la economía de su propio negocio. Mezclan caja familiar y empresarial, fijan precios siguiendo al competidor, desconocen sus márgenes reales, administran inventarios intuitivamente y no proyectan flujo de caja. Entonces ocurre una paradoja peligrosa: pueden vender más y ganar menos.
Lo que necesitamos es una verdadera extensión empresarial: especialistas capaces de entrar al negocio, diagnosticarlo y acompañar al emprendedor en costos, finanzas, procesos, inventarios, ventas, tributación, estrategia y transformación digital. Menos capacitación genérica y más intervención sobre problemas reales.
La tercera necesidad es financiamiento, pero no cualquier financiamiento. La OCDE identifica el acceso limitado al crédito como una de las principales restricciones para las mipyme peruanas. Y la SBS reportaba, al 12 de julio de 2026, una tasa promedio del sistema para créditos a la microempresa en soles de 60,12 % anual. Esto no significa que todos los microempresarios paguen esa tasa, pero sí permite dimensionar el costo financiero que puede enfrentar este segmento. Endeudarse a precios incompatibles con la rentabilidad del negocio no capitaliza al emprendedor: puede terminar descapitalizándolo.
El desafío hacia 2031 será construir una verdadera escalera financiera. Utilizar mejor la facturación electrónica, ventas, cobranzas y flujos transaccionales para evaluar riesgo; ampliar garantías públicas técnicamente diseñadas; profundizar factoring y financiamiento de órdenes de compra; y permitir que el empresario que demuestra capacidad de pago vaya migrando progresivamente hacia financiamiento más competitivo.
La cuarta necesidad es productividad digital. Digitalizar una mype no significa solamente aceptar pagos digitales, publicar en Instagram o tener WhatsApp Business. Significa utilizar tecnología para controlar inventarios, automatizar cobranzas, conocer al cliente, reducir costos, administrar la caja y tomar mejores decisiones. Y la siguiente frontera ya está aquí: inteligencia artificial aplicada al pequeño negocio.
La experiencia internacional ofrece pistas interesantes. Singapur, mediante SMEs Go Digital, combina hojas de ruta sectoriales, soluciones tecnológicas previamente evaluadas y apoyos que pueden cubrir hasta el 50 % de determinadas soluciones. Chile, a través de Sercotec, articula asistencia técnica, digitalización, acceso a marketplaces, fortalecimiento empresarial e internacionalización. La lección no consiste en copiar instituciones extranjeras, sino en comprender algo elemental: tecnología sin acompañamiento puede terminar convertida en software comprado y nunca utilizado.
Y existe una quinta necesidad que probablemente sea la más profunda: confianza. Ser formal debe convertirse en un buen negocio.
Si ingresar a la formalidad significa asumir rápidamente impuestos, obligaciones, costos laborales, trámites y fiscalización, mientras los beneficios aparecen dispersos o inciertos, estamos construyendo los incentivos al revés. La propia OCDE ha advertido que la fragmentación de los regímenes aplicables a pequeñas empresas puede generar incentivos para mantenerse pequeño, fragmentar operaciones o permanecer parcialmente informal.
La formalidad no debería sentirse como ingresar a una plataforma de obligaciones. Debería significar ingresar a una plataforma de oportunidades.
¿Cómo aterrizarlo? Propongo tres movimientos para el periodo 2026-2031.
El primero sería crear un Pasaporte de Crecimiento Mype: una cuenta empresarial única que integre identidad digital, historial tributario, capacitación certificada, acceso a garantías, factoring, compras públicas, innovación y programas productivos. Cada avance verificable en formalización, trazabilidad y productividad debería desbloquear beneficios concretos. El principio sería simple: no premiar indefinidamente al negocio por seguir siendo pequeño; premiarlo por crecer bien.
El segundo sería construir una Red Nacional de Productividad Empresarial, articulando PRODUCE, gobiernos regionales, universidades, cámaras empresariales y especialistas privados. Su unidad de intervención no sería el curso, sino la empresa. Diagnóstico inicial, acompañamiento y medición posterior de ventas, margen, productividad, digitalización, financiamiento y empleo. El éxito del programa no sería cuántos certificados entregó, sino cuántas empresas mejoraron.
El tercero sería desarrollar un Fondo de Transformación Mype, orientado a cofinanciar tecnología, certificaciones, innovación, eficiencia productiva, acceso a mercados y asistencia técnica especializada, siempre condicionado a resultados. El Perú no parte de cero. PRODUCE informó que, durante 2025, el Programa Tu Empresa acompañó la formalización de más de 100 mil negocios, mientras ProInnóvate canalizó más de S/ 230 millones hacia 2.725 proyectos de innovación, emprendimiento y desarrollo productivo. Tenemos instrumentos. El reto es dejar de mirarlos como programas separados y empezar a construir con ellos una verdadera ruta de crecimiento empresarial.
El debate, entonces, no debería seguir siendo si el peruano tiene espíritu emprendedor. Eso lo ha demostrado durante décadas. La pregunta mucho más incómoda es otra: ¿por qué tanto talento empresarial termina atrapado durante años en negocios pequeños, frágiles y de baja productividad?
Entre 2026 y 2031 deberíamos cambiar incluso nuestros indicadores de éxito. Menos obsesión por contar cuántos nuevos emprendimientos aparecen y mayor atención a cuántos sobreviven cinco años, cuántos duplican productividad, cuántos comienzan a exportar, cuántos incorporan tecnología, cuántos acceden a financiamiento más competitivo y cuántos empiezan a generar empleo formal.
Porque un país no se transforma simplemente porque tenga millones de personas capaces de emprender para sobrevivir. Se transforma cuando quien emprende encuentra las condiciones para crecer, acumular capital, innovar, contratar, competir y construir patrimonio.
El Perú ya tiene emprendedores.
Lo que necesita construir ahora son las condiciones para que muchos de ellos puedan dejar de ser pequeños.
César Augusto Novoa Chávez
CEO de NOZA Investment Company SAC Perú y un líder estratégico con más de 25 años impulsando crecimiento, innovación y transformación en entornos altamente competitivos. Su trayectoria integra finanzas, gestión de riesgos, tecnología y dirección comercial, con posiciones clave en Derrama Magisterial, Banco Azteca / Grupo Salinas y Banco del Trabajo. Reconocido por convertir la visión en ejecución, diseña e implementa modelos escalables orientados a valor, rentabilidad y sostenibilidad. Es docente internacional de posgrado y columnista. Economista (Universidad Nacional de Piura) y MBA (ESAN), con especializaciones en Riesgos Financieros (ESAN & Tecnológico de Monterrey), Transformación Digital & Fintech (Copenhagen Business School) y Business Sustainability (University of London).


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