La nueva arquitectura de capital que podría transformar el financiamiento empresarial, la inversión y el mercado financiero peruano
El Perú podría estar entrando en una etapa distinta de su desarrollo financiero. No porque bancos, cajas, financieras o cooperativas pierdan relevancia, sino porque, junto a ellos, puede consolidarse una arquitectura complementaria capaz de conectar capital con empresas, proyectos, infraestructura y activos especializados.
Hablar de fondos de inversión, sin embargo, exige precisión. No existe un solo modelo. Conviven fondos de oferta pública, regímenes simplificados y estructuras de oferta privada; administradoras sujetas a distintos marcos; inversionistas con perfiles diferentes; y vehículos con objetivos, horizontes y niveles de riesgo también distintos.
La discusión relevante, por tanto, no debería concentrarse únicamente en cuántos fondos aparecen ni cuánto patrimonio consiguen captar. La pregunta de fondo es otra: ¿qué capacidad tendrán para transformar capital en valor?
Esta cuestión resulta particularmente importante desde una mirada financiera como la que César Novoa ha desarrollado a lo largo de su experiencia en créditos, riesgos, finanzas, estrategia y gestión empresarial. Una enseñanza transversal a esas disciplinas es elemental, pero muchas veces olvidada: crecer no equivale necesariamente a crear valor.
Una cartera puede crecer deteriorando su calidad. Una empresa puede incrementar activos mientras reduce su capacidad de generar retornos. Del mismo modo, una administradora podría multiplicar sus activos bajo gestión sin producir resultados suficientes para compensar el capital comprometido, la iliquidez o los riesgos asumidos.
Por eso, durante 2026–2031, el mercado debería comenzar a mirar más allá del AUM —activos bajo administración—.
Importará cuánto capital se gestiona, pero también cómo se origina, dónde se invierte, qué riesgos se asumen, cómo se gestionan, qué retorno se obtiene y cuánto valor permanece finalmente para el inversionista.
Ahí puede encontrarse una de las transformaciones más interesantes del próximo quinquenio.
Los fondos pueden estructurar inversiones vinculadas con deuda privada, factoring, infraestructura, proyectos inmobiliarios, capital privado, situaciones especiales, innovación u Obras por Impuestos. Su potencial reside precisamente en la especialización: construir soluciones de capital con combinaciones de plazo, riesgo y retorno distintas de las disponibles en los canales tradicionales.
Pero esa flexibilidad exige capacidades superiores.
El riesgo no desaparece porque cambie el vehículo financiero. Se transforma, se distribuye y debe gestionarse. Crédito, liquidez, concentración, mercado, contraparte, valorización, duración, conflictos de interés, operación y reputación forman parte de una arquitectura que debe ser identificada, medida, monitoreada y gestionada durante todo el ciclo de inversión.
Para Novoa, esa relación entre retorno y riesgo resulta central: una rentabilidad elevada carece de significado económico si no se conoce cuánto riesgo fue necesario asumir para producirla.
Administrar un fondo tampoco consiste simplemente en conseguir inversionistas.
Consiste en construir confianza.
Y esa confianza tendrá que sustentarse en gobierno corporativo, originación rigurosa, procesos de inversión verificables, valorizaciones consistentes, auditoría, compliance, tecnología, transparencia, gestión de conflictos de interés y calidad del reporting.
En los fondos privados, esta exigencia adquiere especial importancia. Una mayor flexibilidad jurídica no debería interpretarse como una licencia para reducir estándares. Por el contrario, cuanto mayor sea el espacio contractual, mayor importancia adquieren la reputación del gestor, sus controles, sus procesos y su conducta frente al inversionista.
Existe, además, una pregunta todavía más importante: ¿qué significa que esta industria contribuya realmente al desarrollo financiero?
Un fondo puede comprar activos existentes, generar rentabilidad y cumplir perfectamente su objetivo económico. Pero puede también movilizar recursos hacia empresas, proyectos o actividades que difícilmente habrían encontrado financiamiento en condiciones adecuadas mediante los canales convencionales.
Esa diferencia introduce un concepto que merece atención: adicionalidad financiera.
No se trata solamente de cuánto capital circula, sino de cuánto capital nuevo logra movilizarse hacia oportunidades que, de otra manera, podrían no ejecutarse, hacerlo más tarde o hacerlo en condiciones menos eficientes.
Un fondo relativamente pequeño podría generar mayor adicionalidad que otro varias veces mayor si consigue destrabar proyectos, financiar expansión empresarial, canalizar recursos hacia infraestructura o estructurar soluciones para segmentos donde existe una verdadera brecha de capital.
Pero aún queda un nivel superior de evaluación: la creación de valor ajustada por riesgo.
Esta perspectiva, coherente con la reflexión que Novoa viene desarrollando alrededor de las organizaciones financieras, obliga a superar los indicadores aislados. No basta observar utilidad, crecimiento, patrimonio o rentabilidad nominal. Hay que relacionarlos con el capital utilizado, el horizonte, la liquidez y, fundamentalmente, con los riesgos asumidos y la capacidad demostrada para gestionarlos.
Ese debería convertirse progresivamente en uno de los estándares de evaluación de las administradoras.
No preguntar únicamente cuánto dinero gestionan.
Preguntar cuánto valor crean por cada unidad de capital y de riesgo asumido.
El desafío para el Estado será permitir innovación, preservando la integridad del mercado. Para las administradoras, crecer sin degradar estándares. Para los inversionistas, diferenciar expectativa de rentabilidad de garantía de rentabilidad. Y para las empresas receptoras, comprender que recibir capital profesional implica información, disciplina financiera, transparencia y gobierno.
Por ello, plantear que 2026–2031 podría convertirse en el quinquenio de los fondos de inversión no significa formular una profecía. Significa identificar una transformación posible.
El Perú podría avanzar desde una arquitectura donde buena parte de la conversación sobre financiamiento estuvo concentrada en el crédito hacia otra donde distintos vehículos compitan, colaboren y se complementen para asignar capital.
Si ese proceso se desarrolla con institucionalidad, innovación, transparencia, profesionalización y una adecuada gestión integral de riesgos, estaremos ante algo mayor que el crecimiento de una industria.
Estaremos ante una nueva arquitectura de intermediación y creación de valor.
Porque el liderazgo del próximo quinquenio no debería medirse únicamente por el volumen de activos administrados, sino por la capacidad de crear valor sostenible, gestionar integralmente los riesgos y construir confianza en el tiempo.
César Augusto Novoa Chávez
CEO de NOZA Investment Company SAC Perú y un líder estratégico con más de 25 años impulsando crecimiento, innovación y transformación en entornos altamente competitivos. Su trayectoria integra finanzas, gestión de riesgos, tecnología y dirección comercial, con posiciones clave en Derrama Magisterial, Banco Azteca / Grupo Salinas y Banco del Trabajo. Reconocido por convertir la visión en ejecución, diseña e implementa modelos escalables orientados a valor, rentabilidad y sostenibilidad. Es docente internacional de posgrado y columnista. Economista (Universidad Nacional de Piura) y MBA (ESAN), con especializaciones en Riesgos Financieros (ESAN & Tecnológico de Monterrey), Transformación Digital & Fintech (Copenhagen Business School) y Business Sustainability (University of London).


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