La mejor posición política no necesariamente nace de la confrontación entre ideologías, partidos o intereses, sino de la capacidad de reconocer al otro como persona, ciudadano y legítimo participante de la vida pública. Una política con esperanza debe recuperar algo esencial: la confianza entre quienes piensan diferente y la convicción de que las diferencias pueden transformarse en soluciones compartidas.
Hablar de amor en la política no significa convertir el Estado en un espacio de sentimentalismo. Significa colocar la dignidad humana, la solidaridad y el bien común como referencias de la acción pública. El amor entendido como compromiso con la sociedad exige preocuparse por quien tiene menos oportunidades, escuchar al que reclama y construir instituciones que protejan derechos sin discriminación.
La amistad cívica también resulta fundamental. Una democracia no puede funcionar permanentemente bajo la lógica de enemigos y adversarios irreconciliables. La discrepancia es legítima; la descalificación permanente, la exclusión y la intolerancia deterioran la posibilidad de construir acuerdos. La amistad política no exige pensar igual; exige reconocer que el país pertenece a todos.
La lealtad debe dirigirse, ante todo, a la Constitución, las instituciones, la ciudadanía y los principios de honestidad y responsabilidad pública, no únicamente a personas o agrupaciones. Un servidor público leal debe ser capaz de sostener una posición cuando considera que es correcta, pero también rectificar cuando la evidencia demuestra que una decisión puede perjudicar al interés general.
La comprensión implica escuchar las distintas realidades sociales, económicas, culturales y territoriales. Una sociedad diversa necesita políticas públicas capaces de incorporar esa pluralidad. La inclusión no debe reducirse a un discurso; debe expresarse en acceso efectivo a educación, salud, seguridad, justicia, empleo, infraestructura, participación ciudadana y oportunidades de desarrollo.
Pero ninguna esperanza política puede sostenerse solamente en buenas intenciones. Debe convertirse en soluciones concretas, instituciones eficientes y responsabilidades verificables. El Estado necesita planificar, ejecutar, evaluar y corregir. La ciudadanía necesita conocer qué se promete, cuánto cuesta, quién será responsable y cuáles serán los resultados.
Estos valores también tienen una dimensión personal dentro de la vida política. El amor, la amistad, la lealtad, la comprensión, la capacidad de solucionar y la inclusión pueden ayudar a una persona a ingresar a la política y a relacionarse con la ciudadanía; pero, con el paso del tiempo, adquieren un significado aún más importante: ayudan a mantener el equilibrio, la coherencia y los valores que deben orientar el ejercicio de la responsabilidad pública. Ingresar a la política puede depender de muchas circunstancias; permanecer en ella con dignidad exige principios, capacidad de escuchar y disposición permanente para servir.
Conclusiones
La esperanza política comienza cuando dejamos de considerar la política únicamente como una lucha por el poder y la entendemos como una responsabilidad con las personas y las futuras generaciones. Amor, amistad, lealtad, comprensión, soluciones e inclusión pueden convertirse en valores públicos cuando se traducen en instituciones transparentes, derechos efectivos y servicios que funcionen.
El desafío consiste en pasar de la confrontación a la cooperación sin abandonar la fiscalización; del discurso a los resultados; de la exclusión al diálogo; y de los intereses particulares a una visión de bien común.
Una política verdaderamente esperanzadora no promete una sociedad sin conflictos. Propone una sociedad capaz de resolverlos con respeto, justicia, responsabilidad y solidaridad. Los valores pueden abrir una puerta hacia la política, pero son esos mismos valores, cultivados con el tiempo, los que pueden ayudar a conservar el equilibrio y la integridad en el ejercicio del servicio público.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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