Jorge Céliz Kuong
5 de octubre de 2026
La principal debilidad de Fuerza Popular no está en Lima, sino fuera de ella: su influencia parlamentaria carece de una base territorial sólida. Mientras no cierre esa brecha, cualquier proyecto nacional dependerá de alianzas frágiles, candidaturas prestadas y resultados coyunturales.
La tesis central de estas elecciones subnacionales es inequívoca: Fuerza Popular conserva capacidad de influencia en Lima, pero no ha logrado convertirla en organización, liderazgos ni autoridad política en las regiones. Esa brecha territorial no constituye un problema secundario ni una derrota aislada. Es la principal limitación estratégica de un partido que pretende conducir el país desde una estructura todavía concentrada en la capital.
Los primeros resultados de la jornada confirman esa distancia. En Lima Metropolitana, Renovación Popular encabezó el boca de urna, mientras Fuerza Popular no logró colocar a ninguno de sus candidatos distritales entre los ganadores proyectados. El registro histórico refuerza el diagnóstico: desde que participa en elecciones subnacionales, el fujimorismo ha ganado apenas tres gobiernos regionales y no ha conseguido una alcaldía metropolitana. La brecha territorial, por tanto, no nació en esta elección; se ha acumulado durante años.
El contraste con la izquierda también resulta significativo. Su representación conserva mayor densidad en el sur andino y en territorios marcados por demandas de servicios públicos, desigualdad, identidad regional, actividad extractiva y abandono estatal. Aunque esa presencia no siempre se traduce en gobiernos estables, sí revela una conexión territorial más persistente. La tendencia que se ha fortalecido es la fragmentación del voto y el desplazamiento de la competencia hacia movimientos regionales, liderazgos locales y agrupaciones capaces de interpretar demandas concretas. La derecha mantiene ventajas en la capital y en sectores urbanos, pero Fuerza Popular no ha conseguido transformar esa ventaja en una red nacional. Su problema no es la ausencia absoluta de electores, sino la falta de organización permanente.
El contexto latinoamericano vuelve más exigente esta realidad. La pérdida de confianza en los partidos tradicionales, la fragmentación y el avance de liderazgos locales han desplazado el centro de la competencia hacia los territorios. En el Perú, la política se decide cada vez más alrededor de la seguridad, el agua, el transporte, la infraestructura, la minería ilegal y la provisión de servicios. Allí se construye la confianza. Allí también se verifica la brecha territorial de Fuerza Popular.
Una bancada puede otorgar visibilidad, pero no reemplaza a un alcalde, un gobernador o una estructura provincial. Sin autoridades aliadas, cuadros propios y presencia local, el partido dispone de menos información sobre las demandas regionales y de menos capacidad para acompañar la gestión pública. Depende entonces de candidaturas invitadas, operadores circunstanciales y pactos cuya lealtad suele terminar con la elección. Esa dependencia debilita su negociación y encarece cualquier proyecto presidencial.
La brecha territorial tampoco debe interpretarse como una sentencia definitiva. Las elecciones subnacionales no son un plebiscito nacional y el conteo oficial aún debe consolidar las cifras. Pero sí ofrecen una advertencia precisa: ningún resultado parlamentario puede ocultar indefinidamente la ausencia de raíces provinciales.
Cerrar esa distancia exige una reforma interna verificable. Fuerza Popular debería descentralizar decisiones, formar cuadros regionales, seleccionar candidatos con reglas transparentes y establecer metas medibles de afiliación, organización y desempeño. También tendría que construir agendas diferenciadas para cada territorio, en lugar de reproducir desde Lima una oferta política uniforme. La prioridad no debe ser multiplicar candidaturas, sino recuperar capacidad de organización.
Fuerza Popular no podrá conducir el país si continúa confundiendo influencia parlamentaria con presencia nacional. Debe reconstruir su estructura desde las provincias, preservar el control soberano de sus decisiones y vincular cada alianza a objetivos públicos y verificables. Si no transforma su maquinaria electoral en una organización con raíces territoriales, seguirá siendo influyente en el Congreso, pero débil allí donde se define la legitimidad política. En el Perú actual, el poder sostenible se construye región por región.
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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