El Perú conoce desde hace generaciones que las lluvias extraordinarias, inundaciones, huaicos y desbordes asociados a El Niño no son hechos imprevisibles. El episodio de 1925-1926 dejó una huella profunda; posteriormente ocurrieron grandes eventos en 1982-1983, 1997-1998 y 2017, además de otros episodios importantes. El IGP identifica precisamente estos cuatro eventos extraordinarios en los últimos 120 años, mientras que SENAMHI considera comparable el Niño Costero de 2017 con el de 1925-1926 por sus características e impactos.
¿Qué cambió durante este siglo? Mucho, pero insuficiente. El país desarrolló instituciones científicas y sistemas de monitoreo SENAMHI, IGP, ENFEN, incorporó la gestión del riesgo de desastres al aparato estatal y creó instrumentos de prevención. Después de 2017 se estableció la Autoridad para la Reconstrucción con Cambios, con competencias para reconstruir infraestructura dañada e implementar infraestructura preventiva en 13 regiones.
Gobierno del Perú,
También existen avances concretos. En los últimos años se han ejecutado soluciones integrales, defensas ribereñas, drenajes y obras para controlar quebradas. En 2026, por ejemplo, la ANIN informó la culminación de nueve obras de protección contra inundaciones y erosión, con 114,75 kilómetros de defensas ribereñas y una inversión de S/ 2.754,6 millones.
Pero aquí aparece la contradicción fundamental, cada fenómeno parece volver a revelar las mismas debilidades estructurales. Urbanización sobre cauces y quebradas, ocupación de zonas inundables, drenajes insuficientes, ríos invadidos, falta de mantenimiento, proyectos fragmentados, débil coordinación entre niveles de gobierno y una cultura política que suele reaccionar después del desastre en lugar de prevenirlo. El propio IGP documenta cómo la expansión urbana ocupó progresivamente áreas inundables y estrechó cauces de los ríos.
Por eso, atribuir todo a “la naturaleza” resulta cómodo pero incompleto. El Niño es un fenómeno natural; la magnitud del desastre depende también de las decisiones humanas. Una lluvia extraordinaria puede ser inevitable. Que destruya viviendas construidas en zonas conocidas de peligro, carreteras, puentes o sistemas de drenaje deficientes es, en buena medida, consecuencia de decisiones públicas y privadas.
¿Es corrupción? No sería serio afirmar que todo fracaso es corrupción sin probar cada caso. Pero tampoco sería serio descartar esa hipótesis cuando existen obras demoradas, sobrecostos, contrataciones cuestionadas, proyectos abandonados o recursos que no se convierten oportunamente en protección efectiva. La corrupción debe investigarse caso por caso. La inoperancia, en cambio, puede evaluarse por resultados, si después de 100 años el Estado continúa identificando los mismos puntos críticos y reaccionando cuando llega la emergencia, existe una falla evidente de gestión.
La paradoja es enorme, hoy sabemos mucho más sobre El Niño que en 1925, tenemos mejores pronósticos, mapas de riesgo, tecnología, maquinaria, sistemas de alerta y presupuestos; sin embargo, todavía convertimos conocimiento conocido en emergencia repetida. Incluso en 2026 la ANIN continúa fortaleciendo medidas preventivas y sistemas de alerta ante escenarios futuros.
Conclusiones
Después de más de un siglo, el problema peruano ya no puede explicarse por falta de conocimiento. El país sabe que El Niño volverá; conoce las cuencas peligrosas y puede identificar las poblaciones expuestas. Lo que ha faltado históricamente es convertir ese conocimiento en una política permanente, técnicamente priorizada y protegida de la improvisación política.
Ha habido avances reales, pero han sido intermitentes, reactivos y fragmentados. Se construye después de la tragedia, se inaugura después de la pérdida y se vuelve a discutir la prevención cuando aparece una nueva amenaza.
El verdadero fracaso no consiste en que llueva. Consiste en que una lluvia anunciada encuentre nuevamente al Estado sin haber terminado las obras que ya sabía necesarias.
Por ello, el juicio histórico debe ser doble: inoperancia cuando exista incapacidad comprobable para ejecutar lo planificado; corrupción cuando las investigaciones demuestren que intereses particulares desviaron recursos o decisiones públicas. No debemos confundir ambas cosas, pero tampoco permitir que una sirva de refugio para ocultar la otra.
Cien años después de 1925, el desafío ya no es aprender qué es El Niño. El desafío es demostrar que el Estado peruano aprendió a gobernar antes de que llegue.con responsabilidad Rafael Aita Campodónico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000. Congresista de la República para el período 2001-2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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