La fría mañana del lunes 10 de agosto, un enigmático mensaje de Maximiliano Aguiar fue suficiente para calentar un poco las redes. “Cierra una etapa… ¡Nuevos Rumbos!” escribió y fue suficiente para que, de inmediato, políticos conocidos, periodistas, opinólogos, críticos y demás “haters” que abundan en esta red social comenzaran a interpretar, especular, juzgar y, sobre todo, dar por hecho que, de esta manera, el consultor político se despedía del Perú y del Presidente Martín Vizcarra.
Horas más tarde, El Comercio fue el encargado de buscarlo y confirmar lo que todos imaginaban: Aguiar terminaba su “relación laboral con Palacio de Gobierno… en muy buenos términos”.
De esta manera, Maxi (como lo conocen sus amigos) hizo noticia política ese día, y también el martes, cuando el nuevo presidente del Consejo de Ministros, Walter Martos, se presentaba al Congreso de la República para pedir el voto de confianza.
De hecho, mucho se especuló de que el cambio del tono comunicacional de Martos, muy distinto al de Pedro Cateriano, obedecía justamente al alejamiento del asesor. Cuánto de esto es verdad no lo sabemos por ahora, pero de seguro lo conoceremos en un tiempo distinto. Lo cierto es que se especuló mucho sobre este tema esos tres días, motivado, sin duda, por el propio mensaje. Si Aguiar deseaba formar parte de la discusión nacional, lo consiguió con su tweet.
Pero, ¿los consultores o asesores deben generar noticia por el trabajo que realizan? Ciertamente, no. Su papel de estrategas los obliga más bien a estar siempre detrás del escenario, fuera del foco de la opinión pública. Los que deben brillar son los asesorados –personajes públicos o políticos— que, con apoyo externo, buscan posicionamiento y reconocimiento de las audiencias.
Los expertos advertirán mejor si detrás de ese cuestionamiento hay acaso algún aroma xenófobo por el hecho que sea argentino, o simplemente se trata de un problema de egos y una hoguera de vanidades incendiada por políticos y otros asesores.
En verdad, los peruanos ya vivimos esta discusión de asesores extranjeros. Quizás el caso más recordado es el del argentino Daniel Carbonetto durante el primer gobierno del difunto Alan García o, más recientemente, el de Esteban Silva, asesor chileno en el gobierno del ex presidente Alejandro Toledo.
La nacionalidad, sin embargo, no debería ser un tema de discusión, sino el profesionalismo y la experiencia del consultor, así como el legado que deja en un gobierno, una campaña política o en el posicionamiento de un político. El consultor analiza escenarios, propone estrategias y acciones, plantea soluciones rápidas y efectivas a situaciones de crisis, además de elaborar mensajes clave para las diversas audiencias. El que brilla es el político. Esto claramente no siempre es así y los papeles se invierten cuando el consultor/asesor es una persona polémica que atrae más comentarios o críticas que el propio aconsejado. Pero, además, su comportamiento debe guardar las formas éticas y transparentes que su cargo exige para agregar valor positivo a su trabajo. El asesor de cualquier institución del Estado (hablo en términos generales) debe estar rodeado de un halo de reconocimiento a su experiencia, seriedad, conducta y, sobre todo, transparencia por ser una persona que tiene conocimiento de ciertas esferas del gobierno y, como tal, debe guardar las mismas normas y restricciones que tiene, por ejemplo, un alto funcionario del Estado. Es una forma de profesionalizar la asesoría gubernamental. Pero, vamos, tampoco es que el consultor debe caerle simpático a todo el mundo.
¿Cuánto de lo que Vizcarra es hoy como político se debe a Maximiliano? ¿Cuántos de los errores en la comunicación gubernamental y del presidente le podemos achacar a él?
Al igual que su enigmático post de ese lunes por la mañana, el motivo de su retiro y real contribución son incógnitas que tardaremos un poco en responder.
José Salazar.
Comunicador, periodista y CEO de Proel.


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