En la noche del domingo 15 de marzo, cuando nos disponíamos a descansar para volver a la rutina al día siguiente, el presidente de Perú Martín Vizcarra tomó las pantallas y parlantes de los televisores y decretó estado de emergencia, cuarentena y confinamiento, y casi todo se suspendió por cuatro largos meses, y el mundo cambió… Con algunos matices, eso sucedió en casi la totalidad de países del mundo… El tema único de conversación, discusión, preocupación, acción e inacción fue la pandemia, una pesadilla o película de terror de la vida real con escenas en todo el planeta… Una historia cierta e increíble en la que el indeseado covid-19 va regando no menos de un millón de cadáveres globales, a la vez que ha reducido o paralizado las economías de dos centenares de países en este pequeño punto del universo donde habitamos, originando sufrimiento profundo e infinito por crear tanta enfermedad, muerte y destrucción del trabajo a millones de seres humanos que hoy ven el futuro con incertidumbre y no quieren perder la esperanza, aunque la hayan perdido ya… Luego de cinco intensos meses, el epílogo parece estar distante…
Esa noche del 15 de marzo, el presidente Vizcarra estrenaba nueva etapa presidencial ante las cámaras de televisión… Pero en enero habían sonado fuerte las alarmas mundiales desde China y Europa, y dos meses después el gobierno peruano había hecho nada por activar comité de crisis, plan estratégico sanitario, preparación del sistema de atención pública de salud, compras de kits de laboratorio, insumos médicos y medicinas, menos había convocado a los sectores involucrados… Era guerra avisada… Se hizo nada… Dos meses después de total inacción, esa noche del 15 de marzo el presidente iniciaba una acción política de liderazgo y comunicación muy intensa y “eficiente”.
Actuó como un líder, mostró decisión y firmeza, tomó medidas extremas, tuvo dominio de escena, manejó los medios, y la respuesta de los peruanos (70% informales) fue de acatamiento y sacrificio, de un lado, y de aplauso y reconocimiento, de otro.
Resultado: 85% de aprobación en las encuestas de abril, un respaldo social abrumador y muy importante para un presidente sin partido y adicto a los números abultados de aprobación popular, que le dan fuerza política.
En agosto, el resultado de la gestión de la crisis sanitaria ocasionada por la pandemia, ha puesto a Perú en el primer lugar del mundo en muertes por millón por covid-19, y en el primer lugar de caída del PBI en América Latina, con un impacto nefasto en la perdida de trabajo y reducción de la recaudación fiscal.
El presidente y la narrativa oficial gubernamental insisten en que el impacto macabro de decenas de miles de muertes por covid-19, se debe a que los peruanos no cumplieron las normas sanitarias de confinamiento, distancia física (no social), uso de mascarillas y más, pero ese mensaje (que no es cierto) se ha debilitado, ha perdido fuerza, y el presidente y el gobierno han perdido credibilidad, lo que se expresa en la caída de 85% (abril) a 55% (agosto) de la aprobación presidencial, con una fuerte tendencia hacia la baja.
La principal razón del impacto de la crisis sanitaria está en la deficiente gestión del gobierno central, por inacciones y acciones improvisadas y mal tomadas que aquí no vamos a detallar, porque el propósito de este texto es analizar las fallas comunicacionales del presidente y el gobierno en el contexto de la gestión de la crisis por la pandemia covid-19 en Perú.
Mi apreciación de la gestión comunicacional de la crisis es que ha sido y es muy deficiente: no ha sido guiada por un plan, no ha sido profesional, ha sido improvisada, no ha buscado dar soporte a los objetivos sanitarios, ha buscado dar soporte a los objetivos políticos del presidente. En los siguientes issues menciono algunos graves errores de la gestión comunicacional de la crisis.
Centrar la “estrategia” en apariciones diarias del presidente en televisión, con discursos largos, monótonos, reiterativos, sin centrarse en lo sustancial y prodigándose en lo accesorio. Esto trajo como consecuencia un fuerte desgaste de la imagen presidencial. Cualquier alumno de primer ciclo de comunicaciones sabe que la saturación produce desgaste. Pero no lo sabe el gobierno. Se pensó que el espectáculo televisivo haría que el presidente suba más en las encuestas. Eso se llama gula de aplauso y no es bueno para un gobernante, menos para enfrentar una crisis que pone en riesgo la vida de las personas.
No formular un plan estratégico de comunicación, que oriente las acciones comunicacionales y las mantenga alineadas a los objetivos sanitarios (en realidad no ha habido un plan estratégico del gobierno para enfrentar la pandemia), y que establezca las responsabilidades desde el presidente de la república hasta los ciudadanos de a pie, pasando por los medios de comunicación, gobiernos regionales y locales, estructura de salud pública y privada, instituciones involucradas y más.
No hacer una campaña masiva de sensibilización, que motive a las personas a proteger la salud, la vida y la familia, mediante un cambio de actitudes y conductas conducente al cumplimiento de las medidas sanitarias, y a la recuperación de la esperanza individual, familiar y colectiva, para cambiar de signo a los ciudadanos frente a la emergencia y el futuro.
Ocultar la verdad respecto al número real de fallecidos por covid-19 y no dar muestras de transparencia,lo que constituye ocultamiento de información, lo cual no es buena práctica democrática. El subregistro de fallecidos en Perú es de 149% según Financial Times, mientras que en otros países de la región y otros continentes llega al 20 o 30%, máximo al 50% (España o Italia) Para esto, el gobierno tomó como escudo que “en todos los países hay subregistro”. Lo hay, pero en Perú es exorbitante. Al gobierno no le ha importado explicar esto, como si nada valiera la vida de decenas de miles de personas. Esta falta de transparencia ha originado en hombres y mujeres el sentimiento de engaño, y ha incidido en la pérdida de credibilidad del presidente y gobierno.
No asumir responsabilidad por errores e inacción, no hacer “mea culpa” y a la vez seguir estrenando nuevos errores graves de gestión sanitaria y comunicacional, junto a la insistencia en “tercerizar” en los ciudadanos toda la responsabilidad del impacto de la crisis.
Culpar a los peruanos de ser los responsables, generalizando a todos en una sola categoría de “irresponsables y culpables”. Es cierto que hubo una minoría de irresponsables, pero fue eso, una minoría. La gran mayoría de peruanos fueron muy responsables y acataron las disposiciones sanitarias. También hay un sector de peruanos responsables que desde la informalidad tienen una economía del “día a día”, y eso les obliga a salir de casa para ganarse la vida.
No dar esperanza a las personas y al país, cuando la situación es extremadamente crítica por la enfermedad, la muerte y la pérdida de trabajo, desarrollando sentimientos de culpabilidad y rabia entre peruanos para ocultar su responsabilidad, hundiendo más a las personas y las familias en un hoyo profundo y obscuro. En situaciones así, lo apropiado es dar esperanza y estimularla con el reconocimiento de la verdad y un plan de acción objetivo para sacar al país de la muerte y la falta de trabajo.
No dialogar con los actores políticos, sociales e institucionales, que hubieran permitido tomar mejores decisiones y realizar mejores acciones, a la vez que hubieran propiciado respaldo institucional y social a gestión de la crisis… La cúpula de gobierno prefirió “confinarse” en “petit comité” para ensayar medidas en desestructuradas, improvisadas, equivocadas.
Y podría seguir desarrollando errores comunicacionales graves del presidente Martín Vizcarra y su gobierno, como vender victoria tras el fracaso, o como no construir una narrativa sobre la verdad, pero aquí lo dejo…
A propósito, la verdad pública es independiente del uso político de la verdad, y debe ser administrada con corrección y transparencia… su búsqueda no debería alarmar ni paralizar a nadie… es enorme patrimonio intangible tenerla… no debe ser ocultada bajo ningún artilugio.
Luis Benavente.
Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Magíster en Administración, graduado por la Universidad de Lima. Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional Hermilio Valdizán de Huánuco. Actualmente se desempeña como director ejecutivo de Vox Populi Consultoría y analista político en medios de comunicación nacionales e internacionales.


Excelente artículo! Gracias Lucho por puntualizar las debilidades comunicacionales del gobierno. Pero considero que «ocultar la verdad» no es un «error comunicacional»; porque además, lo que se dice es una MENTIRA. Esto último no es necesariamente lo mismo que lo primero. Uno puede ocultar; sin necesidad de expresamente engañar. Por lo que creo que engañar para ocultar es doble pecado. Tenemos muchos ex-líderes políticos privados de libertad por declarar una mentira para ocultar la verdad. Muchas gracias por tu muy prolijo y pedagógico escrito. Un saludo!
Lucho estupendo artículo ! sugiero un problema mucho más profundo.
El presidente no solo no acepta la verdad y pretende vender un falso triunfalismo basado en resignación tercermundista y culpa ciudadana.
Esta es una dialéctica extremadamente peligrosa de un gobierno que se presenta como víctima de las circunstancias y héroe de un falso bienestar. Esto abre una «caja de pandora», no solo por resultados hoy conocidos. Mas grave aún, crea una mega-frustración ciudadana a un amplio sector necesitado y ahora señalado como culpable.
Las consecuencias son inimaginables, le dice al ciudadano «estas en el subsuelo, que mas da, que suba un loco a destruirlo todo».
Es más que un issue de comunicación, es megalomanía psicopatológica ! y el silencio nos puede arrastrar a sus consecuencias.