Ha ocurrido una desgracia. Han muerto 13 jóvenes de una manera absurda. Hoy salen los dedos acusadores y estamos en medio de un fuego cruzado porque tenemos la necesidad de hallar al culpable. Frente a estas situaciones nos convertimos en auténticos inquisidores.
Para entender y emitir una opinión, lo primero que debemos hacer es realizar un análisis de los hechos. De los hechos objetivos, en sí mismos. Sin acaloramientos, sin prejuicios.
Era sábado por la noche. Un local en Los Olivos, que funcionaba como discoteca, sin contar con licencia de funcionamiento, ni autorización de defensa civil. Que no tenía siquiera vías de escape suficientes. Una reunión que conglomeraba por lo menos a 100 personas. Por el estado de emergencia sanitaria están prohibidas todas las reuniones sociales. Al momento del operativo faltaban minutos para que comience el toque de queda, programado desde hace meses a las diez de la noche. Dos horas después sería domingo. Hay una restricción de circulación obligatoria durante todo el día.
Esta escena se venía repitiendo. No era la primera vez y los vecinos lo reportaban. Al ser un local improvisado no contaba con las mínimas condiciones de salubridad, ni seguridad. Estaban dadas todas las condiciones para que se generara una tragedia como la que sucedió.
Pero ésta es una historia repetida, cotidiana. Esta película la hemos visto numerosas veces. Pareciera que el destino estuviese escrito.
Mis padres recurrían con mucha frecuencia a los refranes. Eran la sabiduría de la vida cotidiana, nos decían. Y por eso me pregunto por qué en estos casos el refrán “Guerra avisada, no mata a gente” no funciona prácticamente nunca en nuestro país.
Es en este momento de la historia cuando se debió haber detenido y revertido todo. Hasta aquí ya hay una lista de responsabilidades previas a aquella noche oscura.
Cuando en estos días vemos como no se respeta la inmovilidad las opiniones también se cruzan: “qué irresponsabilidad”, “qué falta de cultura y educación”, y por otro lado “pobre gente”, “sino salen a vender de qué van a vivir”.
Y en este caso, ¿Qué motivaba a estos jóvenes a salir de la casa, en masa, a tener una noche de juerga? ¿Era la necesidad la que los obligaba a buscar unos frijoles para su casa? ¿Estaban en la calle para conseguir alguna medicina o elemento de seguridad? ¿Era acaso un jefe que lo obligaba a trabajar?
Pareciera que ninguna de estas fuese la motivación. Más me inclino a pensar en un espíritu anárquico de querer retar toda norma y restricción. De la falta de conciencia del bien propio y ajeno. De la descomposición de una sociedad que anda sin un norte.
La intervención policial era inminente. Y quizá acá también habría que hacer un alto. ¿Existían los protocolos claros de cómo proceder? ¿Se sabía con claridad a dónde se estaba entrando y las contingencias que se pudiesen generar? Con una mayor planificación del operativo y preparación de los efectivos quizá el resultado hubiese sido otro. Esta no era una emergencia del momento. ¿Pudo haber mayor prevención?
En este punto también es bueno reflexionar: ¿Podemos imaginarnos la carga emocional de los efectivos policiales, que exponen su vida día a día, que se han enfrentado cara a cara con la muerte en todo este tiempo, que, por su oficio y vocación de servicio, tienen que estar en la calle, alejados de sus seres más queridos, y de pronto encontrarse con esta escena en la que decenas de personas parecieran enrostrarles que no les importa su sacrificio?
Lo que viene después es una cadena de errores, como en el Estadio Nacional hace 56 años, como en la discoteca en Surco hace 18 años. El desenlace lo conocemos y seguimos sin aprender la lección, a pesar de haber tenido todos los elementos previos.
Es duro decirlo, pero ésta es una “Crónica de una muerte anunciada”.
Es un mal endémico de nuestra sociedad. Es una responsabilidad compartida. Desde la casa. Desde la escuela. Desde las instituciones que deben ser la autoridad. Desde una ciudad que debe planificarse, mirando el presente y el futuro.
Depende de nosotros cambiar la historia o seguir siendo víctimas de la misma.
Guillermo Ackermann Menacho.
Desde hace más de 38 años me desempeño en la industria de las comunicaciones y el marketing, ejerciendo tanto en medios tradicionales, como radio y televisión, así como en la producción independiente de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas televisivos y radiales y publicidad. He sido productor ejecutivo de material realizado en 24 países. Desde mi juventud he estado involucrado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar y quiero ser protagonista.


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