Arturo García Opinión

¿Y si gana Trump?

Ocurre en México, y en buena parte de Latinoamérica, que nos desagrada mucho el actual presidente de los Estados Unidos.  Es feo de modos. Incontinente con su expresión verbal. Y no se diga sus ideas. Así es que cuando muchos latinos decimos que analizamos las elecciones de aquel país, y concluimos que no va a ganar por todos aquellos motivos que tenemos para rechazarlo, caemos en un gran error.

Trump no tiene el estilo de estadista que muchos quisiéramos, para nuestros países y para otros. Insulta sin remordimiento, miente. No está interesado en unir sino en delimitar bandos. No concilia, polariza. Seguramente si construye, lo que él cree que debe ser erigido, pero sobre las ruinas de lo que previamente ha derrumbado.

La imagen colectiva de un gran líder se ha ido modificando en el tiempo. No muchos años, lustros todavía, estos eran seres ebúrneos, de formas exquisitas. Eran colosos de granito, de basalto, de un poder ostentoso. O estatuas de bronce, inmutables a las iras del tiempo y las veleidades humanas. O todo junto, inaccesibles, ideales, inspiradores para el común. Infundían una sensación de seguridad, seres protectores, aunque lejanos. Con la emergencia de las comunicaciones esa imagen ha ido mutando, y ahora apreciamos mucho el perfil de líderes humanos, normales, con virtudes y defectos, cercanos, accesibles, amigables. Alguien como uno mismo. Eso produce otro tipo de confianza, pero es igualmente reconfortante.

El mandatario norteamericano no es ni uno ni lo otro. Algo tiene de los dos. No es normal por su fortuna, por su trayectoria, por sus logros básicamente en el mundo empresarial, si bien soportados en una pingüe herencia. La lejanía con la imagen de un líder lleno de virtudes lo lleva al otro extremo con modales poco refinados, poco cultivado.  Y la mayoría de la gente tampoco es tan elemental en sus apreciaciones sobre la vida comunitaria, para concluir como el que solo hay buenos y malos, exclusiones, fuerza más que de inteligencia. Muy de película de vaqueros.

Las elecciones presidenciales están previstas para el martes 3 de noviembre. Casi todas las encuestas actuales dicen que ganará el retador demócrata Joe Biden. Y eso seguramente sería cierto si las elecciones fueran hoy. Para muchos, esto terminará siendo así porque Trump ha sido mal presidente, polariza, no es un estadista, insulta, como dijimos. Pero ese no es un análisis, sino poco más que la exteriorización de un sentimiento.

Más allá de filias y fobias, por motivos que solo se entienden bajo la dinámica del electorado norteamericano, de su peculiar sistema, de las fuerzas influyentes, y de las debilidades y cualidades de los contendientes, hay elementos que hacen pensar que si podría ganar.

Primero, las encuestas se están cerrando. El sistema electoral de Estados Unidos, como bien sabemos, es indirecto. Se eligen delegados por estado, en proporción aproximada a su población, y ellos son los que eligen. Pero el que gana un estado (con una única excepción) así sea por un solo voto, se lleva todos los delegados. Por tanto, hay entidades federativas en las que, estando ahora muy cerradas, el triunfo puede caer para cualquier lado, y aun no pueden considerarse definidos. Es el caso de Florida, Georgia, Carolina del Norte, Iowa, por menos de tres putos, y otros más grandes como Arizona y el muy importante Texas, donde las diferencias es de menos de cinco puntos. Las campañas van a focalizar esfuerzos ahí, buscando mover indecisos.

Hay otro mecanismo que, por la tecnología y sus peculiaridades, resulta ser un predictor curioso e interesante del resultado: las casas de apuestas. Como aquí los que “opinan” quién va a ganar lo respaldan con su propio patrimonio, eso hace suponer que no mienten, como podría ocurrir en una encuesta. A principios de agosto estas favorecían ampliamente a Biden, por más de veinte puntos. Hoy están casi empatadas.

Otro elemento en el orden demo-electoral, lo obtenemos al considerar que Trump ha logrado mantener a su base. Según el poll de polls de FiveThirtyEight, apenas ha perdido 2.4 por ciento de quienes lo eligieron.  Bill Clinton y George W.Bush mantuvieron sus simpatizantes y se reeligieron. Solo Carter y George H. Bush no lo consiguieron, pero habían perdido más de diez puntos. Trump ganó apelando al nacionalismo de los trabajadores blancos, desplazados por la movilidad de empresas a otros países y las nuevas tecnologías. Aun cuando los resultados de su gestión no son del todo contundentes, y hay más discurso y símbolos que sustento, no hay tampoco elementos para un desencanto. No ha ocurrido una gran catástrofe, no ocurrieron las predicciones de que un presidente sin cultura no podría mantenerse al timón ni siquiera unos meses.

Como sabemos quiénes hacemos campañas electorales, también cuentan las personalidades, las estrategias, las propuestas. Los demócratas buscaron en Biden alguien más centrista, que infundiera más tranquilidad. Pero aparentemente se les ha pasado la mano. Se equivoca constantemente, no conecta con facilidad. La compensación de esto con Kamala Harris parece una buena fórmula. Pero también ha polarizado de nuevo la contienda, pues ella causa miedo en el electorado más conservador, que se va a activar a las urnas para detenerla. Las campañas, sobre todo cuando están en márgenes tan estrechos, pueden mover los suficientes votos para cambiar el destino. Como bien sabemos, las campañas muchas veces no se ganan, solamente se pierden. Y ello ocurre con cualquier pequeño fallo, con cualquier variable fuera de lugar. Están por delante tres debates, terreno en el que el polemista Trump puede estar más a sus anchas.

Ya habrá tiempo, a mediados de octubre, de hacer un mejor balance, evaluar las estrategias de campaña, siempre novedosas y cuyos elementos son inmediatamente extrapolados a todo el mundo electoral. Hoy, con el fuerte ingrediente de las “cibercampañas”, el grassroot de siempre, pero ahora ejecutado en el espacio digital, como nunca.

Y nos guste o no, quién gobierne el país aún más poderoso, es importante.

Arturo García Portillo.
Político mexicano miembro del Partido Acción Nacional, del que fue miembro de su dirigencia nacional por varios años. Fue Diputado Federal, miembro de las comisiones de relaciones internacionales y comunicación. Consultor en campañas electorales y comunicación.  Colaborador habitual de la Fundación Konrad Adenauer. Actual asesor de la alcaldesa del municipio de Chihuahua, Mexico. 

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