Gonzalo García Núñez Opinión

Chile: ¿Por qué una nueva Constitución?

Solo cabe saludar y felicitar al pueblo democrático de Chile por la abrumadora decisión plebiscitaria de aprobar la redacción de una nueva constitución política, mediante la convocatoria a una Convención constituyente paritaria, integrada por igual número de varones y mujeres.

Estos serán elegidos el 11 de abril del 2021 con el mandato de concluir la nueva constitución en un plazo máximo de once meses.

La ciudadanía democrática de Chile enterró así las reglas de la dictadura pinochetista promulgada en 1980.

Santiago reabrió sus verdes alamedas. La voz de Salvador Allende dió paso a la masiva participación popular que desfiló compacta celebrando sus recuerdos, historias y memorias, luchas, penas y alegrías.

La agitación de calle que la precedió fue ininterrumpida durante más de un año y fue seguida por una disciplinada movilización obrera desde los centros de producción y trabajo, pese a la pandemia. 

La victoria popular se gestó caminando ¡si! por las calles de la Moneda, pero se sancionó con el legal voto apruebo: Ochenta de cada cien electores se pronunciaron (el domingo pasado 26 de octubre) a favor de una nueva constitución y por la elección de consejeros independientes que la escriban por fuera de los partidos políticos tradicionales.

Un verdadero hito histórico.  Un nuevo amanecer de los derechos fundamentales en América Latina.

Tsunami electoral que se inició hace años con la protesta   decidida de las marchas de los estudiantes secundarios mapochinos y la iniciativa de lucha de los gremios, cuyo consenso contra el neoliberalismo ganó las alamedas, los metros y las avenidas de las ciudades.

La chispa rebelde de la juventud fue haciéndose un ardiente rio de gente desde hace meses. Familias, barrios, organizaciones sociales, trabajadores, grupos y partidos y movimientos políticos diversos   fueron trenzando sus demandas conjuntas por otra educación, otro modelo de producir y consumir y otra forma de vivir en sociedad.

 Este es el rio de conciencias que al fin este domingo inundó la Plaza Italia. No la había visto así desde 1966 cuando fui a Santiago como dirigente estudiantil invitado por la FECH. Ni siquiera el combativo 2019.

Esta vez vi la plaza que era el epicentro de una celebración victoriosa y pacífica. Que se extendía en simultáneo a las plazas de las regiones y los municipios de todo Chile, según informan los medios de comunicación. 

Que contó con la presencia masiva y entusiasta de millones de personas de todas las sangres, sexos. edades y condiciones sociales.  Los mismo/as que horas antes y a lo largo de todo el día, se habían dado   encuentro en los numerosos locales de votación, acondicionados y protocolizados, con   mesas instaladas y distribuidas con cautela telemática en todas partes por causa de pandemia. Apruebo, marcaron en Nuñoa y Recoleta, Puente Alto y Brasil…

¿Por qué esta explosión democrática? 

¿No era acaso Chile el primero de la clase entre las economías de América Latina durante dos décadas? ¿Ejemplo que el neoliberalismo ultra del instituto Cato si funcionaba?  

En efecto, si se consultan las cifras estadísticas, estas adornaron aparentes señales de estabilidad macroeconómica, como el fuerte crecimiento del PBI, bajo riesgo país, relativos menores niveles de pobreza. Argumentos mostrados en los reportes de las Bolsa de valores.

Pero la realidad confundida de la vida cotidiana era por “afuera flores, por adentro temblores”. ¿Las causas?

Debajo de las mullidas alfombras de los barrios afluentes como Vitacura, Las Condes y Lo Barrenechea y hasta años antes de las revueltas, se ocultada la desigualdad más impúdica escondida en los promedios de las hojas de cálculo. En el ingreso, el empleo, la educación, la vivienda, la salud, las pensiones, el transporte, la comunicación, los bienes salarios, entre varones y mujeres, y los demás formadores de capital social.

El debate en torno a las diferencias y carencias llevó inexorablemente al plebiscito. Y al profundizar el dialogo sobre los efectos desiguales de la pandemia (coronavid19) se desnudó la trama de las necesidades carenciales.

Una exhibición descarnada de los límites asimétricos de la democracia tutelada, la equivoca imagen de bienestar montada por la marmita de la dictadura que quiso prolongar la minoritaria representación del veinte por ciento, todas tendencias confundidas.   

El dialogo y el debate critico que animó la Concertación mostraron una sociedad aun conmocionada por su agenda dolorosa, pesados asuntos, algunos aun pendientes de solución como las sentencias en los juicios por violación de derechos humanos, la reparación a las víctimas de la violencia-antiguas y nuevas- y la situación de los presos políticos durante las protestas. Ninguno como el castigo justiciero que merece quien le quitó los ojos a Gustavo Gatica, joven que perdió la vista el 8 de noviembre por los proyectiles de la represión a la movilización juvenil en las calles del centro de Santiago.

SISTEMA DE BAJO RETORNO

 Emergieron las desigualdades en las reivindicaciones de comienzos de año. La mitad de los que trabajan, el 50% de la PEA, ganaba menos de 550 dólares al mes, apenas por encima del salario mínimo de 414 dólares.

No alcanzaba ni siquiera para la otra mitad.   Es sabido, además, que el nivel de vida es alto para unos, los más y barato para un puñado, los menos. Bajo retorno.

Parte importante de la población, clases medias, viven balanceándose al borde de la línea de pobreza, en riesgo de dar el azoton y expuestos a cualquier fluctuación negativa, la caída de los ingresos del trabajo.

 Los viejos, quedaron indefensos. La pensión promedio de los jubilados alcanza con las justas para vivir muy apretados y el 80% de las pensiones son inferiores al sueldo mínimo. No cierran el mes, entonces.

La pensión promedio equivale al 40% de los ingresos llegado el momento de retirarse. No hay futuro.

No más AFPS, dicen los carteles, eran parte de un cuento ilusorio.

La educación es paga. Un flujo de caja de obligaciones inacabables. Las familias viven endeudadas, hipotecadas, pendientes del valor-cuota y la educación privada retroalimenta la inequidad.

Chile es la décimo segunda economía más desigual del mundo.

Por eso, por tales causas se levantaron los jóvenes, después vinieron los adultos mayores, poco a poco, todos al combate.

Desde el 2006, las 2011 y 2019 grandes movilizaciones exigieron la reforma del sistema educativo. Esta caracterizado por la enorme brecha de recursos entre la enseñanza pública y privada y por la debilidad de un Estado que prescinde de su rol regulador, sistémico y supervisor de los aprendizajes.

El Estado mínimo y subsidiario, insolidario y concentrado, amagó y quiso, pero no pudo enfrentar todas las tareas propias de un moderno Estado Social de Derecho.

Chocó por insuficiencia con los derechos civiles, económicos, sociales, ambientales, políticos, culturales y los derechos humanos de última generación.

Destaca la importancia en el Chile de hoy, empero, la obligación de respetar derecho a la vida, elevado al altar de los derechos. Por eso: No a los fusiles, ni balas, ni balines invalidantes, ni chorros de agua, ni detenidos, ni torturas, ni el recuerdo del pasado represor, ni de nada que se le parezca. Devienen actos intolerables para la sociedad democrática.

Entonces no basta con proveer bienes públicos de manera digna y eficiente. También hay que afirmar los derechos humanos, la democracia, la justicia y la paz. 

Termina ayer el tiempo recio de la liberalización a ultranza, la apertura indiscriminada y la desregulación económica, sobre todo la financiera; la privatización de los servicios públicos, incluida el agua; así como la transferencia de las empresas públicas a los grupos económicos privados, principalmente ETN, el retorno al país usado   como un “campo mina”. Termina por el repudio de los ciudadanos.

 La explosión social ha derrumbado también el rol articulador de los aliados de Estados Unidos en la región. No más protagonismo en el Grupo de Lima; fin de su papel rupturista en la desactivación de la Unión Sudamericana de Naciones (UNASUR); no más injerencias como la abortada trama contra Venezuela, organizada por Trump bajo pretexto de “ayuda humanitaria” de febrero de 2019. 

Renace la tradición integracionista de Chile, las nuevas comunidades andinas y de liderazgos como los de Felipe Herrera. América Latina espera su nueva constitución de esta promesa.

Gonzalo García Núñez.
Economista y ex presidente del Consejo Nacional de la Magistratura.

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