Guillermo Ackermann Opinión

Me lo da con edulcorante, por favor

Desde pequeño me ha gustado mucho el lenguaje y las diferentes formas de expresión. Quizá por eso escogí dedicarme, desde hace 4 décadas, a las comunicaciones, en el sentido más amplio del término. En la producción de contenidos, en el desarrollo de diferentes campañas publicitarias, ya sea para las ventas y el marketing, para lograr mejoras en las comunicaciones interinstitucionales, y por supuesto a través de los medios. En general cualquier forma de comunicación social.

A lo largo de los años he notado como, de la utilización adecuada de los términos precisos para transmitir una idea, hemos ido mutando a un encubrimiento de los mismos, al punto que hemos distorsionado conceptos, los que muchas veces ya ni siquiera se entienden.

Al más desposeído, al indigente, al que tenía muchas carencias materiales, e incluso espirituales, siempre se le llamaba pobre, y la pobreza era el término general que agrupaba al conjunto de personas pobres y describía su estado y condición de vida.

Hoy día se cree que decirles pobres es ofensivo, que los hace sentir mal, entonces ahora se les llama población vulnerable. No importa que esa expresión sea mucho más amplia y no tan descriptiva, porque finalmente la vulnerabilidad tiene muchos más aspectos.

La condición de pobreza es tan dura y, mucha veces, tan extrema, que lejos de maquillarla, debiésemos enunciarla con toda su carga, porque es una obligación de todos el enfrentarla y salir a su encuentro. El no llamarlos de esa manera no los sacará de la pobreza.

La historia siempre ha descrito a sus ancianos como los más venerables, como las personas en las que está contenida la sabiduría humana. Son los que transmiten el conocimiento de generación en generación. Los depositarios del origen de las cosas y de cómo se han forjado las civilizaciones. En sus canas, los viejos, saben que está, no solo el resumen de su vida completa, sino de la sociedad a la que pertenecen y de todo lo que han visto y aprendido.

Pero cuidado en nuestros días no se vaya a resentir si le dices anciano, viejo o incluso abuelo, a partir de ahora llamémosles personas de la tercera edad, o, mejor aún, adultos mayores. De esa manera probablemente ya no serán conscientes que la vida ha transcurrido y que en la etapa madura en la que se encuentran el fin de sus pasos por estas tierras inexorablemente llegará, tarde o temprano.

Y así podríamos seguir con una larga lista de ‘nuevos términos o expresiones’ que, en aras de la inclusión, se han acuñado en las últimas décadas.

Yo me pregunto si realmente los que se sienten mejor son las personas a las que aludimos, o si termina siendo una manera más solapada que nosotros hemos encontrado de limpiar nuestras conciencias, de no mirar las cosas tal y como son.

Por qué tenemos esa necesidad de suavizar nuestra manera de referirnos a las cosas, de ponerles edulcorante, para que sintamos que al reemplazar el azúcar, estamos cuidando nuestra salud, cuando en realidad lo que debemos hacer es cambiar nuestros hábitos de alimentación.

Si queremos luchar contra la pobreza tenemos que conocerla en toda su dimensión y encontrar las soluciones adecuadas. Estas nos deben involucrar a todos, no solo a las autoridades de las cuales siempre esperamos acción.

Si buscamos honrar a los ancianos pues no les quitemos lo más importante que ellos han atesorado, que son esos años que visten. No porque los llamemos de una manera más ‘suave’ van a rejuvenecer. Es más ellos no quieren volver a la juventud, ellos quieren que se les reconozca los galardones que han obtenido en su vida.

Preocupémonos pues por enfrentar el fondo de las cosas y dejemos de estar tan pendientes de las formas. Así seremos una sociedad más consciente y auténticamente inclusiva.

Y antes de despedirme quisiera desearles una feliz vuelta al sol, a todos quienes quieran recordar su recorrido al astro rey durante los 365 días previos. No, no, no. En realidad, después de esta impensada pandemia, ojalá que podamos celebrar todos los Cumpleaños como Dios manda, con un fuerte abrazo, un beso y un te quiero mucho.

Así se dicen las cosas.

Guillermo Ackermann Menacho.
Desde hace más de 38 años me desempeño en la industria de las comunicaciones y el marketing, ejerciendo tanto en medios tradicionales, como radio y televisión, así como en la producción independiente de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas televisivos y radiales y publicidad. He sido productor ejecutivo de material realizado en 24 países. Desde mi juventud he estado involucrado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar y quiero ser protagonista.

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