Miryam Patricia Falla Guirao Opinión

Tan cerca, tan lejos

Ama a tu prójimo como a ti mismo, reza el antiguo mandamiento cristiano. ¿Quién es el prójimo? El próximo. El que está cerca, el que está con uno y a la vez con todos. Cristo nos dijo que amemos al prójimo tal como nos amamos a nosotros, dado que existe un afecto natural de la persona hacia su propio ser. Quiere a los demás de la misma forma como te quieres a ti. Ese sería el legado.

Pero ¿cuán próximos, realmente, estamos? Tan próximos como tan lejanos. La tecnología y la globalización nos han acercado, pero, a la vez, nos han alejado. No hay lugar dónde la gente a solas -o en compañía de otro-, no saque su celular y se disponga a chequear las redes sociales o las aplicaciones de mensajería. Esta escena es harto vista por todos, a diario. Ahora nos comunicamos por estos medios. La presencialidad se hace cada vez más prescindible.  Si salimos a una reunión de amigos, ya nos está aguijoneando la idea de revisar el teléfono, para saber si hay un mensaje o si nos ha llamado alguien. 

Las redes sociales se tornaron invasivas. La privacidad se extingue y somos nosotros mismos los que la vendemos a cambio de aparecer en vitrina. Un perfecto “pacto con el diablo”. Ahora, cualquier persona nos ubica. Por Facebook, por Twitter, hasta por Linkedin o Instagram quedamos expuestos. No hay escape. Quien desee mantener la privacidad, debe simplemente prescindir de las redes. No aparecer más en ellas.  La tecnología se ha vuelto tóxica y acosadora.  Eso no quiere decir que carezcan de su lado beneficioso. Mucha gente las usa para interactuar, verter una opinión, pedir consejería o incluso, promocionar ventas.  A través de ellas logramos enterarnos de muchas noticias.

A efectos de la pandemia, las redes sociales contribuyeron a que la gente se reinvente en el plano laboral.  Incluso, los actos religiosos se virtualizan, de tal manera que ahora se transmiten por canales digitales.  Esto no suple lo presencial en los templos, pero definitivamente, lo amengua.   Se prefiere la asistencia a las misas virtuales para que la mayor parte de gente logre conectarse; la pandemia y las vicisitudes de la vida impiden un total cumplimiento de estas celebraciones.

La invasión digital llega, a tal extremo, que no es posible entrar al Google sin dejar huella.   Si ingresamos a este buscador para realizar una consulta sobre la marca de un producto, nos llega como aluvión toda una gama de publicidad sobre ella, en cualquier momento, por cualquier medio. Nos sentimos vigilados, como si el Big Brother o “Gran Hermano” de 1984 -la genial distopía de Orwell- estuviera allí, dirigiendo nuestros pasos.  Para disminuir tal presión, ahora las marcas de computadoras venden sus productos con un dispositivo que el usuario utiliza en cualquier sistema operativo: tablets, CPUS, celulares y laptops. Gracias a este remedio, no se afilian directamente a Google, sino a otros buscadores. Así se evita la intromisión en nuestras vidas y nos libera de su sistema de espionaje al usuario. El imbatible agente 007 estaría asombrado, igual que el dislocado 86.

Estamos todos cerca y, a la vez, lejanos. La pandemia solo fortaleció lo que ya sucedía.  Ahora casi todo es remoto y está a un paso. Y nos sentimos más invadidos que nunca. Las plataformas de trabajo también han resultado muy tóxicas. Cuando encendemos la computadora, aparecen como por arte de magia: allí están, ocupando el espacio de nuestro ordenador.

Las relaciones profesionales cambiaron. Si la especialidad lo permite, ahora asistimos a las teleconsultas médicas, a las terapias psicológicas online, donde aparece una persona nueva o ya conocida que nos habla y nos prescribe.  Esta modalidad también existía, pero ahora se ha vuelto casi una necesidad.  La tecnología de punta en comunicaciones, cuyo propósito era globalizar a la sociedad humana, no ha hecho más que individualizarla. Trabajamos en soledad, asistimos a eventos en soledad; incluso las bodas se han vuelto virtuales y solitarias: nos piden solo que confirmemos nuestra presencia vía zoom y se nos considera asistentes. Existen compañías donde todo está digitalizado: desde la elección de un regalo, la compra y el vistoso envío.

No nos queda más que adaptarnos a los tiempos actuales para sobrevivir. No solo a los estragos de la pandemia, sino a las exigencias de nuestro entorno: el de hoy.

¿Cómo lograr una vuelta a las auténticas relaciones humanas? ¿Aprender a vivir con la tecnología sin dejar de socializar?  La toxicidad de aquella es un tema que no debemos abandonar. No solo el lado positivo que esta nos proporciona, sino la parte negativa que conlleva.  Las redes sociales se usan también para amedrentar a la gente, para cuestionarla, para insultarla, etc. Y lo más triste: se hace en público, donde todos lo ven, sin tomar en cuenta que existen canales privados. ¿Cuántas amistades se han perdido durante la campaña electoral y luego de ella? ¿Cuánto resentimiento se ha albergado entre peruanos?

Ama a tu próximo como a ti mismo… de la misma manera como te amas tú. Es muy difícil la tarea, aunque no imposible.  Tan cerca, tan lejos. Así nos sentimos es una sociedad en la cual prima el individualismo sobre lo comunitario y la solidaridad.  No permitamos que las redes sociales nos envenenen con noticias falsas o pareceres que no son los nuestros y se pretenden imponer cual verdades sagradas. Simplemente verifiquemos e ignoremos.  Ese es el quid del asunto.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

1 comment on “Tan cerca, tan lejos

  1. Estela Quiroz

    Muy interesante tema y muy actual. Felicitaciones Miriam por permitirnos reflexionar al respecto.

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