Eran las 9:43 de la noche del miércoles 15 de noviembre de 2017. La ciudad de Lima se encontraba paralizada. Todos en sus casas, en algún local, en donde un amigo, frente a un televisor esperando que el milagro se dé; que se rompa el maleficio de 36 años de ausencia en un mundial; que los 11 de Gareca logren lo que parecía un imposible.
Solo un nutrido grupo de aproximadamente 50,000 peruanos nos encontrábamos presentes en el Estadio Nacional del Perú, antiguamente llamado el Coloso de José Díaz. Nadie hubiera creído que estos hinchas hubieran tenido tal energía guardada que cuando al minuto 28 del primer tiempo, el balón ingresó a las redes, esa explosión de alegría originara un movimiento telúrico de 1 grado Richter, imperceptible para el ser humano, pero la naturaleza lo sintió. Perú ganaba 1-0 y ya bastaba ese resultado para clasificar a Rusia 2018.
El camino no había sido fácil. Tuvo muchos detractores, como siempre, incluso en el seno de la misma FPF, cuando los directivos enquistados por décadas en el poder, al poco tiempo de iniciado el proceso, ya querían cambiar al entrenador argentino.
Ricardo Gareca no era un desconocido para el Perú, paradójicamente un gol suyo había dejado a la Blanquirroja fuera del mundial de México 1986 y ahí empezó la sequedad mundialista.
Años después regresó al país a entrenar exitosamente al club Universitario de Deportes y pudo conocer, desde la interna, el talento del jugador peruano, su gracia, estilo y habilidades. Por supuesto que también las debilidades. Pero ni él se imaginaba la historia que, años después, se escribiría entre este reservado estratega y este país futbolero.
Bien aconsejado el flamante nuevo presidente de la Federación Peruana de Fútbol lo trajo en 2015 para un proyecto serio, con objetivos a corto, mediano y largo plazo, que sentara las bases para una renovación y renacimiento del fútbol peruano.
Su contratación se enmarcaba dentro de un plan estratégico llamado ‘Plan Centenario 2022’ que se sustentaba en 4 pilares: Deportivo, Profesionalización y Competencias, Infraestructura e Institucional. No había improvisación, ni intereses particulares. No había mezquindades, argollas, ni nada bajo la mesa. Esa era la historia de las últimas décadas que había que erradicar.
¿Qué necesitas para trabajar? Fue la primera pregunta y así Ricardo fue pidiendo lo indispensable. El vendría con su equipo más cercano. Dos profesionales hartamente conocidos por él como lo eran los talentosos profesores Santín y Bonillo, y posteriormente un psicólogo deportivo, asistentes técnicos, que se complementarían con los peruanos.
Una de las primeras claves que quedó en claro era el trabajo físico, los jugadores peruanos debían disciplinarse en ese aspecto y tomar su llegada a cada convocatoria como un momento de poner la maquinaria al 100 por ciento, cosa que no sucedía antes.
Los grandes objetivos pasaban primero por un aspecto disciplinario que debía llevar a un compromiso de entregar todo por tu selección. Jugar por Perú debía significar el más alto honor y eso exigía responsabilidad.
Recuperar un estilo de juego, con la esencia futbolística del peruano, pero adaptada a los nuevos tiempos de modernidad. Todo esto permitiría sentir las bases para las futuras generaciones.
Un proyecto a largo plazo no exigía una clasificación inmediata, anhelada por todos por supuesto.
Cuando estaba por cerrarse el contrato, el técnico pidió a los dirigentes que éste sea más explícito en la posibilidad de clasificar a Rusia, que exigiera e incentivara a lograr este objetivo. Evidentemente así se hizo. ¿Sería posible esto?
Dos años y medio después esas cláusulas resonaban como proféticas. Esa meta estaba por cumplirse. Sí, Ricardo Gareca creía en la clasificación. Su carácter prudente, pausado y reflexivo, no lo hacen una persona efusiva, exaltada, o aparatosa, pero sí absolutamente convincente. Cuando uno terminaba de hablar con él, salía con la certeza que se podía lograr todo.
Después de todo el proceso eliminatorio, un conato de sismo se dio después del partido con Colombia cuando se supo del dopaje de Paolo. Quedó suspendido el capitán, el referente. Justa o injusta la sanción, era una realidad.
Pero eso no amilanó al director técnico, quien actuó con sabiduría, recompuso al equipo y llegó al repechaje con Nueva Zelanda a terminar de escribir esta historia en piedra.
Estuve en el Estadio, al ras de la cancha. Grité y salté y fui uno de los que originó el temblor. Perú regresaba a un Mundial. Quedó demostrado que cuando se planifica, se trabaja responsablemente, con compromiso y responsabilidad, con limpieza e integridad, con pasión y entrega, con experiencia y conocimiento, se cumplen las metas.
Cuatro años después en la misma fecha en Lima hemos tenido otro temblor, pero esta vez ha sido la propia naturaleza que estaba preparando el camino para el siguiente partido. Un paso a la vez. Hoy todos seguimos siendo Perú. Con fuerza y corazón ganamos en Caracas después de 24 años. Arriba Perú.
Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.


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