Dicen que la Navidad son los días previos, esa vorágine que nos consume a fin de año e impregna el ambiente de un clima particular….que la Navidad son los días que la preceden y todo acaba el 25 de diciembre.
Con estas palabras no se ha comprendido el verdadero significado del natalicio de Jesús de Nazareth. La Natividad del Señor se celebra solo un día y los previos deben interpretarse como preparación para el central.
¿Qué ocurre en los precedentes? La gente se emociona y empieza una aguerrida etapa de consumismo. Compras, lonches navideños entre amigos, intercambio de regalos, brindis, gratificaciones para la celebración (cosa que no todos reciben); así, la figura de quien hizo propicia la fecha queda totalmente empañada. No olvidemos que se celebra un natalicio de índole religiosa. En este se concreta la promesa del Padre de enviar un Salvador al mundo que restituya el orden quebrado por Adán como origen del pecado humano y la desobediencia a Dios.
Este es el verdadero sentido de la Navidad, pero en los países no católicos se ha sustituido la figura del Niño-Dios, por un Papá Noel y hasta Mamá Noela que visitan a los niños de noche llevándoles regalos si se han portado bien. Y el nacimiento de Cristo se releva a cambio de una celebración de los ideales del amor, la amistad y la solidaridad.
En esta época de pandemia, la Navidad no deja de ser “los días previos”. Ya vemos emporios comerciales listos para la venta de rigor. No se le ha prohibido a la ciudadanía que asista a estos centros de venta pero sí se ha exigido la presentación del carné de vacunación para entrar a los malls y espacios cerrados. El año pasado, cuando no teníamos vacunas, la gente se volcó igual a las calles para adquirir árboles y adornos navideños y los regalos que siempre se hacen por estas fechas. Esto fue la causante de la segunda ola y Lima entró posteriormente en la etapa de “riesgo extremo”. El regalo de los niños se extendió a los adultos y esto opacó el carácter religioso de la fecha, haciéndola aparecer solo como un tiempo de excesos en el que hay que comer, regalar y disfrutar, cuando hay miles de millones en el mundo que no se hallan ni en la mitad de las condiciones para experimentarlo en igualdad.
Este año, mucha gente se ha ido por la pandemia y esto debería invitarnos a una reflexión. Ellos ya no podrán disfrutar de la Navidad ni de los días previos a ella. No deja de ser un año triste, como el 2020. La catástrofe no acabó: sigue amenazando con variantes nuevas y lo único que nos salvará de sus formas más graves es la vacuna. Creo que el mejor regalo que le debemos a nuestro país y a los que nos rodean es inmunizarnos. Solo Dios y las vacunas nos librarán de la muerte.
Pero los días precedentes continúan. Vemos gran contingente humano en las galerías. Aglomeraciones, distanciamiento social nulo, desesperación por cumplir con este comercial rito. Pero no olvidemos que no es necesario gastar tanto. Hay que medirse con lo que sale de los bolsillos. Si usted piensa regalar y tiene una familia numerosa, la mejor alternativa es la del amigo secreto. Con un costo fijado por todos. Así no habrá desencantos a la hora de abrir el paquetito.
Otro punto a considerar es que después de las fechas de fin de año, sobreviene un período de vacaciones, sobre todo estudiantiles. ¿Qué pasará? Las playas son un indiscutible foco de contagios. Tampoco es muy cómodo yacer con una mascarilla en la playa, pero no quedará otra opción para aquellos aventureros.
El objetivo de la Navidad es vivir la fiesta religiosa que se presenta con ella. Ahora, los símbolos navideños son siempre el árbol, duendes o animales rojos y verdes, muñecos de nieve y objetos cuyo origen no corresponden a nuestra realidad. El mismo chocolate se ingiere en los países donde reina el frío a temperaturas muy bajas. Pero, ¿qué hacemos nosotros bebiendo ese producto con tanto calor? Hasta en eso no somos auténticos. El chocolate debería de tomarse frío; así estamos en contexto.
No olvidemos que la forma en que hemos trastocado la Navidad llega a muy pocos. La mayoría sufre por no tener; además, con el fin de poner la cereza sobre el pastel, surge la depresión de fin de año. ¿Por qué debe ser una fecha depresiva y no festiva? Precisamente, por los que ya no están, por quienes recuerdan a los que se fueron, porque su vida ha cambiado, por la nostalgia de la infancia, etc. Por estos motivos hemos convertido ese día en una fiesta triste que también se empieza a vivir los días previos.
Recordemos siempre la fuente. No nos sustraigamos a pensar en otra cosa que no sea el nacimiento de Jesús de Nazareth y celebremos con ÉL, con el alma puesta en Él. Y cualquier cosa que nos haga sufrir, ofrezcámosla al Divino Maestro, pensando que tenemos una misión muy especial que cumplir: llevar a la Iglesia a su perfección por la caridad.
Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.


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