He tomado a pie juntillas el título de un libro de una obra reflexiva, cuyos autores son John Kotler y Holger Rathgueber, para analizar el momento actual. El tempano, para un mejor análisis, es nuestro país. En mayúsculas y en limpio, entonces, re expresémoslo: NUESTRO PAÍS SE DERRITE.
En una extraña paradoja histórica, el país de comienzos del Siglo XXI, se parece al de comienzos de la Republica: se sostiene solo con las bayonetas. La clase política, dispersa e indolente, no tiene autoridad moral ni se preparación intelectual para ejerciéndola, mantener e imponer la ley y el orden. La sociedad civil, de la que hablan los sociólogos, se divide entre el neo senderismo audaz, el caviaraje combativo y los demócratas genuflexos, que no hablan ni piensan, ni salen a protestar.
Nuestro país ocupa el lugar 37 entre un total de 162 países en terrorismo a nivel global. Esto cuestiona nuestro estado de derecho, nuestra gobernabilidad, la eficacia política para abordar los conflictos. En este grupo, incluyo, los atentados asociados a los narco delincuentes y crimen organizado, al considerarlos como actos de violencia generados para infundir temor. Y vaya que lo causan, pues incendian y destruyen instituciones, matan soldados y policías, y mediante el bloqueo territorial, niegan el acceso a servicios de salud y alimentación a miles de pobladores. Todo ello, en medio de una agenda anarquista, progre o claramente subversiva, que de ninguna manera deben de ser recetas para solucionar los problemas. No podemos por lo tanto seguir consignas para reinscribir la historia peruana, con medias verdades o enteras mentiras. No podemos ir hacia normar el pensamiento único, que se respira en el Lugar de la Memoria o en los editoriales de los medios de comunicación social agrupados.
Los rasgos de la pandemia; efectos de las guerras exteriores, la recesión galopante; el déficit fiscal, el bajo crecimiento económico, la violencia y descontrol en el VRAEM, Puno, Madre de Dios y el Putumayo, se aceleran; la migración descontrolada, los derechos civiles, seguridad pública y desarrollo sostenibles, yacen casi inertes, y como si esto fuera poco, indicios de una próxima guerra civil, se dibujan en el futuro inmediato.
Nuestro país se derrite, en medio de la farra estatal, y la falta de meritocracia. Y en el colmo de la ironía, los cinco principales objetivos de las amenazas hibridas, que sirven para destruir un Estado sin disparar un fusil, nos la auto aplicamos nosotros mismos, con las inacción generalizada, que diariamente vivimos, compartimos y, hasta negligentemente alentamos. Por ello, vemos la falta de confianza de los ciudadanos en su empresas e instituciones; desazón cada vez más creciente con el sistema democrático; socavamiento de la cohesión social; fragilidad en el sistema de gestión gubernamental, así como el convencimiento de la falta de futuro.
En el Perú, como en otros países de la América Latina, existe una incapacidad hegemónica estatal y no estatal que pugnan por el control territorial. Las instituciones se están resquebrajando porque lo poderes políticos, sociales y militares subordinan sus propias funciones a un dejar hacer, dejas pasar, indefinido. Los actores del desgobierno, como los partidos de ideología comunista o totalitaria, las bandas criminales, los mineros ilegales, los contrabandistas y los narcotraficantes, la masiva migración, y la falta de atención a las necesidad básicas, ponen en jaque a los gobiernos de turno y con ello, disminuyen las oportunidades de bien común en los pueblos ya no gobernados sino sojuzgados por tamaña anomalía.
Nuestro país, se derrite, y en medio del desconcierto, estamos permitiendo la continuación de un gobierno que desgobierna, con un Castillo neosenderista, un Otarola caviaron; un Cerrón trotskista; un Vizcarra rasputiano, y, un Gorriti, goebbelsiano. En las opciones para salir del peligro, de caer al abismo como país fallido, no aparecen nuevos líderes o al menos están escondidos. No tenemos un Boric alternativo, un Lacalle apaciguador, una Machado, altanera; un Milei revolucionario ni un Bukele, pacificador. Lo que tenemos es un vacío político que podría estar llenarse con un Gamarra del Siglo XIX o un Fujimori del Siglo XX.
Nos estamos derritiendo. Nos estamos auto destruyendo. Y en este triste panorama, opino que, no es el territorio (tempano) ni las condiciones climáticas (frio) lo que debe mover al país, sino el trabajo del hombre para superarlos. Los retos que generación tras generación en tantos siglos de existencia, hemos padecido, deberían habernos hecho pensar que no hemos nacido para sufrir, ni para soportar tanta corrupción y mal gobierno, ni tantos pobladores ociosos y delincuentes, sino para poder superar los problemas y ser un Perú mejor.
No somos estrategas ni tácticos, es decir, no sabemos planificar a futuro y el día al día nos atosiga. No hemos seguido el consejo de Basadre cuando dice que debemos acabar con el Estado Empírico y el Abismo Social. Tampoco, como acota Puente y Candamo, de ser una sociedad reactiva y no previsora, lo que quiere decir que, solo vamos a reaccionar, cuando estemos nuevamente con la soga al cuello. Afirmo: Somos malos hijos de una madre Patria generosa.
Víctor Velásquez Pérez Salmon.
Coronel del Ejército del Perú en Situación de Retiro. Se ha desempeñado como Catedrático de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Director de la Comisión Permanente de Historia, y miembro del Proyecto Ejercito 2001. Es autor de varias publicaciones de historia, ensayos, poesía y cuento.


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