Se perdió Arica. Bolognesi y sus hombres cumplieron con su juramento de honor. El segundo ejército de Leiva nunca llegó. Los chilenos vinieron a Lima. Piérola, dispone movilización general de todos los ciudadanos menores de 60 años y mayores de 17 a la infantería, los gremios y obreros. Los que saben montar caballos, asnos y o acémilas a la caballería. Los bomberos, carroceros y aparajeros a la artillería. Además, a la cruz roja los médicos y enfermeros y voluntarios. La primera división, al mando del ciudadano coronel José Unanue. Lo forman vocales, jueces, abogados y bachilleres, empleados judiciales, procuradores, escribanos y amanuenses de abogados y de escribanos. La cuarta división al mando del ciudadano coronel Juan de Aliaga y Puente. Lo forman arquitectos, empresarios de obras públicas, carpinteros y albañiles. La sexta división, lo forman plateros, hojalateros, maquinistas, herreros, caldereros, fundidores y molineros. La octava división, la forman dulceros, bizcocheros, pasteleros, panaderos, sirvientes de caza y hoteles y dueños de fondas y chinganas. La décima división; la forman: empleados, operarios y peones del ferrocarril y tranvía, de las empresas de gas y del agua, plomeros y gasfiteros. La brigada de caballería, la conforman aguadores, dueños y peones de caballerizas, albéitares, cocheros y camaroneros.
Luego de cinco meses, no había muchos adelantos. La asistencia voluntaria no funcionaba. Se extendió el llamamiento al Callao y se dispuso el acuartelamiento de la reserva de 8 de la noche a 9 de la mañana. De 6 a 9 a.m. sería la instrucción. Para su comida se entregaría a cada individuo “un décimo de inca”. No todos lo gastaban en alimentarse. Los instructores sabían poco del arte militar. Fueron nombrados a dedo. Proliferaron los decretos oficiales. Uno, contradecía al otro. Hay desconcierto. Se preocupaban eso sí, del uniforme, de los centímetros de cintas, en largo y ancho, que podían adornarlo. Se perdía tiempo en parafernalia, revistas, desfiles y discursos.
Piérola, había roto su relación con los oficiales del ejército de línea y de la marina. Había prescindido de ellos tanto para la instrucción como para los mandos. Ellos, no se fueron a sus casas. Formaron un batallón y combatieron hasta perder la vida. “Tengo un plan” decía él. En voz alta lo repetía en cada oportunidad que tenía frente a oficiales y tropa. Para colmo, se gastó 312, 900 libras esterlinas, que estaban en diferentes casas de cambio en Europa, y no se compró ni un barco.
Fuimos a la guerra como solíamos ir a los “despejes”, especie de demostraciones públicas de orden cerrado que se hacían en la plaza de Acho o en la pampa de Amancaes, muy relajados. Una sola vez hicieron ejercicio de fuego. La mayor parte de los soldados ignoraba o no conocía muy bien el manejo del rifle. Allí, se consumió más sándwiches y licores que pólvora y plomo. Combatimos con entrega pero sin táctica, con entusiasmo pero sin disciplina, con valor pero sin tecnología, con jefes pero sin comandantes.
Piérola, se aseguró de que en cada batallón tuviera un capellán. Y que el vicario estuviese engalanado con un vistoso uniforme militar con sombrero de dos copas y penacho, charreteras e insignias multicolores en el pecho. En el mes de diciembre y los primeros días de enero, los cuarteles y campamentos se convirtieron en casas espirituales. Allí se veían a oficiales y soldados confesándose; capellanes predicando y advirtiendo sobre las penas eternas que esperaban a los que morirían en pecado. Pecados veniales para soldados, graves, muy graves, para los políticos.
Las avanzadas del ejército chileno desembarcaron en Pisco el 19 de noviembre de 1880. La zona se hallaba desguarnecida. Era una puerta abierta. No fueron estorbados hasta completar sus fuerzas y marchar hacia Lurín. Cuando ya ocupaban Pisco, las fuerzas peruanas recién procedieron a preparar la defensa. Comenzaron a abrir zanjas, de trecho en trecho, desde la playa de Miraflores hasta cerca de la casa hacienda en Monterrico grande. Usaron la tierra de las zanjas para formar parapetos. Estos estaban separados unos de otros por espacios que variaban de 500 a 2,000 metros. Los trabajos se hicieron hasta momentos antes de la batalla.
Días antes de que ésta se iniciara, los soldados escriben cartas a sus familiares: “hemos tenido una revista y nos han entregado algunos rifles nuevos. Estamos armando unas carretas para llevar la artillería. En la estación (de Lima) se están fundiendo las balas, mándame mis herramientas que ahora las necesito y pide a dos Nicolás las tenazas de la fragua. No tengas pena y cuida de los chicos”…“tenemos muchas esperanzas, nuestros jefes nos alientan, estamos mezclados con los soldados antiguos y hay camaradería…no te desilusiones. La virgen de Cayma, hará nuestra la victoria. Ellos (los chilenos) están en Pisco y pronto llegaran, tengo pocas balas, pero la patria exige todo de nosotros”… “mi corazón dice que se perderá la batalla, porque ha palidecido la estrella del Perú; pero no importa, pelearé y moriré por la causa de mi patria”.
El comando peruano se limitó a esperar la aproximación del enemigo, algo sorprendidos, porque Piérola y sus asesores de confianza y también miembros de su partido político, habían supuesto que el desembarco se iba a producir al norte, engañados por algunas maniobras de distracción de Lynch. Inusitadamente, se fortificó el cerro San Cristóbal. En medio de la tragedia, Piérola abandonó el campo de batalla.
Diez años después de la guerra, el general Cáceres refunda la escuela de oficiales. Cuando el ejército estaba ya listo para usar la fuerza y recuperar los territorios arrebatados, los “revolucionarios” de Piérola, atacan Lima y echan por los suelos todo intento de hacerlo. La mano negra de Chile, a través de los llamados “republicanos de la aristocracia», nuevamente, estaba presente.
Victor Velasquez Perez Salmon. Coronel del Ejército del Perú en Situación de Retiro. Se ha desempeñado como Catedrático de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Director de la Comisión Permanente de Historia, y miembro del Proyecto Ejercito 2001. Es autor de varias publicaciones de historia, ensayos, poesía y cuento.


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