La crisis en Venezuela no sólo ha servido para desnudar la grosera manipulación del voto popular de Nicolás Maduro y su orquesta delincuencial sino que ha puesto en evidencia la vena “democrática” de la izquierda peruana incapaz de despercudirse de su ideología arcaica, obsoleta y complaciente con regímenes dictatoriales símiles; por eso, no llama la atención que, en su mayoría, haya cerrado filas para defender la “transparencia del proceso electoral”, se haya puesto al frente para “defender la libre autodeterminación de los pueblos”, exigiendo respeto al “legítimo” resultado de los comicios del pasado 28 de julio. Así, entusiasmados por acudir a avalar al dictador, alistaron maletas y con el financiamiento de éste viajaron en plenas Fiestas Patrias para desempeñar el triste papel de tontos útiles de la consumación del fraude, dizque en calidad de “veedores”.
Las razones para justificarse han sido variadas, podemos encontrar posiciones contorsionistas como la de Verónica Mendoza y Sigrid Bazán para las que es más importante ocuparse de la “dictadura de Dina y Keiko” o del estrés de las gallinas ponedoras en las llamadas jaulas de batería. Otros caraduras como Guillermo Bermejo se muestran “satisfechos” al haber comprobado junto a otros mil observadores (obviamente pro chavistas) que las elecciones fueron limpias y transparentes. A las veedoras seguidoras del prófugo Vladimir Cerrón como Kelly Portalatino, Elizabeth Taype y Margot Palacios no se les ha movido ni una ceja tatuada para avalar el proceso que ya es considerado en el mundo como el fraude más grande la historia. A todos estos representantes de nuestro folklore político se les olvidó en una su narrativa de la defensa de la voluntad popular, el respeto a los derechos humanos y el derecho a la protesta; condenan a los manifestantes por su resistencia a aceptar los resultados con lo cual avalan su masacre, tortura y encarcelamiento. En suma, en una semana se les cayó la careta de demócratas, han dejado pocas dudas que en un eventual gobierno tomarían el mismo camino de sus ídolos Hugo Chávez y Maduro, eso es lo que ansían para el Perú, cambiar la constitución para perennizarse en el poder, tomar cada una de las instituciones, comprar voluntades a través de subsidios y, cuando arda el descontento popular con las arcas fiscales vacías, perseguir y silenciar opositores sin el mínimo prejuicio de aplicar los mismos métodos criminales del dictador por el que hoy sacan la cara.
Habría que restregarles en la cara a estos veedores asalariados pro fraude que “la democracia” que tanto defienden es una dictadura, que en 25 años de regímenes chavistas en los que se ha aplicado las recetas que nuestra izquierda vende como la panacea han logrado que Venezuela deje de ser una de las economías más sólidas de América Latina, se estima que más del 80% vive en pobreza, la devaluación del bolívar es creciente, la pérdida de libertades y derechos civiles galopante, obligando a millones de ciudadanos a migrar masivamente alrededor del mundo en busca de oportunidades y supervivencia. Esa es la receta que quieren para nuestro Perú: hambre, dependencia y dictadura.
Prestándose para ser utilizados como ventrílocuos del fraude chavista, los izquierdistas peruanos, con escasas excepciones, han perdido la gran oportunidad de demostrarse como una opción viable y democrática para gobernar el país, que los peruanos registren a estos falsos demócratas a la hora de considerarlos como opción en futuras elecciones, su reciente actuación ha sido una muestra gratis vergonzosa de su vena autoritaria y los ha desvelado como potenciales gobernantes autoritarios que, en caso de llegar al poder, difícilmente se ceñirían a las reglas democráticas y aplicarían los mismos métodos de la dictadura madurista que sin desparpajo defienden.
Cecilia Palacios C.
Cecilia Palacios es Bachiller en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lima, trabajó en prensa televisiva privada durante la época del terrorismo, posteriormente se dedicó a actividades privadas.

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