Columnas Manuel Escorza

Otra vez, Dina Boluarte

Debió haber sido como las ocho de la mañana, tal vez las nueve, cuando desperté. No lo sé bien porque había dejado el celular cargando y yo no uso reloj. Regresaba de un viaje al extranjero. El trayecto había sido largo y ya en Lima logré dormir muchas horas. Pensé en hacerlo un rato más, pero finalmente decidí prender la tele pues hacía un tiempo que no sabía mucho del Perú, a ver qué ha pasado, que noticias nuevas habían. De pronto y de manera inesperada, veo a Dina Boluarte, cantando. “Qué es esto”, me pregunté algo sorprendido. La escena me terminó de despertar. Subí el volumen y sí, en efecto, era ella. Me acomodé rápidamente y me puse los anteojos. ¿A quién le canta?, me volví a preguntar. Le estaba cantando a un grupo de escolares. Y trataba de inducirlos a que le hicieran el coro, a que la siguieran, que la acompañaran en su canción. Pero no le hacían caso. No se daba cuenta que los niños estaban sorprendidos, que esperaban otra cosa. Y seguramente sus padres y maestros también.

No es la primera vez que la presidente protagoniza este tipo de “escenas”, por llamarlas de alguna manera.

No hace mucho entró al aula de un colegio y resultó que los niños estaban en clase de inglés. Ella pronunció tres palabras en ese idioma y luego se interrumpió a sí misma y dijo “me hacen falta más clases de inglés”. Para eso, mejor se quedaba callada.

En otra ocasión, también en una escuela pública, entró saludando como quien saluda a grandes multitudes, a los niños de seis o siete años que estaban en el segundo piso de los pabellones. Así es fácil saludar como presidente. Se dio, pues, un baño de popularidad con los niños del Perú.

Hace un tiempo también sorprendió lanzando caramelos a la población en Ayacucho, caramelos de esos de color toffie, caramelos de dudosa procedencia y nivel de salubridad. Y lo hizo en una ciudad que no la quiere, que le reclama por sus fallecidos en las protestas sociales. Pero ella sonría alegremente, como no dándose cuenta de lo que hacía.

Hace menos de un mes habló cinco horas en el día de la patria. En realidad, no habló.  Leyó. Nadie quería escucharla tanto rato, y quizás, en parte por eso, se despachó con ese mensaje. No le importó si los congresistas y la prensa querían almorzar, utilizar los servicios, si había cosas más interesantes que hacer que soplarse un discurso tan largo en el que además no dijo prácticamente nada. Mucho menos se preguntó si a alguien le quedaría algo de un interminable mensaje de cinco horas. Se supone que el 28 de julio es un día de confraternidad, alegría, de fiesta, de paz, pero lo que ella hizo fue una provocación.

Al día siguiente, además, mientras saludaba a un público en parte imaginario, le contestó de mala forma a una ciudadana, desde un carro presidencial descapotado. ¿Qué mandatario ha hecho eso? Ninguno. Además, en su condición de presidente, es muy riesgoso asistir a un evento en carro descapotado.

Es obvio que no estaba preparada para ser presidenta, que no se formó para la gestión de un cargo que, aunque democrático y legítimo, le llegó de casualidad. Pero precisamente por eso debería cuidar más su imagen y ciertos protocolos

La presidente tiene que entender que lanzarle caramelos a una población que está en duelo por la muerte de sus conciudadanos, que hablarle al país durante cinco horas ininterrumpidas, que usar relojes Rolex que, para colmo, según sus propias declaraciones, no son de su propiedad sino prestados, que viajar a China con un buzo de “The Simpsons”, y/o contestarle ofensivamente a una ciudadana desde el carro presidencial, constituyen una falta de respeto al país. La gente espera otra cosa de un mandatario (a), el país quiere verse representado de otra manera más allá de cualquier afinidad o discrepancia política.

Algo parecido ocurrió con el presidente de México. El mandatario habló mal de su gobierno y ella respondió con un mensaje al país, y además, en otro momento, le dijo “tontonazo”. Pasarán muchos años para que los peruanos puedan volver a viajar a México sin visa, y lo ocurrido tiró por la borda cualquier negociación con Estados Unidos para lograr una exención de visa. Si México exige visado, obviamente el país del norte también lo hará.

La pregunta a hacernos es quién la asesora en su imagen pública, quien le dijo que estaba bien hablar cinco horas el 28 de julio, fotografiarse con un buzo de “Los Simpsons” camino a China, responder al mandatario mexicano de la manera como lo hizo, o utilizar a los niños del país ante los medios de comunicación.

Todo esto demuestra una gran falta de empatía de la mandataria y también una subestimación de la ciudadanía para la cual gobierna, una forma de desconexión con las verdaderas necesidades. El país necesita una mandataria que, al salir en público, demuestre claridad y preocupación por los problemas de fondo que aquejan a la república.

La presidente no parece darse cuenta que por moverse como se mueve sale velada en las fotos, y que la gente se ríe. Ella no es una estadista. No tiene la culpa de no haberse preparado como tal, nunca imaginó ocupar ese cargo, pero tiene que entender que gobierna para un país que desea, pide y hasta exige una presencia pública distinta.

Pida, señora presidente, que le muestren los reels, caricaturas, parodias, los Tik Toks y comentarios de los analistas. Así entenderá mejor lo que le estamos diciendo. No se trata de usted sino de la repercusión que todo esto puede tener en la falta de optimismo y la autoestima del país. Por favor, comprenda que hablar cinco horas en el día patrio es una falta de respeto.

Vengo de un viaje en el que pude comprobar que la gente, cuando habla del Perú, habla del escándalo de los Rolex, la anécdota de los caramelos, y ahora seguramente también del Gato Ron Ron. Todo eso le hace daño al país.

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta

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