El llamado Principio de Totalidad -o también “principio terapéutico”- fue acuñado y conceptualizado hace muchos años por la moral católica para buscar soluciones frente a la rigidez de una ética que no permitía salidas en casos de severa perplejidad. Posteriormente, el especialista italiano Elio Sgreccia lo incorporó a su conjunto de principios que constituirían la llamada Bioética Personalista.  ¿Pero, en realidad, qué es el Principio de Totalidad y cómo se aplica?

Este alude a la totalidad de la persona, en cuyo favor se sacrificarían partes del cuerpo en salvaguarda del todo que aquella constituye.  Esto no se extiende a la ablación de órganos o partes de las cuales depende la vida del paciente.  Pero este principio ha ido más allá de su simple ejecución y se han hecho intentos por fabricar analogías morales para justificar ciertos actos.  Por ejemplo, ¿es válida la pena de muerte si tomamos a la sociedad como un todo y a sus miembros como partes? Es decir, ¿es factible justificar la pena de muerte bajo este postulado? Definitivamente, no. 

La sociedad es un todo compuesto por partes moralmente independientes, es decir, por cada persona como un todo ético, y no es admisible sacrificar el todo que constituye esta como parte de la sociedad en favor de una sin criminales.  Ella no es un todo físico, y sus partes han de entenderse como todos individuales que la conforman.  

Yendo aún más lejos, en nombre de la totalidad, se ha pretendido mutilar partes del cerebro que disminuirían la agresividad en determinados individuos o modificarían su conducta.  Estos son los casos de la lobotomía pre-frontal, que actualmente  no se practica y que en el pasado se realizaba en casos de pacientes esquizofrénicos con alto índice de comportamientos agresivos.

Existe un grupo de galenos que está de acuerdo con estos procedimientos, hoy modernizados, en situaciones extremas de salud mental. Pero otro no la justifica ni en estos casos, ya que se niegan a aceptar una mutilación de este tipo; alegan la posibilidad de que el paciente se encuentre mal medicado, y encuentran en este procedimiento una salida fácil.  En nombre de la totalidad de la persona, se han pretendido maniobras de todo tipo, pero la operación solo debe realizarse como último recurso.  

Algunas vertientes de la moral católica han recurrido al Principio de Totalidad para legitimar así el sacrificio de algunos aspectos de la vida.  Por ejemplo, la anticoncepción artificial contaría con un justificativo bajo esta luz para salvaguardar la integridad del matrimonio. El matrimonio, o sociedad conyugal sería el todo, y el recurrir a tal procedimiento, siempre y cuando no sea abortivo, sería la parte que se sacrifica en nombre del todo.

El Principio de Totalidad no es de fácil aplicación, por más que se intente considerarlo de otra manera. Incluso se ha llegado a proponer que principios como el del Doble Efecto y el del Mal Menor sean absorbidos por este.  Craso error se cometería si aceptamos esta proposición, pues cada uno debe verse y estudiarse por separado, ya que estos ilustran al eticista o bioeticista en su objetivo de resolver los casos más intrincados y avanzando por la vía correcta.

Lo que debe quedar muy claro es que el Principio de Totalidad se aplica a la persona como un todo físico, y uno moral cuando se habla de sociedad, pero de ninguna manera considerando los todos individuales que constituyen el tejido social como partes sacrificables.  Aquí tenemos los cimientos para un adecuado debate sobre la pena de muerte o la mutilación física como modificador de conducta.  Los comités de ética o bioética sesionan muchas veces en largas jornadas para solucionar un caso, puesto que  cada contexto es distinto. Se trata de que aquel sea correctamente utilizado siempre en favor de la persona como un todo físico y ético, como un fin en sí mismo, y de acuerdo con Kant, apuntando siempre a la autorrealización de los individuos en el seno de la sociedad que los acoge y de la cual ellos forman parte. 

El todo físico y ético que configura la persona o las personas debe ser el motor que guíe el manejo del Principio de Totalidad, tomando siempre en cuenta la dignidad que cada ser humano porta con su cuerpo, alma y espíritu, con el fin de salvaguardar todo aquello que lo favorece.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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