La frontera Perú-Colombia, no tiene por qué convertirse en zona de conflicto. Lo fue con Bolívar, no debe seguir con Petro. El primero, idealista, el segundo, iluso. Ambos maquiavélicos. Hay que seguir apostando por la democracia y en ella, inserta la paz y la integración latinoamericana.
El modus vivendi de 1907 había sido desahuciado y se venían sucediendo sangrientos enfrentamientos en el Putumayo por lo que, al año siguiente, se acordó llevar el asunto limítrofe al arbitraje, el que se dilató hasta 1930.
Si comparamos los antiguos conflictos con el de hoy, y recurrimos a la historia, veremos que hay muchas similitudes.
En el orden interno, Sánchez Cerro, encontró un país fracturado. Las fuerza militares, en particular, el ejército, estaba desarmado. Tanto es así que por Decreto Supremo, se suprimen los agasajos de toda índole a los funcionarios públicos. La aparición de los partidos de izquierda, principalmente el APRA, fue negativa. Sin tomar en cuenta el sentido de nacionalidad, combate con escarnio al clero y a las fuerzas armadas, a la vez que promueve disturbios obreros y universitarios. Esta demagogia política se había infiltrado hasta en los cuarteles, y el relajamiento moral era alarmante. Para paliar las necesidades logísticas, se abre una erogación pro adquisición de armamento, porque las continuas revueltas internas así como la no adquisición de estos, nos hacía vulnerables. Para ahondar esta crisis, se produce la matanza de militares en Trujillo, y como si esto fuera poco, Sánchez Cerro fue asesinado. En el orden externo, Perú no solo lidiaba con Colombia. También la diplomacia ecuatoriana y chilena estaba confabulando contra nosotros. Brasil se presta a dar facilidades para el desplazamiento de sus naves de guerra a Colombia. Y esta situación limitaba nuestros créditos. Parecido a cuando la Guerra con Chile de 1879, verdad. El de Colombia en 1932 excedía al nuestro en más de cuarenta millones de soles oro. Y en el aspecto diplomático, nos conformamos con la intervención de la Liga de las Naciones, y en esa espera, lo que hizo Colombia fue armarse y emprender una letal ofensiva. En el aspecto militar, que es que nos debe preocupar siempre, tuvimos desde la Misión Militar Francesa, una doctrina defensiva. El teatro de operaciones al que raudamente acudimos no estaba militarmente “amoblado”. Las órdenes se recibían desde Lima y lo que es peor, estaba compuesto de oficiales que iban allí por ser “zona de castigo”, al no estar de acuerdo con el gobierno de turno. Ahí están las ordenes: “No violar el territorio del vecino país; dejar que los hechos partan de Colombia”. En lo que se refiere a la preparación, equipamiento, concentración de medios y conducción de las operaciones fue deficiente. Cuando reaccionamos, y quisimos emprender la ofensiva tras la derrota en Gueppi, ya no se pudo. Sin embargo, hay que rendir nuestro homenaje a los soldados, marinos y aviadores que a pesar de todas esas limitaciones lucharon y obtuvieron victorias en Calderón, Yabuyanos y Puca Urco, y que luego de estos, alcanzaron aunque tardíamente la ventaja estratégica, lo que alcanzó solo a detener transitoriamente el conflicto. La politización de lo militar nos pasó la factura, ojala que no nos la pase nunca más.
La isla Chinería (Santa Rosa) es nuestra, y debe seguir siéndolo. Para ello, tengamos en cuenta el mensaje del historiador militar José Zarate, cuando nos advierte: “La guerra no se hace por el amor de Dios, la guerra no tiene más razón que la victoria, y la derrota es un delito que la historia no perdona”.
Víctor Velásquez Pérez Salmon
Coronel del Ejército del Perú en Situación de Retiro. Se ha desempeñado como Catedrático de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Director de la Comisión Permanente de Historia, y miembro del Proyecto Ejercito 2001. Es autor de varias publicaciones de historia, ensayos, poesía y cuento.


0 comments on “¡Defendamos Chinería!”