El conflicto en Gaza vuelve a ser noticia mundial con la propuesta de paz presentada por Donald Trump desde la Casa Blanca. El plan, que se mueve a toda velocidad, le da a Hamás solo 72 horas para liberar a los rehenes israelíes a cambio de un alto al fuego inmediato y la promesa de que Israel retirará poco a poco a sus tropas de la Franja. A primera vista, suena a solución milagrosa: ayuda humanitaria sin trabas, reconstrucción, intercambio de prisioneros y un respiro a los más de dos millones de gazatíes que llevan casi dos años bajo fuego constante.
Pero como siempre, el diablo está en los detalles. El plan de 20 puntos coloca la gestión de Gaza en manos de una llamada “Junta de la Paz”, con Trump a la cabeza y con Tony Blair como uno de los actores principales. Y ahí empiezan las dudas. Blair, recordado por su papel en la guerra de Irak junto a George W. Bush, no inspira confianza en buena parte del mundo árabe ni en los propios palestinos, que lo ven más como un hombre de Washington y Londres que como un mediador neutral. Muchos se preguntan si alguien con ese historial realmente puede ser la cara de un proceso justo y equilibrado.
Netanyahu, por su parte, ha respaldado el plan, pero deja claro que no quiere ni hablar de un Estado palestino. Mientras tanto, Trump insiste en que este acuerdo es “la última oportunidad” para detener la guerra y advierte que si Hamás no acepta en tres o cuatro días, las consecuencias serán “muy tristes”. La presión está al máximo, pero el grupo islamista, que lleva el control de Gaza desde 2007, no estuvo sentado en la mesa de negociación y ya ha mostrado desconfianza: ven el acuerdo como una forma de desarmarlos y sacarlos del juego político.
En el terreno, la realidad es durísima. Los bombardeos israelíes no paran: en los últimos días, más de 50 palestinos han muerto en nuevos ataques. Las cifras globales son escalofriantes: más de 66 mil muertos y más de 160 mil heridos desde que estalló la guerra en 2023. La gente en Gaza vive entre ruinas, hambre y miedo, y muchos ya no creen en ningún plan que venga de fuera.
La comunidad internacional responde con tibieza. Egipto, Arabia Saudita, Qatar y Jordania aplauden que al menos haya un intento serio de parar la matanza, pero todos piden lo mismo: que esto sirva de base para una solución de dos Estados y que Jerusalén Este sea la capital palestina. Netanyahu rechaza de plano esa idea, lo que convierte el plan en un callejón difícil de transitar. Qatar incluso ha pedido renegociar algunos puntos porque considera que la propuesta favorece demasiado a Israel.
En resumen, el plan de Trump llega con mucho ruido y cierta esperanza, pero también con enormes vacíos y un liderazgo cuestionado. La figura de Tony Blair no ayuda: para muchos palestinos y árabes, es símbolo de guerras pasadas, no de paz futura. La propuesta promete un respiro, pero la paz real sigue siendo un sueño difícil mientras Israel no ceda en la cuestión palestina y Hamás no acepte dejar las armas. Por ahora, todo pende de un hilo.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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