La Generación Z (los nacidos entre 1997 y 2012) está entrando con fuerza al escenario político peruano. Para las elecciones del 2026 serán 6.7 millones de votantes entre 18 y 29 años, es decir, un cuarto del padrón electoral. Y más de 2.5 millones lo harán por primera vez. Esa cifra debería preocupar a los políticos de siempre, pero muchos siguen mirándolos por encima del hombro, como si fueran adolescentes distraídos pegados al celular. Error monumental.
Lo que esta generación rechaza no es la política en sí, sino la podredumbre que se ha enquistado en el Congreso, en los partidos y en las instituciones. No les interesan los discursos vacíos ni los mismos apellidos reciclados que llevan décadas chupando del Estado. Y cuando se indignan, lo hacen a su manera: organizados en redes, con memes, videos virales y símbolos globales como la bandera pirata de One Piece. Parecerá juego para algunos, pero lo que hay detrás es rabia y hastío real.
La protesta contra la reforma de pensiones fue una señal clarísima. Miles de jóvenes se movilizaron para gritar “basta” a un sistema que pretende obligarlos a pagar a una AFP que no garantiza nada, mientras los políticos blindan sus privilegios. Y no es solo ese tema: denuncian la corrupción, los sueldos obscenos de congresistas, la inseguridad que los asfixia día a día, y la falta de oportunidades que les niega un futuro digno en su propio país.
¿Son inconstantes? Sí. ¿Deciden su voto muchas veces en la última semana? También. Pero eso no significa apatía: significa que no se casan con nadie y que todavía esperan algo auténtico que los represente. Hoy, la representación formal de jóvenes en cargos electos es mínima, y la mayoría de partidos los ven más como votos que como actores políticos. Pero el viejo sistema debería tomar nota: si un liderazgo fresco conecta con sus demandas, puede arrasar en las urnas.
El problema es que la misma maquinaria que ellos rechazan intentará cooptarlos, disfrazarse de “nueva política” y seguirles vendiendo humo. Ya hemos visto cómo varios políticos oportunistas quisieron subirse a las marchas juveniles y fueron rechazados públicamente. La Gen Z no quiere invitados incómodos: quiere ser protagonista.
La conclusión es clara: la Generación Z no es una voz en el desierto, es un rugido que amenaza con derrumbar la cúpula de privilegios que gobierna el Perú. Si logran pasar del activismo digital y la protesta callejera a la construcción de un verdadero poder político, esta generación puede sacudir el tablero como ninguna antes. Pero si los políticos siguen sordos, si siguen tratando a los jóvenes como niños caprichosos, la crisis no solo continuará: explotará. Y cuando eso ocurra, no habrá red ni blindaje que salve al viejo sistema de ser arrasado.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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