La salida del embajador cubano Carlos Rafael Zamora Rodríguez, conocido como “El Gallo”, del Perú no fue cosa menor. Fue una muestra clara de que la inteligencia cubana, que desde hace años se mueve por debajo de la mesa en América Latina, por fin se topó con un límite. Zamora, un viejo agente de la Dirección de Inteligencia (DI) de Cuba con más de cincuenta años en el oficio, usó su papel de diplomático para algo más que representar a su país: fue parte de una estrategia para influir y ganar terreno político en distintos gobiernos de la región.
Desde los años 90, cuando Cuba perdió el apoyo de la Unión Soviética, La Habana tuvo que reinventarse. Ya sin dinero, decidió “exportar” cooperación médica y técnica a otros países. Pero en la práctica, muchos de esos médicos y técnicos eran también piezas de inteligencia. Llegaban para observar, hacer contactos y mover intereses políticos. En Perú, por ejemplo, la llegada de 85 profesionales cubanos durante la pandemia del COVID-19 despertó sospechas. No se dudaba de su trabajo médico, pero sí del patrón: usar la ayuda humanitaria como fachada para operaciones secretas.
Zamora y su esposa, Maura Juampere Pérez (también agente cubana), repitieron el mismo libreto que antes aplicaron en Ecuador, Panamá, Brasil y El Salvador. En Brasil, incluso fue acusado de dirigir una campaña contra la bloguera opositora Yoani Sánchez. En Perú, su llegada en 2021 coincidió con el gobierno de Pedro Castillo, una oportunidad que Cuba aprovechó para acercarse más al poder. Las alertas se encendieron cuando se supo que Zamora se reunió en secreto con el exministro del Interior, Willy Huerta, sin dejar registro oficial.
Con el tiempo, los informes de inteligencia peruana revelaron algo más grave: contactos entre personal de la embajada cubana y grupos radicales del sur del país, algunos con vínculos con antiguos miembros del MRTA y con el entorno de Vladimir Cerrón. Según las fuentes, Cuba intentaba formar un bloque político de izquierda en la región, usando al partido Perú Libre como su principal aliado.
Frente a esto, el Estado peruano reaccionó. La Dirección Nacional de Inteligencia (DINI), la Marina y el Ejército del Perú trabajaron juntos para seguirle los pasos a la embajada cubana. El Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas entregó reportes que confirmaban reuniones sospechosas, mensajes cifrados y movimientos fuera del protocolo diplomático. Con esas pruebas, la Cancillería tomó la decisión de expulsar a Zamora y a su esposa en noviembre de 2025.
Esa fue una victoria importante para la inteligencia peruana, pero también una advertencia. Cuba no se detendrá, solo cambiará de táctica. Mientras tanto, el Perú llevó el tema a la OEA y propuso cambiar la Convención de Caracas, para que el derecho de asilo no se use como escudo de funcionarios acusados de corrupción o conspiración.
El caso de “El Gallo” deja una lección clara: Cuba usa la diplomacia como máscara para hacer política y espionaje. Su expulsión fue un triunfo simbólico, pero el verdadero reto será que los futuros gobiernos refuercen la seguridad nacional, controlen mejor la cooperación extranjera y trabajen juntos con otros países de la región. Solo así se podrá evitar que, bajo la bandera de la amistad o la solidaridad, potencias extranjeras sigan metiendo mano en los asuntos del Perú y América Latina.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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