Columnas Jorge Céliz

Sudamérica al borde: cómo se deshace el Estado y cómo aún podemos salvarlo

En Sudamérica, muchos sentimos que los gobiernos ya no funcionan como deberían. Las instituciones están cada vez más débiles, la corrupción se ha vuelto parte del sistema, la inseguridad crece y la gente ya no confía en la política. No hacen falta guerras ni golpes de Estado para que un país empiece a caerse: basta con que los servicios públicos no sirvan, que la justicia sea lenta o injusta, que los políticos solo se ocupen de sus intereses y que los ciudadanos se cansen de esperar cambios. Así, poco a poco, el Estado se va desmoronando desde adentro.

La corrupción es el corazón del problema. Cuando el dinero público termina en los bolsillos de unos pocos, las escuelas se caen, los hospitales no tienen medicinas y la policía no tiene recursos. La gente deja de creer en el Estado porque siente que nada cambia, que el esfuerzo no vale. Esa pérdida de confianza es más peligrosa que cualquier crisis económica: sin confianza, no hay nación que se sostenga. A eso se suma la inseguridad, la violencia organizada y la falta de oportunidades. En muchas zonas rurales o fronterizas, el Estado ni siquiera está presente; mandan las mafias, los grupos ilegales o el dinero del narcotráfico.

Pero esta situación también puede ser una oportunidad. Los países pueden salir del hoyo si se atreven a cambiar de fondo la forma de gobernar. No se trata solo de elegir nuevos presidentes o congresos, sino de reconstruir la relación entre el Estado y los ciudadanos. Hay que modernizar la democracia, hacerla más cercana, más transparente y más justa.

Algunos países dan pistas de cómo hacerlo. Uruguay, por ejemplo, demuestra que con instituciones sólidas, transparencia y diálogo, se puede resistir la corrupción y el populismo. Chile, a su manera, ha intentado repensar su modelo social a través de debates y consultas ciudadanas. Estos ejemplos muestran que la salida no está en los autoritarismos ni en los discursos vacíos, sino en más y mejor democracia.

Para revertir la erosión del Estado, se necesitan tres grandes cambios. Primero, una democracia participativa, donde la gente tenga voz más allá del voto. La política no puede seguir siendo un club cerrado. Segundo, una democracia institucional fuerte, con leyes que se cumplan y autoridades que rindan cuentas. Y tercero, una democracia social, que no deje a nadie atrás y que ofrezca educación, salud y trabajo digno para todos.

En el Perú, aún hay tiempo para enderezar el rumbo. Las crisis políticas, la corrupción y la inseguridad son graves, pero también han despertado una conciencia ciudadana que exige cambio. Si esa energía se canaliza hacia la transparencia, la justicia y la participación, el país puede salir fortalecido.

La región Sudamericana no está condenada al fracaso. Lo que vivimos hoy es una advertencia, no una sentencia. La región puede levantarse si decide recuperar la confianza, limpiar la política y reconstruir el Estado desde la honestidad y la unión. No basta con quejarse: toca participar, fiscalizar y exigir que los gobiernos trabajen de verdad para la gente. La democracia, si se la cuida, todavía puede salvarnos.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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