Buscar colegio para nuestros hijos se ha vuelto un acto regido por las mismas dinámicas que gobiernan el mundo laboral. En vez de pensar la educación como una experiencia de descubrimiento, algunos padres la convierten en una carrera por acumular credenciales y asegurar el futuro. No resulta extraño, entonces, que esta elección se viva con la misma ansiedad con la que se postula a un trabajo o se escoge una inversión. Sin embargo, detrás de esa apariencia de racionalidad se oculta una confusión profunda, porque el aula no debería ser la antesala del mercado, sino un espacio de desarrollo intelectual de la infancia.
Cuando la formación se concibe como una carrera de velocidad, se olvida que aprender requiere lentitud. Los niños necesitan tiempo para mirar, preguntar y equivocarse, no para adelantar contenidos. En rigor, la niñez no demanda un currículo ampliado, sino un entorno que respete su ritmo y procesos. Por ello, la primaria debería volver a ser básica, un territorio donde la lectura y la reflexión importen más que las certificaciones. El desarrollo del pensamiento crítico en la escuela es el fundamento sobre el que se forjan ciudadanos capaces de reflexionar y asumir responsabilidades más allá de las destrezas instrumentales. Enseñar no es anticipar el porvenir, sino ayudar a comprender el tiempo que habitamos y a construir sentido dentro de él.
Aun así, la expansión de la tecnología en las aulas obedece más a la preocupación de los adultos por no ver a sus hijos rezagados que a una reflexión sobre lo que realmente necesitan para instruirse. Lo que suele presentarse como innovación termina generando distracción y superficialidad. El uso de pantallas desintegra la comunicación, reduce la atención y convierte a las lecciones en una secuencia de estímulos. En consecuencia, el aula pierde su carácter de espacio común. La curiosidad se desarrolla con mayor plenitud cuando el aprendizaje se construye a partir del diálogo, la exploración y la guía humana, en lugar de basarse en estímulos externos que sustituyen al interés intrínseco. La tecnología no representa un apoyo al estudio, sino una interferencia que debilita la relación entre los maestros, los niños y el conocimiento.
La escuela también debería entenderse como el primer laboratorio de convivencia democrática. Allí se aprende a esperar, a disentir y a construir acuerdos. De este modo, no solo se transmiten saberes, sino que se moldea la ciudadanía. La vocación científica y el razonamiento abstracto, aunque responden a principios distintos, se complementan y resultan esenciales para forjar ciudadanos con capacidad de análisis y juicio razonado. Esa deliberación se ensaya en cada recreo, en cada trabajo en grupo, en cada desacuerdo entre compañeros. Reducir un centro educativo a un entrenamiento técnico equivale a negar su función social más profunda.
En Lima, la elección del colegio suele estar determinada por el capital social y la reputación, pues funciona como un marcador de origen que continúa definiendo pertenencias incluso en la vejez. A esa dimensión simbólica, hoy se le suma la competitividad y el rendimiento, como si a los niños debiera evaluárseles con los parámetros de la cultura del trabajo. De ahí que la educación se aleje de su sentido primigenio y se someta a la lógica de la productividad.
A medida que la inteligencia artificial asuma más tareas mecánicas, comenzará a adquirir valor todo aquello que no puede automatizarse, como la imaginación y el juicio. En este escenario, quienes cultivan la reflexión preparan mejor a las nuevas generaciones, ya que fortalecen las capacidades que sostienen la autonomía intelectual. Las experiencias que fomentan la perseverancia y el espíritu analítico incrementan la capacidad para resolver problemas y adoptar decisiones éticas. El enfoque humanista, por consiguiente, no representa una nostalgia del pasado, sino una vía para enfrentar el futuro con lucidez.
En lo personal, prefiero un colegio donde mis hijos aprendan latín y sánscrito, donde la escritura conserve la lentitud del trazo egipcio que Irene Vallejo asocia con el nacimiento de los libros y con la paciencia del pensamiento, a un lugar donde se apriete fast forward al maravilloso proceso de aprender. Prefiero también un lugar donde se forme criterio y las preguntas importen más que las respuestas. Nunca en la historia hubo tanta alfabetización como ahora y, sin embargo, la lectura se ha reducido a comentarios y textos breves que circulan en redes sociales. Estamos retrocediendo bajo la ilusión del acceso ilimitado a la información, y contra ese empobrecimiento intelectual debería alzarse la escuela como institución.
Elegir un colegio debería ser, ante todo, un acto de confianza en la infancia. No se trata de apostar por el camino más corto hacia el éxito, sino por aquel que ofrezca tiempo para la duda, la palabra y el asombro. Tal vez algún día se entienda que la verdadera innovación consiste en permitir que los niños sean niños y que aprendan a pensar antes de aprender a competir. Así, la educación podrá recuperar su sentido más alto al formar seres capaces de comprender el mundo y transformarlo con inteligencia, sensibilidad y libertad.
Referencias
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