Hoy vivimos un periodo de gran confusión moral y política. Las reglas, valores e ideas que antes guiaban a las sociedades ya no son tan claras. Es como si la brújula moral del mundo se hubiera roto, dejando a las personas sin una dirección firme y generando incertidumbre por todas partes.
Esta confusión se ve claramente en varios lugares del mundo. En Europa del Este, Rusia utiliza grupos paramilitares como Wagner para operaciones secretas. Aunque se les acusa de violar derechos humanos, en algunos países todavía se les respalda. Mientras tanto, los soldados ucranianos que defienden su territorio son presentados como agresores en ciertos discursos. Esto demuestra cómo la narrativa de un conflicto puede manipularse para mostrar a unos como héroes y a otros como villanos, sin importar la realidad.
En Medio Oriente ocurre algo parecido. Irán financia a milicias como Hezbollah y a los hutíes. Para una parte del mundo, estos grupos son terroristas; para otra, son “resistentes” o “mártires”. Esta diferencia en la forma de verlos refleja lo complejo que es el juego de poder en la región, donde cada país apoya a un grupo distinto según sus intereses. Al final, quienes más sufren son los ciudadanos comunes atrapados en medio de la violencia.
América Latina también vive esta distorsión. En Venezuela, grupos armados ilegales actúan en zonas fronterizas con total impunidad. Algunos los consideran una amenaza, mientras otros los llaman “aliados” para controlar territorios. Esto crea un ambiente de inseguridad, confusión y manipulación que dificulta entender quién tiene realmente el poder y cuáles son sus intenciones.
El Perú tampoco está libre de esta crisis moral. Hemos visto cómo algunos movimientos extremos se presentan como luchas justas, aunque estén vinculados a actos violentos, financiamiento irregular o sabotaje. También hemos sido testigos de protestas legítimas que son usadas como excusa para cometer delitos. Y, en medio de todo esto, hay intentos de responsabilizar injustamente a las fuerzas del orden por acciones que no cometieron o que han sido manipuladas políticamente. Esto genera desconfianza en las instituciones y en la democracia.
El problema central es la guerra de narrativas. Las noticias falsas, la polarización en los medios y las redes sociales crean versiones contradictorias de la realidad. Cada grupo arma su propio relato, elige a sus héroes y villanos, y defiende su versión con fanatismo. Esto desgasta a la ciudadanía y vuelve al país más vulnerable a influencias externas.
Las consecuencias ya se sienten: la moral pública se debilita, la violencia política se normaliza, se confunden protesta y vandalismo, y se pierde la confianza en la autoridad.
Para salir de este caos, el Perú y el mundo necesitan recuperar el centro, la verdad y el respeto al orden sin caer en autoritarismos. Necesitamos instituciones que investiguen con imparcialidad, fuerzas del orden profesionales, ciudadanos que respeten la ley, medios responsables y sanciones claras para quienes recurran a la violencia, sin importar su posición política.
Finalmente, en el ámbito interno debemos reconstruir un pacto social basado en el diálogo. Si no recuperamos la brújula moral, seguiremos viviendo en un país donde la mentira domina y la violencia se disfraza de justicia. Y eso amenaza nuestro futuro como sociedad.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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