Chile atraviesa un cambio político profundo. Gana espacio un discurso que promete orden, seguridad y control total del territorio frente al avance del crimen y la migración irregular. José Antonio Kast es hoy el principal representante de esa corriente. Su origen político es claro: proviene de la derecha más conservadora chilena, fue militante de la Unión Demócrata Independiente (UDI), partido fundado por Jaime Guzmán, ideólogo civil del régimen de Augusto Pinochet. Kast apoyó el “Sí” en el plebiscito de 1988 y ha defendido la obra económica de la dictadura, relativizando de forma reiterada las violaciones a los derechos humanos. Su propuesta actual recoge esa herencia: autoridad fuerte, orden inmediato y seguridad por encima de la integración.
Desde esta visión, Chile debe operar como una fortaleza. Fronteras endurecidas, presencia militar visible, zanjas en el norte y expulsiones rápidas son presentadas como respuestas simples a problemas complejos. Sin embargo, este enfoque omite una debilidad central del propio país: Chile envejece aceleradamente. La baja natalidad y la reducción de población joven afectan la economía, la innovación, la capacidad de reclutamiento y la sostenibilidad del Estado. Una fortaleza sin base humana suficiente termina siendo más simbólica que real.
La frontera norte se convierte así en un punto sensible. Las medidas de “mano dura” buscan control interno, pero también reactivan desconfianzas históricas con el Perú. Expulsiones masivas, militarización y decisiones unilaterales pueden dañar una relación que ha sido clave para el comercio, la inversión y la estabilidad del Pacífico sur. Cuando la seguridad se gestiona sin coordinación, la frontera deja de ser un espacio de cooperación y se convierte en un foco de tensión permanente.
Para el Perú, este escenario exige algo más que prudencia: exige fortaleza real. El país no puede ser percibido como débil ni pasivo. La primera tarea es reforzar de manera efectiva la frontera sur, con presencia constante del Estado, infraestructura adecuada, tecnología de control y coordinación entre policía, fuerzas armadas y autoridades civiles. Una frontera descuidada reduce la capacidad de negociación y aumenta la presión externa.
La segunda medida es ordenar la política migratoria. Registrar, identificar y regular no es una concesión, es control soberano. La informalidad alimenta al crimen organizado y ofrece argumentos a discursos externos más duros. Un sistema claro fortalece la seguridad interna y la posición del país frente a sus vecinos.
En tercer lugar, el Perú debe desarrollar estratégicamente el sur. Tacna, Moquegua y Arequipa deben ser polos productivos, no zonas de contención. Inversión en logística, energía, industria, educación técnica y empleo convierte la frontera en un activo nacional. Un sur fuerte reduce vulnerabilidades y equilibra la relación bilateral.
A todo ello se suma un elemento clave que el Perú no puede seguir postergando: la capacidad disuasiva. No se trata de promover el conflicto, sino de evitarlo. Un país que no puede disuadir invita a la presión. Modernizar las fuerzas armadas, asegurar capacidades defensivas creíbles y mostrar preparación es una forma de garantizar que cualquier diferencia se resuelva por la vía diplomática y no por la imposición. La disuasión es, en esencia, una política de paz.
Finalmente, el Perú necesita una diplomacia firme y activa. Anticiparse, mantener canales permanentes de diálogo, cooperación policial y una agenda económica compartida eleva el costo político de cualquier acción unilateral y reduce el riesgo de escaladas innecesarias.
El proyecto de Kast, heredero directo del pinochetismo en lo político y económico, promete orden rápido, pero se apoya en un Chile que envejece y pierde dinamismo. El Perú no debe quedar atrapado en ese giro. Fortalecer fronteras, ordenar la migración, desarrollar el sur y contar con una capacidad disuasiva creíble son pilares básicos para proteger la soberanía. En un entorno regional incierto, la verdadera seguridad no nace del choque ni del miedo, sino de Estados sólidos, preparados y capaces de disuadir para poder cooperar desde una posición de fortaleza propia.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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