Columnas Jorge Céliz

Venezuela: Poder real, transición lenta y espera democrática

Venezuela atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. Tras años de colapso económico, deterioro institucional, migración masiva y pérdida de legitimidad política, el país entra en una etapa marcada por la incertidumbre. La sociedad mantiene vivas sus expectativas democráticas, pero también arrastra un profundo cansancio frente a la confrontación, la escasez y el temor a un nuevo ciclo de violencia. En este contexto, la prioridad inmediata para muchos actores internos y externos no es una transición democrática ideal, sino evitar que el país caiga en una guerra civil o en un colapso total del Estado.

La operación militar internacional que neutralizó a la cúpula del poder chavista representó un quiebre abrupto del orden político previo. Sin embargo, este hecho no produjo una transferencia automática del poder a la oposición civil. Por el contrario, abrió un vacío complejo donde el poder formal quedó separado del poder real. Aunque el liderazgo político fue removido, las estructuras que sostienen al Estado (fuerzas armadas, cuerpos de seguridad, administración pública y sector energético) continúan activas y con capacidad de decisión. Ignorar esta realidad implicaría empujar al país a un escenario aún más caótico.

Ante esta situación se impone una lógica de realismo geopolítico. La mayoría de los venezolanos aspira a elecciones libres, justicia y reconstrucción institucional, pero el momento actual exige una secuencia distinta. Primero estabilizar, luego transformar. No es posible construir una democracia funcional sobre un país incendiado. Desde esta perspectiva, la transición se organiza en fases.

La primera fase es el control del caos. Su objetivo no es gobernar plenamente, sino mantener el país funcionando en un nivel mínimo. Esto incluye garantizar la operatividad de ministerios, bancos, servicios públicos y, de manera central, de la industria petrolera. En este contexto se entiende la presencia de figuras del antiguo régimen en espacios técnicos de negociación. No se trata de legitimarlas políticamente, sino de utilizarlas como canales prácticos para mantener el orden, reducir la violencia y facilitar la desmovilización de grupos armados que aún responden a esas estructuras.

Durante esta etapa, los líderes opositores con legitimidad democrática permanecen en una posición de espera estratégica. Su incorporación inmediata al poder podría cerrar canales de negociación con sectores armados que todavía se perciben amenazados y que conservan capacidad real de sabotaje. La prioridad es evitar una reacción defensiva que agrave la inseguridad interna.

El manejo del factor militar resulta decisivo. En lugar de una purga masiva dentro de la Fuerza Armada, que podría fragmentarla en grupos irregulares o criminales, se opta por preservar a los mandos medios bajo acuerdos condicionados. Incentivos económicos, estabilidad personal y garantías legales limitadas se ofrecen a cambio de la protección de infraestructura crítica y la no intervención violenta. El objetivo es impedir que las armas se conviertan en el principal actor político del proceso.

En paralelo, el petróleo se consolida como el ancla de estabilidad. Venezuela posee las mayores reservas probadas del mundo, pero produce muy por debajo de su capacidad histórica. En esta etapa, la ideología pasa a segundo plano. Lo esencial es mantener pozos y refinerías operativas para generar ingresos que permitan importar alimentos, medicinas y sostener el aparato estatal básico. Sin recursos, no hay transición posible.

La segunda fase se enfoca en el reordenamiento financiero y social. La deuda externa obliga a un enfoque de negociación y protección de activos frente a acreedores estratégicos. Al mismo tiempo, el retorno de los millones de venezolanos en el exterior no será inmediato ni masivo. Primero volverán técnicos y profesionales clave; el regreso general solo será viable cuando existan condiciones mínimas de seguridad, empleo y estabilidad jurídica.

Solo en una tercera fase se consolidará la legitimación democrática. Cuando el país esté más estable y menos tensionado, será posible avanzar hacia elecciones creíbles, justicia transicional y reconstrucción institucional. Es entonces cuando los líderes legítimos asumirán plenamente el mando político.

Venezuela avanza por un camino duro, imperfecto y lento, pero anclado en la realidad. Primero se busca apagar el incendio; luego, reconstruir el país. Mientras los pragmáticos administran armas y recursos, la democracia espera su momento. No porque haya sido abandonada, sino porque gobernar un país devastado exige, antes que nada, enfriar el terreno.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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