América Latina ha dejado de ser un actor secundario en la política mundial. En el año 2026, la región se ha convertido en un espacio clave de competencia entre China y Estados Unidos. El Perú, por su ubicación estratégica en el océano Pacífico y por su condición de país exportador de recursos naturales, se encuentra en una posición especialmente sensible. Hoy debe tomar decisiones que marcarán su futuro económico, político y estratégico, sin perder independencia frente a estas dos grandes potencias.
China se ha consolidado como el principal socio comercial del Perú. En los últimos años, cerca del 35 % de las exportaciones peruanas han tenido como destino el mercado chino. Minerales como el cobre, el hierro y el zinc, además de productos agrícolas, sostienen una relación económica intensa y creciente. A esto se suma una fuerte presencia de capital chino en sectores estratégicos como minería, energía e infraestructura, lo que refuerza la dependencia económica del país andino.
El proyecto más visible de esta relación es el Megapuerto de Chancay, una obra diseñada para conectar directamente al Perú con Asia y reducir tiempos y costos de transporte. Este puerto puede convertir al país en un centro logístico regional y generar empleo, inversión y desarrollo. Sin embargo, también plantea preocupaciones legítimas: control de infraestructura crítica, transparencia en la gestión y el riesgo de que intereses externos condicionen decisiones nacionales.
Mientras tanto, Estados Unidos observa con atención el avance chino en Sudamérica. En este nuevo escenario global, Washington ha retomado una política más activa en la región, buscando recuperar influencia estratégica. Para ello, ha fortalecido su presencia diplomática, económica y militar, y ha ofrecido al Perú una relación más estrecha en materia de defensa, inteligencia y cooperación tecnológica.
La propuesta estadounidense incluye la posibilidad de designar al Perú como aliado estratégico extra OTAN, lo que abriría acceso a cooperación militar avanzada y apoyo en seguridad regional. Pero esta oferta también implica compromisos: mayor supervisión de puertos estratégicos, límites al uso de tecnología china y alineamiento político en temas de seguridad hemisférica. No se trata de una ayuda sin condiciones.
Aquí surge el dilema central. Alejarse de China tendría un impacto directo en la economía peruana, especialmente en minería y energía, sectores que sostienen gran parte del crecimiento y de las exportaciones. Pero ignorar las exigencias de Estados Unidos podría significar sanciones, pérdida de acceso a mercados importantes o menor cooperación en seguridad y tecnología.
Frente a este escenario, el Perú necesita una estrategia clara, realista y basada en sus propios intereses. No se trata de elegir un bando, sino de saber equilibrar. Es posible cooperar con Estados Unidos en seguridad, lucha contra el crimen organizado y control fronterizo, mientras se mantiene una relación comercial sólida, regulada y transparente con China.
Los proyectos estratégicos deben estar bajo supervisión del Estado, cumplir estándares internacionales y beneficiar directamente al desarrollo nacional. La política exterior peruana debe evitar los extremos: ni dependencia absoluta de una potencia, ni confrontación innecesaria con la otra.
El Perú enfrenta uno de los momentos más delicados de su historia reciente. Su soberanía no depende de aislarse, sino de decidir con inteligencia. Si logra diversificar sus relaciones, fortalecer sus instituciones y priorizar el interés nacional, el país puede dejar de ser un terreno de disputa y convertirse en un puente confiable entre potencias, con voz propia y futuro propio en el nuevo orden mundial.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


0 comments on “Perú entre dos potencias: El desafío de decidir sin perder soberanía”