Por Jorge Céliz Kuong
La crisis política que atraviesa el Perú no nació con el gobierno de Pedro Castillo. Su administración fue la manifestación más evidente de un deterioro institucional que se venía incubando desde hace años. La precariedad de los partidos, la pérdida de cuadros técnicos en el Estado y la práctica extendida de convertir la gestión pública en botín político prepararon el terreno para un colapso anunciado. La inestabilidad ministerial, los nombramientos sin experiencia y el choque permanente con el Congreso durante su mandato aceleraron esa descomposición. El intento fallido de cerrar el Parlamento en diciembre de 2022 y su destitución no hicieron más que confirmar la fragilidad del sistema democrático.
Con la llegada al poder de Dina Boluarte, el país recuperó cierto orden formal, pero no resolvió el problema estructural. Las protestas posteriores dejaron decenas de muertos y una fractura social profunda. A la fecha, la desconfianza ciudadana hacia el Congreso y los partidos políticos sigue en niveles críticos, superando ampliamente el 70% en distintos sondeos. La sensación dominante es que la política funciona de espaldas a la gente.
El deterioro no es solo político; es administrativo. La meritocracia en el servicio público ha sido debilitada por designaciones basadas en afinidades y compromisos partidarios. Cada cambio de gabinete implica reemplazos masivos que afectan la continuidad de políticas esenciales en salud, educación, infraestructura y seguridad. Aunque el país mantiene estabilidad macroeconómica relativa y la inflación ha sido controlada frente a otros países de la región, el crecimiento económico se ha desacelerado y la inversión privada se mueve con cautela ante la incertidumbre regulatoria.
A esto se suma la fragmentación electoral. El sistema de voto preferencial fomenta campañas individuales y personalistas, debilitando la disciplina partidaria. El resultado es un Congreso atomizado, con bancadas frágiles y agendas dispersas. De cara a las elecciones generales de 2026, el escenario vuelve a mostrar una competencia dividida, donde candidatos con bajo respaldo pueden liderar simplemente por la dispersión del voto. Esa dinámica alimenta la percepción de que cualquiera, incluso con un apoyo mínimo, podría terminar gobernando.
Mientras tanto, problemas urgentes siguen sin respuesta estructural. La inseguridad ciudadana se ha convertido en una de las principales preocupaciones nacionales, con el avance del crimen organizado y economías ilegales como la minería informal. La informalidad laboral continúa alrededor del 70%, reflejo de un Estado que no logra integrar a millones de trabajadores al sistema formal. Esta combinación de inseguridad, precariedad económica y crisis política erosiona la cohesión social.
Salir de este ciclo requiere reformas claras y sostenidas. Primero, establecer filtros estrictos de idoneidad profesional y antecedentes limpios para el acceso a cargos públicos de alto nivel, protegiendo el servicio civil de la interferencia política. Segundo, eliminar el voto preferencial y promover partidos con democracia interna real, financiamiento transparente y responsabilidad programática. Tercero, blindar la autonomía de las instituciones electorales y de control para evitar su captura por intereses coyunturales.
El periodismo tiene también una responsabilidad central. Debe fiscalizar con rigor, investigar sin complacencias y mantener distancia crítica frente a cualquier gobierno. Sin una prensa independiente, la rendición de cuentas se debilita y la impunidad avanza.
El Perú ha superado crisis más severas en el pasado, incluyendo violencia interna e hiperinflación. Hoy el desafío es distinto: reconstruir instituciones antes de que la mediocridad y la improvisación se normalicen como forma de gobierno. La salida no está en el desencanto ni en el retiro ciudadano, sino en una reforma profunda que devuelva profesionalismo, ética y previsibilidad al Estado. Solo así se podrá recuperar la confianza y evitar que el país siga atrapado en un ciclo de inestabilidad permanente.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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