La historia demuestra que cuando la violencia la “pólvora”,domina el escenario, los más afectados son siempre los inocentes. Este patrón, visible en conflictos como la Segunda Guerra Mundial o en episodios internos como el terrorismo de Sendero Luminoso, encuentra hoy un eco preocupante en el Perú contemporáneo, aunque bajo formas distintas, criminalidad creciente, descomposición institucional y erosión de la confianza pública.
La pólvora ya no es solo bélica; es también simbólica. Se expresa en discursos de odio, en la polarización política y en la captura del Estado por intereses subalternos. Mientras tanto, los inocentes, los ciudadanos de a pie, enfrentan inseguridad, informalidad y una justicia que muchas veces llega tarde o no llega. El Perú vive una tensión peligrosa entre la necesidad de orden y el riesgo de autoritarismo, entre la libertad y la impunidad.
Comparativamente, los contextos de violencia histórica enseñan que cuando el Estado pierde legitimidad, surgen actores paralelos que imponen su propia “ley”. En el Perú actual, esto se refleja en economías ilegales, crimen organizado y una débil articulación entre instituciones importantes, como el sistema electoral, judicial y policial. La ausencia de coordinación estratégica erosiona la gobernabilidad y debilita la presencia internacional del país.
Sin embargo, toda crisis encierra una oportunidad. Una segunda vuelta electoral no es solo una definición política, sino una oportunidad histórica para corregir el rumbo. Es el momento donde el ciudadano decide si continúa en la lógica de confrontación o apuesta por un proyecto de nación basado en seguridad, institucionalidad y desarrollo.
Para transformar la “pólvora” en estabilidad y proteger a los inocentes, el Perú debe asumir reformas contundentes.
Primero, reconstrucción del Estado de derecho. Fortalecer el sistema judicial, garantizar independencia real de fiscales y jueces, y sancionar con firmeza la corrupción. Sin justicia, no hay seguridad.
Segundo, seguridad ciudadana integral. Profesionalización de la policía, inversión en inteligencia y tecnología, y coordinación efectiva entre niveles de gobierno. La seguridad no es discurso, es gestión.
Tercero, reforma política profunda. Partidos con filtros reales, financiamiento transparente y eliminación de candidaturas improvisadas. No puede haber democracia sólida con organizaciones débiles.
Cuarto, articulación institucional. Integrar organismos como ONPE, JNE y sociedad civil en un sistema confiable y moderno que garantice procesos electorales incuestionables.
Quinto, posicionamiento internacional. El Perú debe proyectarse como un país confiable jurídicamente, respetuoso de contratos y con reglas claras. La seguridad interna se refleja en credibilidad externa.
El desafío no es menor. La historia enseña que los países que no corrigen a tiempo terminan atrapados en ciclos de violencia y atraso. Pero también enseña que aquellos que toman decisiones firmes logran transformaciones profundas.
Hoy el Perú está en ese punto de inflexión. Entre la pólvora y los inocentes, la elección no es solo política, es moral, jurídica y estratégica. La segunda vuelta debe ser entendida como una oportunidad para construir un país donde la ley prevalezca, la seguridad sea real y la dignidad del ciudadano deje de ser una promesa para convertirse en una realidad.con ética y amor a mí patria, Rafael Aita Campodónico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000. Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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