En plena efervescencia electoral, el candidato Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) ha lanzado una propuesta que debería hacernos saltar de la silla: remover al presidente del Banco Central de Reserva (BCR) y meterle mano a la política monetaria. Según su libreto, la estabilidad de nuestra moneda es un invento para proteger a «monopolios e inversionistas». Nada más alejado de la realidad; esa frase es demagogia pura y, francamente, suicida.
Sánchez es psicólogo de profesión y busca cambiar la economía del país basándose solo en sus ideas políticas. Es la misma película que vimos en 2021: alguien llega a Palacio sin nociones básicas (revisa mi anterior artículo: https://peru21.pe/opinion/opinion-luis-m-iglesias-leon-palacio-de-gobierno-simbolismo-y-transparencia-luis-m-iglesias-leon-noticia/) y cree que la economía se maneja con voluntad política y no con técnica. Pero el BCRP no está para cuidar a los poderosos; está para cuidar que el sueldo de la enfermera, del mototaxista y del bodeguero no se evapore en una semana. El gran capital se protege en dólares o activos; el peruano de a pie ahorra en soles, y es a él a quien el BCR blinda contra el fantasma de la inflación.
Gracias a la autonomía consagrada en el artículo 84º de nuestra Constitución, el Perú es una isla de estabilidad en una región que se incendia. Mientras vecinos como Argentina o Venezuela conviven con inflaciones de pesadilla (31.5% y 117% respectivamente), el Perú registró en 2025 apenas un 1.3%. Tenemos la moneda más fuerte del continente y unas Reservas Internacionales de US$ 75,000 millones que nos sirvieron de escudo en la pandemia. Esa estabilidad no cayó del cielo: se construyó separando el poder político de la maquinita de imprimir billetes.
Lo que Sánchez propone no es solo técnicamente desastroso, es legalmente inviable sin romper el orden democrático -es un golpe institucional-. El presidente del BCR no es un empleado del mandatario de turno; lo designa el Ejecutivo, pero lo ratifica el Senado. Solo puede ser removido por falta grave debidamente probada. Pretender sacarlo por «voluntad popular» o decreto es, en términos sencillos, un golpe de Estado institucional. Ya vimos ese libreto el 7 de diciembre de 2022 con Pedro Castillo, y ya sabemos cómo terminó: con un presidente preso y el país en vilo.
La inflación es el impuesto de los pobres; en efecto, sostener que la estabilidad solo beneficia a «los de arriba» es un cinismo atroz. Cuando la inflación regresa por culpa de la emisión inorgánica o el control de tasas a la fuerza, la primera que pierde es la madre de familia que ve cómo el menú diario ya no alcanza. Pierde el joven que ahorra para su casa y ve sus soles valer menos cada mes. La inflación es el impuesto más cruel porque no se vota y lo pagan los que menos tienen.
Finalmente, la propuesta de Sánchez no es un plan de gobierno; es una amenaza de ingobernabilidad. Es la receta de los años 80 que nos dejó hiperinflación y pobreza masiva. La autonomía del BCR y la gestión de Julio Velarde y su equipo no son moneda de cambio -mi sentido homenaje en esta parte para el respetado Renzo Rossini, importante funcionario del BCR a quien perdimos en la trágica pandemia- son la línea que separa a un país serio de una «republiqueta» que rifa el futuro de sus ciudadanos por un par de votos. Los peruanos ya pagamos esa factura una vez; no merecemos un «Castillo parte II».
Luis Miguel Iglesias.
Abogado, Ex Vice Contralor de Gestión Estratégica, Integridad y Control.
Contraloría General de la República.


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