No escribo estas líneas desde la soberbia, sino desde la necesidad. La necesidad de dejar constancia de un camino recorrido con convicción, con errores asumidos y aprendizajes firmes, pero, sobre todo, con una enseñanza que marcó mi vida desde siempre, no olvidar jamás el origen de la semilla.
Crecí escuchando a mi padre y a mi familia repetir una idea que con los años entendí en toda su dimensión. No era solo una frase; era una forma de vivir. La semilla no era otra cosa que los valores, el respeto, la responsabilidad, la palabra cumplida, la capacidad de actuar con serenidad cuando todo se vuelve incierto. Ese ha sido, y sigue siendo, mi mayor patrimonio.
Mi vida no ha sido ajena a los desafíos. En lo social, he comprendido que las relaciones humanas no se construyen desde la imposición, sino desde el respeto genuino, incluso cuando existen diferencias profundas. En lo político, he visto cómo el poder puede desviar a muchos, pero también cómo el sentido común , ese que nace de la formación, es capaz de sostener decisiones correctas cuando todo parece tambalear. En lo económico, aprendí que la disciplina, la visión y la prudencia son más valiosas que cualquier golpe de suerte. Y en lo deportivo y educativo, confirmé que la constancia y el esfuerzo son siempre superiores al talento sin dirección.
No hablo desde la teoría. Hablo desde la experiencia. Desde los momentos en los que fue necesario decidir con firmeza, sin traicionar principios. Desde aquellos instantes en los que el camino fácil invitaba a desviarse, pero la voz interna ,esa que nace del origen, marcaba el rumbo correcto.
He entendido también que la autoestima no es arrogancia. Es coherencia. Es mirarse al espejo y reconocer que, más allá de los aciertos o errores, uno ha sido fiel a sus valores. Esa fidelidad es la que permite caminar con tranquilidad, sin necesidad de justificar lo que se es.
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A lo largo de mi vida, he procurado que nunca duden de mí. No por una exigencia hacia los demás, sino como un compromiso personal. La confianza no se impone, se construye. Y se construye con acciones repetidas en el tiempo, con decisiones firmes, con una conducta que no cambia según la conveniencia.
Este testimonio no busca reconocimiento. Busca dejar una huella. Porque creo profundamente que hoy más que nunca necesitamos ejemplos reales, no perfectos, pero sí auténticos. Ejemplos que demuestren que es posible avanzar sin perder el rumbo, crecer sin olvidar el origen y ejercer cualquier espacio de responsabilidad con sentido comúN
Mi vida es, en esencia, la continuidad de una semilla bien sembrada. Una semilla que ha resistido el paso del tiempo, las dificultades y las tentaciones de desvío. Si algo puedo afirmar con certeza es que el poder es pasajero, pero los valores permanecen. Y en ese equilibrio ,entre lo que uno recibe y lo que uno entrega, se construye el verdadero legado, una vida que no necesita explicarse, porque se entiende a través de sus actos.con respeto a todos los sectores, Rafael Aita Campodónico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000. Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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