Columnas Jorge Céliz

Arica y las urnas: el último cartucho de la república

El Perú llegará este 7 de junio a una de las jornadas políticas más sensibles de las últimas décadas. La coincidencia entre la segunda vuelta presidencial y el Día de la Bandera no es un simple cruce del calendario: es una advertencia histórica sobre lo que ocurre cuando una nación pierde cohesión, dirección y sentido de responsabilidad colectiva. Ese mismo día, hace ciento cuarenta y seis años, el coronel Francisco Bolognesi defendía el Morro de Arica frente a un escenario militar desesperado, mientras hoy los peruanos acudirán a las urnas para decidir el rumbo político, económico e institucional de la República. Dos acontecimientos distintos separados por el tiempo, pero unidos por una misma pregunta de fondo: qué está dispuesto a hacer el Perú para preservar su nación en medio de la adversidad.

La gesta del 7 de junio de 1880 no puede reducirse a un episodio militar ni a un acto romántico de heroísmo. Fue también la consecuencia trágica de un Estado dividido, debilitado por la improvisación política y la ausencia de liderazgo estratégico. Bolognesi resistió en Arica sabiendo que estaba prácticamente abandonado. Mientras el ejército chileno avanzaba con superioridad evidente, el Perú permanecía atrapado en disputas internas, desorganización logística y decisiones erráticas desde Lima. El coronel Segundo Leiva, encargado de movilizar refuerzos desde Arequipa, nunca llegó a tiempo. Aquella ausencia quedó grabada en la memoria histórica como símbolo de indecisión, incapacidad y abandono en uno de los momentos más críticos de la nación.

Hoy, el Perú enfrenta una crisis menos visible que una guerra convencional, pero igualmente peligrosa. El país llega a esta elección con crecimiento debilitado, inversión afectada por la incertidumbre política y una ciudadanía exhausta tras años de enfrentamiento permanente entre poderes del Estado. A ello se suma el avance del crimen organizado, la minería ilegal y las economías ilícitas que ocupan espacios donde el Estado retrocede. La erosión ya no es únicamente económica; es institucional, moral y social.

En este escenario, la figura histórica de Leiva adquiere una dimensión contemporánea inquietante. Los “Leiva” del presente no necesariamente visten uniforme militar ni marchan desde el sur; aparecen en sectores políticos, empresariales e institucionales que, ante la crisis nacional, optan por la ambigüedad, el cálculo personal o la pasividad. Son quienes observan el deterioro democrático sin asumir posiciones firmes; quienes relativizan el debilitamiento institucional por conveniencia partidaria; quienes anteponen intereses electorales o ideológicos al interés nacional. También están representados por una clase dirigente incapaz de construir consensos mínimos para enfrentar la inseguridad, la corrupción y el estancamiento económico. La historia demuestra que las naciones no colapsan únicamente por ataques externos, sino por la renuncia interna al deber colectivo.

El principal riesgo para el Perú actual no proviene solo de una candidatura específica, sino de la consolidación de una cultura política basada en el resentimiento, el populismo y el enfrentamiento permanente. Tanto sectores radicales de izquierda como expresiones extremas de derecha han convertido la política en un campo de fanatismos donde el adversario deja de ser un competidor democrático para transformarse en un enemigo absoluto. Esa lógica destruye la posibilidad de acuerdos, paraliza reformas y debilita la autoridad del Estado. La experiencia histórica peruana confirma que cuando predominan los caudillismos y los dogmas, la República entra en largos ciclos de inestabilidad y atraso.

Por ello, votar este 7 de junio exige asumir una responsabilidad histórica y no simplemente emocional. El sufragio debe convertirse en un acto de racionalidad política y defensa institucional. El país necesita optar por propuestas viables, equipos competentes y liderazgos capaces de garantizar estabilidad jurídica, crecimiento económico y respeto irrestricto por las libertades democráticas. Sin inversión no habrá empleo; sin seguridad jurídica no habrá recuperación económica; y sin instituciones sólidas no existirá gobernabilidad duradera.

La lección de Arica mantiene hoy una vigencia contundente. Bolognesi entendió que incluso en condiciones adversas existían deberes superiores que no podían negociarse. Ese mismo principio debe orientar al Perú en esta coyuntura decisiva. Honrar a quienes resistieron en el Morro no consiste únicamente en recordar una frase heroica o rendir homenaje a la bandera. Significa impedir que la República vuelva a quedar aislada, fragmentada y abandonada por sus propias élites. El “último cartucho” de esta generación ya no se libra en una fortaleza militar, sino en la capacidad de los ciudadanos para defender la democracia, reconstruir la confianza institucional y elegir un camino de estabilidad y unidad nacional antes de que el deterioro termine por volverse irreversible.

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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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