Jorge Céliz Kuong
22 de mayo de 2026
El Perú atraviesa una crisis más profunda que la simple inestabilidad política. No se trata únicamente de presidentes efímeros, congresos desacreditados o elecciones marcadas por el enfrentamiento permanente. El problema central es otro: el país aún no consigue construir una ciudadanía cohesionada capaz de reconocerse dentro de un proyecto nacional común. Millones de peruanos poseen documentos, votan y cumplen obligaciones, pero no sienten que pertenezcan realmente a una comunidad política que los represente, proteja o integre.
La fractura nacional se ha vuelto evidente. La desconfianza hacia las instituciones alcanza niveles históricos y el rechazo ciudadano al sistema político ya no responde únicamente a diferencias ideológicas. El país se encuentra dividido en bloques sociales enfrentados por resentimientos históricos, desigualdad económica y percepciones de exclusión acumuladas durante décadas. Las últimas elecciones nacionales mostraron con claridad esa ruptura: un Perú urbano y centralista votando desde el temor, frente a otro Perú periférico que vota desde el abandono y la frustración. Más que una disputa doctrinaria, el escenario reveló una confrontación entre sectores sociales que sienten que el Estado favorece siempre a unos mientras posterga sistemáticamente a otros.
La raíz de esta crisis viene de mucho antes. El Perú arrastra una estructura social heredada de la colonia que jamás fue desmontada por completo. La discriminación racial continúa operando de forma silenciosa en la vida cotidiana, en el acceso a oportunidades y en la representación política. Durante décadas, amplios sectores andinos, amazónicos y populares fueron tratados como ciudadanos secundarios dentro de una república diseñada desde Lima para Lima. El centralismo concentró inversión, infraestructura, empleo y poder político en la capital mientras extensas regiones quedaron atrapadas entre precariedad, informalidad y abandono estatal.
Esa desigualdad estructural produjo un país emocionalmente fragmentado. Para millones de personas, el Estado solo aparece en campañas electorales, conflictos sociales o acciones represivas, pero rara vez como garante de derechos básicos. La desatención de necesidades populares —salud, educación, agua potable, seguridad y conectividad— profundizó la sensación de exclusión colectiva. El resultado es una ciudadanía debilitada, donde la identidad nacional pierde fuerza frente a intereses regionales, económicos y culturales que compiten entre sí.
A este escenario se suma un cambio demográfico acelerado. La caída sostenida de la natalidad y el envejecimiento poblacional coinciden con una presión migratoria regional que ha transformado las ciudades sin planificación adecuada. Servicios públicos colapsados, empleo informal y creciente inseguridad incrementan la tensión social. En ausencia de políticas de integración, estas transformaciones alimentan discursos radicales y profundizan el enfrentamiento entre sectores populares que compiten por recursos cada vez más escasos.
Las consecuencias son graves. Cuando no existe cohesión social, el crimen organizado encuentra territorios fértiles para expandirse. La minería ilegal, el narcotráfico y las economías ilícitas avanzan allí donde el Estado perdió legitimidad. La democracia también se vacía de contenido: los ciudadanos dejan de confiar en partidos, autoridades e instituciones porque sienten que ninguno representa realmente sus demandas.
Superar esta crisis exige reconstruir el pacto social desde una lógica verdaderamente descentralista. El país necesita redistribuir inversión pública, fortalecer gobiernos regionales, cerrar brechas históricas y combatir frontalmente la discriminación racial que aún condiciona oportunidades y representación política. También requiere una educación integradora que convierta la diversidad cultural en una fortaleza nacional.
*El gran desafío peruano consiste en transformar una suma de poblaciones desconectadas en una nación consciente de compartir un mismo destino. Mientras persistan el centralismo, la exclusión y la indiferencia hacia las mayorías, el país seguirá dividido no por ideas, sino por intereses antagónicos y heridas históricas que continúan debilitando su democracia.*
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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