Por Jorge Céliz Kuong
22 de mayo de 2026
La historia reciente del Perú deja una enseñanza contundente: cada vez que las Fuerzas Armadas fueron involucradas en la disputa política, el país terminó más fragmentado, debilitado y lejos de la estabilidad que se prometía alcanzar. El golpe militar de 1968 encabezado por Juan Velasco Alvarado modificó profundamente la estructura del Estado y abrió una etapa en la que los cuarteles dejaron de ser únicamente instituciones de defensa nacional para convertirse también en actores directos del poder político. A partir de entonces, el Perú atravesó décadas marcadas por gobiernos autoritarios, crisis institucionales y una permanente fragilidad democrática.
Con el paso de los años, las propias Fuerzas Armadas comprendieron el enorme costo de esa politización. El autogolpe de Alberto Fujimori en 1992 representó uno de los momentos más graves de esa distorsión institucional. El cierre del Congreso, la intervención del Poder Judicial y la concentración del poder contaron con respaldo militar, pero también generaron una profunda incomodidad dentro de sectores del Ejército que entendían que el orden constitucional había sido quebrado. El levantamiento liderado por el general Jaime Salinas Sedó buscó precisamente restablecer la democracia, aunque terminó frustrado por la influencia del aparato de inteligencia controlado por Vladimiro Montesinos.
Aquellos años dejaron secuelas profundas dentro de la institución castrense. La corrupción, las redes de favores políticos y la subordinación al poder de turno dañaron seriamente el prestigio del alto mando militar. Sin embargo, también generaron una transformación importante en la mentalidad institucional. El Ejército peruano entendió que involucrarse en luchas políticas no solo divide internamente a las Fuerzas Armadas, sino que además deteriora su legitimidad ante la ciudadanía y debilita la cadena de mando.
Hoy existe una oficialidad mucho más profesional y consciente de su misión constitucional. Las Fuerzas Armadas han demostrado que su papel principal es garantizar la defensa nacional, preservar la soberanía y contribuir a la estabilidad del país dentro del marco democrático. Su disciplina, organización y presencia en todo el territorio nacional fueron fundamentales en los momentos más difíciles de la lucha contra el terrorismo de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Esa experiencia fortaleció una convicción esencial: ningún partido, ideología o líder político debe utilizar a los militares como instrumento de presión o como soporte de proyectos personales.
Esa madurez institucional quedó claramente demostrada el 7 de diciembre de 2022. Cuando el entonces presidente Pedro Castillo intentó disolver ilegalmente el Congreso e intervenir otras instituciones del Estado, las Fuerzas Armadas y la Policía rechazaron de inmediato esa decisión. A diferencia de lo ocurrido en 1992, los mandos militares optaron por mantenerse dentro del marco constitucional y evitar cualquier deriva autoritaria. Ese episodio marcó un cambio histórico en la relación entre el poder político y el estamento militar.
Sin embargo, mientras las Fuerzas Armadas parecen haber aprendido de los errores del pasado, gran parte de la clase política continúa atrapada en la confrontación permanente, la improvisación y la falta de visión de Estado. El Perú llega al 2026 con partidos débiles, instituciones desacreditadas y una ciudadanía agotada por la crisis constante. En ese contexto, algunos sectores radicales vuelven a insinuar la necesidad de tutelas militares o salidas autoritarias, ignorando que ese camino solo conduciría a mayor división, aislamiento internacional e inestabilidad económica.
*La solución no pasa por buscar salvadores uniformados ni caudillos providenciales. El verdadero desafío consiste en reconstruir el poder civil, fortalecer las instituciones democráticas y formar una dirigencia política capaz de gobernar con responsabilidad. Las Fuerzas Armadas ya entendieron que su deber es defender la Constitución y preservar la unidad nacional. Ahora le corresponde a la clase política demostrar la misma madurez y asumir, de una vez por todas, la responsabilidad de conducir democráticamente el destino del país.*
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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