Cuando la economía de un país no puede ser un experimento
El escenario político peruano vuelve a colocarnos frente a una disyuntiva crítica, la elección no solo de personas, sino de modelos económicos y de visiones de país. En ese contexto, la presencia de Pedro Franke como referente económico del candidato Roberto Sánchez genera preocupación legítima en amplios sectores empresariales, técnicos y ciudadanos.
Pedro Franke, quien ocupó el Ministerio de Economía en un periodo especialmente sensible tras la pandemia, dejó una gestión marcada por la incertidumbre. Más allá de las cifras coyunturales, su paso estuvo caracterizado por mensajes contradictorios al mercado, ambigüedad en la defensa del modelo económico y una falta de claridad estructural sobre el rol de la inversión privada. La economía no solo responde a decisiones técnicas, sino también a expectativas; y en ese terreno, la gestión de Franke debilitó la confianza, un activo fundamental para cualquier país emergente.
La preocupación se intensifica cuando ese mismo enfoque se proyecta como carta económica de una candidatura presidencial. No se trata de una crítica personal, sino de una evaluación objetiva de riesgos. Perú ha sostenido durante más de tres décadas un modelo económico que, con imperfecciones, ha permitido crecimiento, reducción de pobreza y estabilidad macroeconómica. Alterar ese equilibrio sin un plan claro, técnico y responsable no es una reforma, es una apuesta incierta.
El problema de fondo no es ideológico, sino de consistencia y responsabilidad. Los países que han retrocedido económicamente en la región ,como Venezuela o Argentina en ciertos periodos, no lo hicieron por falta de recursos, sino por decisiones erráticas, improvisación y debilitamiento institucional. La historia económica reciente de América Latina es una advertencia constante de lo que ocurre cuando la política domina irresponsablemente a la economía.
Un país no es un laboratorio. No es un espacio para ensayar teorías sin medir consecuencias. Cada decisión económica impacta en empleo, inversión, inflación y bienestar ciudadano. Por ello, quienes aspiran a gobernar deben ofrecer no solo discursos, sino garantías técnicas, equipos sólidos y coherencia en sus planteamientos.
La recomendación es clara y urgente, el debate económico debe elevarse. Los candidatos deben transparentar sus equipos, detallar sus políticas fiscales, monetarias y de inversión, y comprometerse con la estabilidad institucional. Los ciudadanos, por su parte, tienen la responsabilidad histórica de informarse, analizar y votar con criterio, evitando caer en propuestas que suenan atractivas en el corto plazo pero que pueden resultar devastadoras en el mediano y largo plazo.
Perú no necesita aventuras. Necesita certezas, responsabilidad y visión de futuro. La economía no admite improvisaciones, porque sus errores no se corrigen con discursos, sino que se pagan con crisis. Y esas crisis, como la historia lo demuestra, siempre terminan afectando más a quienes menos tienen.con responsabilidad Rafael Aita Campodónico.


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