La reciente firma del memorando de Islamabad puso fin a una de las guerras más graves de los últimos años. Sin embargo, la paz no ha devuelto la estabilidad. El conflicto dejó a Irán con una economía golpeada, infraestructura destruida y enormes dificultades para recuperar su capacidad productiva. Diversas estimaciones calculan que los daños económicos provocados por la guerra oscilan entre 50 mil y 300 mil millones de dólares, mientras que solo las pérdidas en instalaciones energéticas podrían superar los 58 mil millones. Además, importantes complejos gasíferos como South Pars sufrieron daños que tardarán años en ser reparados.
Más allá de las cifras, la principal consecuencia es que Irán dejó de ser el actor regional que fue antes del conflicto. La destrucción de infraestructura estratégica, la caída de la inversión y el aumento de la inflación han debilitado seriamente al país. Aunque las hostilidades terminaron, la reconstrucción será larga y costosa. Lo ocurrido demuestra que una guerra moderna no solo destruye ciudades; también puede paralizar economías enteras durante muchos años.
Las consecuencias tampoco quedaron limitadas al Medio Oriente. El cierre temporal del estrecho de Ormuz afectó una parte importante del comercio mundial de petróleo y gas. Los precios de la energía se dispararon, los costos de transporte aumentaron y muchas economías comenzaron a sufrir presiones inflacionarias. El conflicto evidenció hasta qué punto el mundo depende de unos pocos puntos estratégicos para mantener en funcionamiento el comercio global.
Para el Perú, esta crisis deja una advertencia clara. Nuestro país se encuentra lejos del escenario de guerra, pero no está protegido de sus efectos. Cuando aumentan los precios internacionales del petróleo, los fertilizantes o el transporte marítimo, el impacto termina llegando a los hogares peruanos a través del costo de los alimentos, los combustibles y los servicios básicos.
El problema es que el Perú sigue dependiendo en exceso de insumos y recursos provenientes del exterior. Durante años se asumió que los mercados internacionales siempre funcionarían con normalidad. Sin embargo, la pandemia, las guerras y las interrupciones logísticas han demostrado que esa confianza era excesiva. La seguridad nacional ya no depende únicamente de las Fuerzas Armadas; también depende de la capacidad de producir alimentos, garantizar energía y mantener cadenas de abastecimiento seguras.
Por ello, el país necesita una estrategia de largo plazo. Es urgente fortalecer la producción nacional de fertilizantes e insumos agrícolas, ampliar las fuentes de energía disponibles, construir reservas estratégicas para enfrentar emergencias y diversificar los socios comerciales. Al mismo tiempo, la política exterior debe anticipar riesgos y no limitarse a reaccionar cuando las crisis ya han estallado.
La principal lección del colapso iraní es simple: en un mundo interconectado, ninguna guerra queda lejos. Lo que ocurre a miles de kilómetros puede afectar directamente el bolsillo de millones de peruanos. Por eso, la verdadera soberanía del siglo XXI no se mide solo por el control del territorio, sino por la capacidad de resistir crisis externas. Un Perú más resiliente, más autosuficiente y mejor preparado será también un Perú más seguro y con mayores posibilidades de crecimiento en un escenario internacional cada vez más incierto.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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