La máxima “ganar sin orgullo, perder sin rencor” es, estrictamente hablando, apócrifa. No se le puede asignar a ningún filósofo clásico ni a un pensador histórico de renombre. Se trata, en realidad, de un proverbio popular anónimo surgido en los terrenos de la pedagogía civil y la psicología del deporte para sembrar la madurez competitiva. Recuerdo con total nitidez haber leído esa frase durante mi etapa escolar en los años setenta, grabada en las paredes del coliseo del colegio San Agustín, cuando jugaba básquet en aquel recinto deportivo defendiendo los colores de mi colegio María Reina. Desde entonces, se quedó firmemente alojada en mi memoria.
Hoy, aquella vieja lección de patio de escuela adquiere una vigencia desconcertante al contrastarla con el panorama electoral de la región. Asistimos a un espectáculo donde diversos liderazgos políticos exhiben reacciones infantiles frente a la contingencia del resultado, demostrando una absoluta incapacidad para procesar con entereza tanto la victoria como la derrota.
En el plano local, el contraste es evidente. La campaña serena y madura llevada a cabo por Keiko Fujimori se ha visto reflejada en una celebración sobria ante su inminente triunfo. Esta prudencia resulta indispensable en medio de un conteo oficial exasperante y tardío por parte de la ONPE, cuyo retraso ensombrece un proceso que se desarrolló en las urnas de manera impecable. Su postura encaja rigurosamente con la primera mitad de la máxima: saber ganar.
La contraparte encarna, penosamente, el reverso de la medalla. La reacción del izquierdista Roberto Sánchez es la viva estampa de cómo no se debe reaccionar ante la adversidad electoral. Su apelación a demandas absurdas ante la justicia constitucional, desprovistas de cualquier indicio razonable de irregularidad, pretende invalidar el voto de miles de compatriotas en el extranjero simplemente porque no respaldaron su propuesta y de paso, desconocer el triunfo mismo de Keiko Fujimori, algo inédito en la reciente historia electoral peruana. Para colmo de males, este interminable pataleo ha pretendido instrumentalizar al Congreso mediante una injustificada denuncia constitucional contra el canciller Carlos Pareja Ríos, un diplomático de trayectoria intachable en Torre Tagle. Es el retrato fiel del mal perdedor.
Este fenómeno no es una anomalía puramente peruana, sino una preocupante conducta de bloque regional. En la vecina Colombia, el presidente Gustavo Petro ensaya la misma estrategia de sembrar sombras de sospecha institucional sobre el ajustado triunfo del derechista Abelardo de la Espriella ante el candidato oficialista Iván Cepeda. Con ello, un sector de la izquierda continental vuelve a dejar en evidencia su flaqueza democrática: el juego limpio y el respeto a las reglas del juego solo parecen válidos cuando los vientos les son favorables. Cuando las urnas les dan la espalda, el rencor desplaza a la razón.
Ricardo León Dueñas
Abogado por la Universidad San Martin de Porres con estudios culminados de Maestría en Derecho Empresarial por la Universidad de Lima, post grado en la Universidad de Piura y diplomado en arbitraje por el Centro de Arbitraje de la PUCP. Ha sido gerente de administración y finanzas de Prom Peru, asesor legal de la SBS, gerente legal de la ONP y consejero en el Estudio Muñiz, gerente general y representante legal de AON Benfield Peru, asesor legal y director de C&J Constructores. Miembro de la Misión de Observación Electoral de la OEA para las elecciones en Guatemala 2007 y candidato a la alcaldía de San Isidro en el 2014. Actualmente se desempeña como abogado, consultor independiente y columnista en diversos medios de prensa.


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