Columnas Martín Belaunde

Los 250 años de los Estados Unidos

Si algo se puede decir de la gran potencia de Norte América es que se trata de un Estado imperial sin emperador que ejerce un dominio indiscutido sobre el hemisferio occidental con proyecciones sobre los demás continentes de la tierra. Es a la vez un país inmenso y contradictorio, al que con justicia se le podría atribuir la famosa frase Octavio Paz de “ogro filantrópico” que hace el bien casi sin proponérselo y el mal por descuido con poca intención de dañar al prójimo. Su trayectoria ha sido de una expansión ininterrumpida que lo ha llevado a tener un territorio de 9.3 millones de km2, cuyas costas son bañadas por los océanos Atlántico, Pacífico y Ártico y una población de alrededor de 340 millones de habitantes. En ese espacio conviven prácticamente todas las sangres del mundo, desde los  pieles rojas originarios hasta europeos, africanos y asiáticos de los más diversos linajes, sin perjuicio de mexicanos sometidos a lo largo de su crecimiento imperial. En ese sentido no tiene comparación posible con otros países de la tierra salvo con Gran Bretaña por el predominio del idioma inglés y el liderazgo de una élite espiritualmente anglo sajona.

Cuando uno de sus más brillantes padres fundadores, Thomas Jefferson, escribió su Declaración de Independencia aprobada unánimemente el 4 de Julio de 1776 por el Segundo Congreso Continental que reunió a las trece colonias originarias, incluyó sin proponérselo algunas curiosas contradicciones. En efecto su segundo párrafo señala: “Sostenemos como evidentes estas verdades; que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”. Sin embargo, en ese momento existía, particularmente en las colonias del sur, la institución legal de la esclavitud, proveniente del tráfico de población negra traída en los dos siglos anteriores de las costas africanas con la bendición de los regímenes imperiales de aquel entonces, Gran Bretaña, Francia y España, entre otros.

La esclavitud, también llamada la “institución peculiar”, generó tal cúmulo de tensiones dentro de los diversos Estados de la unión americana, que condujo a una guerra civil entre  los Estados del norte y del sur, que llevó a la derrota de éstos últimos con su abolición por el Presidente Abraham Lincoln, luego ratificada por la Enmienda  XIII de diciembre 1865, precedida algunos meses antes con el asesinato de dicho presidente por un fanático del sur. Abraham Lincoln ha quedado en la memoria histórica de los Estados Unidos como su más grande mandatario al haber impuesto un mensaje ético, pero también bélico que unió al país para siempre al margen de las diferencias raciales que subsistieron por muchas generaciones, hasta lograrse un status legal de igualdad en beneficio de los negros durante la segunda mitad del siglo XX bajo los presidentes John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson.

Estados Unidos intervino en las dos guerras mundiales del siglo XX contra las potencias imperiales germánicas en la primera y contra el nazismo hitleriano en la segunda, que impulsó indirectamente la agresión japonesa en Pearl Harbor en diciembre de 1941. Quizás el mejor momento histórico de los Estados Unidos fue cuando bajo el liderazgo del presidente Franklim D. Roosevelt, rechazó esa agresión e igualmente condujo a la victoria de las potencias aliadas para crear un nuevo orden mundial que de alguna manera y con inmensas dificultades subsiste hasta la fecha. En efecto después de la segunda conflagración mundial tuvimos una guerra fría que finalizó con la derrota del comunismo ruso por las contradicciones inherentes en la Unión Soviética, disuelta por acción propia sin que los Estados Unidos dispare un solo tiro.

En esta tercera década del siglo XXI el mundo continúa sujeto a muy graves tensiones y guerras interminables por la agresión de Rusia hacia Ucrania y el permanente conflicto del Medio Oriente, en el cual Estados Unidos quizás se ha impuesto con una tregua inestable respecto de Irán. La potencia del norte y su nuevo rival la China, políticamente gobernada por el partido comunista, pero capitalista en su economía, compiten para conducir el mundo en una forma que no explote, para alivio y tranquilidad de los demás pueblos de la tierra. He ahí el mensaje de los Estados Unidos que el presidente Trump trata a su manera de hacernos entender, mientras él no descansa en su personal objetivo de acumular riqueza como ningún otro mandatario de su patria.

Martín Belaunde Moreyra. 
Bachiller en Derecho y Abogado por la PUCP y Magíster en Derecho Civil y Comercial por la USMP. Abogado en ejercicio especializado en Derecho Minero e Hidrocarburos. Autor del libro “Derecho Minero y Concesión”. Ha sido Vice Decano, y Decano del Colegio de Abogados de Lima, y Presidente de la Junta de Decanos de los Colegios de Abogados del Perú y en el ámbito público: Embajador del Perú en Argentina y Congresista de la República del Perú en el período 2011-2016.

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