Durante décadas predominó la idea de que el avance de la globalización, el comercio internacional y la expansión de la democracia reducirían los conflictos entre Estados. Esa visión comenzó a perder fuerza frente a una realidad más compleja: guerras prolongadas, rivalidad entre grandes potencias, ataques cibernéticos, crimen organizado transnacional y una creciente competencia por recursos estratégicos. La historia no terminó; simplemente cambió de forma.
En este nuevo escenario, la seguridad nacional dejó de ser un asunto exclusivo de los ejércitos. Hoy, una nación puede ser debilitada sin una invasión convencional: basta afectar sus redes digitales, sus servicios básicos, sus cadenas de abastecimiento o su capacidad de controlar su territorio. Por ello, varios países han vuelto a considerar el servicio militar obligatorio como un elemento importante dentro de una estrategia más amplia de defensa y resiliencia nacional.
El modelo basado únicamente en fuerzas armadas profesionales, adoptado por muchos países después de la Guerra Fría, mostró ventajas en conflictos limitados, pero también reveló sus restricciones ante amenazas que requieren mayor capacidad de movilización. Países como Finlandia, Corea del Sur y Singapur mantuvieron sistemas de conscripción porque entienden que la defensa nacional necesita una reserva preparada y una ciudadanía con conocimientos básicos para responder ante crisis.
La nueva realidad obliga a cambiar la forma de entender el servicio militar. Ya no se trata solamente de preparar soldados para un conflicto tradicional. El ciudadano entrenado del siglo XXI debe estar preparado para actuar ante emergencias nacionales, desastres naturales, ataques digitales, interrupciones de infraestructura crítica y amenazas internas que afecten la estabilidad del Estado. La defensa moderna requiere personas capacitadas en tecnología, comunicaciones, logística, primeros auxilios y gestión de crisis.
En el caso de nuestro país, el debate sobre el servicio militar obligatorio debe partir de las amenazas concretas que afectan la seguridad nacional. El avance del crimen organizado, el narcotráfico, la minería ilegal, la pérdida de control territorial en algunas zonas, la inseguridad ciudadana y la vulnerabilidad frente a emergencias naturales muestran que el Estado necesita fortalecer sus capacidades de respuesta. No basta con contar con instituciones especializadas; también es necesario disponer de una reserva humana preparada y organizada para apoyar al país cuando las circunstancias lo exijan.
Un sistema moderno de servicio militar obligatorio podría contribuir a fortalecer esa capacidad nacional, siempre que esté diseñado con criterios actuales. Su objetivo no debe ser utilizar a los jóvenes como mano de obra económica ni repetir modelos del pasado, sino formar ciudadanos con disciplina, conocimientos técnicos y sentido de responsabilidad pública. La conscripción debe convertirse en una inversión en capital humano y en una herramienta para construir una sociedad más preparada.
La principal métrica para evaluar este modelo no debe ser la cantidad de jóvenes incorporados, sino las capacidades generadas. Un buen sistema debe responder a una pregunta fundamental: ¿el ciudadano termina su servicio con más herramientas que cuando ingresó? Si la respuesta es negativa, la institución pierde legitimidad. El servicio militar debe aportar formación tecnológica, certificaciones laborales, preparación física y habilidades útiles para la vida civil.
Este punto es especialmente relevante para América Latina, donde muchas veces las fuerzas armadas han asumido funciones adicionales debido a la debilidad de otras instituciones del Estado. El riesgo es que el servicio militar termine siendo utilizado únicamente como apoyo frente al crimen organizado o como presencia estatal en zonas abandonadas, sin entregar una verdadera preparación estratégica a los jóvenes.
La cohesión social es uno de los argumentos más importantes a favor de la conscripción, pero no puede ser el único. La disciplina, la convivencia entre ciudadanos de distintos sectores y el sentido de pertenencia nacional tienen valor, pero en una economía basada en el conocimiento se necesita mucho más. El Estado debe ofrecer una experiencia que genere oportunidades y no una obligación percibida como pérdida de tiempo.
Por esa razón, cualquier reforma debe garantizar tres condiciones esenciales: formación moderna, compensación digna y reconocimiento de competencias adquiridas. El servicio militar obligatorio del futuro debe incluir entrenamiento digital, educación en ciberseguridad, preparación ante desastres, liderazgo y especialización técnica. De esta manera, el joven que sirve al país también mejora sus posibilidades profesionales.
La defensa nacional no puede construirse únicamente con mayores presupuestos militares o con tecnología avanzada. Las amenazas actuales exigen sociedades organizadas, instituciones fuertes y ciudadanos preparados. Un país que no tiene capacidad de movilizar sus recursos humanos durante una crisis queda expuesto, incluso si posee fuerzas armadas modernas.
Por ello, la discusión no debería centrarse en mantener o eliminar la conscripción como si fuera un problema del pasado. El verdadero desafío es transformarla. El servicio militar obligatorio debe evolucionar hacia un modelo de formación estratégica nacional, donde exista un equilibrio entre las necesidades de defensa del Estado y los derechos y expectativas de los ciudadanos.
En conclusión, el retorno de la conscripción responde a un mundo más inseguro y a la necesidad de fortalecer la capacidad de respuesta de las naciones. En nuestro país, frente al crimen organizado, las amenazas territoriales, los riesgos tecnológicos y las emergencias nacionales, contar con ciudadanos preparados puede convertirse en una ventaja estratégica. La solución no es volver al antiguo reclutamiento, sino crear un sistema moderno donde el Estado reciba compromiso y esfuerzo, pero también entregue formación, oportunidades y herramientas para el futuro. La seguridad nacional debe entenderse como una responsabilidad compartida: una tarea de todos y una inversión en la fortaleza del país.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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