En el Perú, la deuda pública no debería verse solo como un problema que hay que evitar. Bien utilizada, también puede ayudar al Estado a impulsar el desarrollo del país. Ese es el debate que hoy hace falta. Durante mucho tiempo, el problema no fue solo cuánto debía el Estado, sino que esa deuda no servía para fortalecer las instituciones, cerrar brechas ni mejorar la vida de la población. Cuando la deuda se usa sin orden, genera desconfianza. Cuando se maneja con cuidado, puede financiar el crecimiento y fortalecer al propio Estado.
En los años ochenta, el país sufrió las consecuencias de perder el control de sus cuentas. Hubo una inflación muy alta, una caída de la inversión, aislamiento financiero y un Estado que no podía responder a las necesidades básicas de la población. Esa etapa dejó una lección clara: cuando la política fiscal se maneja mal, el daño no es solo económico; también afecta a las instituciones y a la sociedad.
Desde los años noventa, el Perú corrigió ese rumbo. La autonomía del Banco Central de Reserva, una política fiscal más prudente y una mejor gestión macroeconómica permitieron recuperar la confianza y reducir la deuda pública hasta niveles cercanos al 30 % del PBI. Ese resultado, junto con el aumento de las reservas internacionales, dejó al país en una posición más sólida que la de muchos vecinos de la región y le dio un margen importante frente a crisis externas.
Pero esa fortaleza no debe llevar a la complacencia. Tener cuentas ordenadas es necesario, pero no basta. El verdadero reto del Perú ya no es solo evitar desequilibrios, sino convertir esa capacidad financiera en mejores servicios, más infraestructura y más oportunidades. Un Estado que mantiene la estabilidad, pero no resuelve las brechas que frenan el crecimiento, termina alejando la economía de la vida diaria de los ciudadanos.
Por eso, el debate público debe cambiar de enfoque. No basta con preguntar cuánto puede endeudarse el Estado; lo importante es para qué lo hace. La deuda puede ser útil si financia proyectos que aumenten la productividad y mejoren la competitividad del país: carreteras que unan mercados, puertos que impulsen el comercio exterior, sistemas de agua y saneamiento que protejan la salud, educación técnica vinculada al empleo y digitalización de la gestión pública.
El problema histórico del Perú no ha sido solo la falta de recursos, sino la debilidad del Estado para convertirlos en resultados. La baja ejecución de inversiones, la burocracia, la corrupción y la falta de continuidad en las políticas públicas han reducido el impacto del gasto. Más deuda, sin reformas institucionales, solo repetiría errores antiguos con otro nombre.
Por eso, el siguiente paso debe ser construir un Estado más eficiente. La prudencia fiscal debe seguir siendo una regla básica, pero debe ir acompañada de cambios que mejoren la calidad del gasto, fortalezcan la planificación y aseguren que cada inversión responda a una estrategia nacional de largo plazo. La estabilidad económica solo tendrá sentido si se traduce en menos desigualdad, más productividad y una mayor capacidad de desarrollo.
El contexto internacional hace que esta tarea sea aún más urgente. En un mundo marcado por tensiones geopolíticas, cambios en las cadenas de suministro y competencia por atraer capital, los países con estabilidad, recursos y una buena ubicación tienen una ventaja. El Perú la tiene, pero solo podrá aprovecharla si demuestra capacidad para ejecutar, coordinar y sostener políticas públicas serias.
La historia de la deuda peruana deja una conclusión clara: primero fue necesario recuperar la confianza; ahora toca utilizar esa confianza para construir un Estado más capaz. El país ya demostró que puede ordenar sus cuentas. El reto de esta etapa es convertir esa fortaleza en inversión productiva, mejores servicios y una mayor presencia del Estado donde más se necesita.
La deuda dejó de ser una amenaza por sí misma. Bien administrada, puede convertirse en una herramienta de progreso y en un apoyo para fortalecer al Estado. Pero eso exige algo más que prudencia financiera: requiere visión de país, instituciones sólidas y una clase dirigente capaz de entender que la estabilidad no es la meta final, sino el punto de partida para volver a crecer y desarrollar al Perú.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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