Columnas Jorge Céliz

El quinquenio que definirá el futuro del Perú

El Perú inicia un nuevo quinquenio en su momento más crítico desde el retorno a la democracia: el Estado ha dejado de ser un instrumento eficaz de orden, desarrollo y justicia. La verdadera crisis no es solo económica ni exclusivamente política, sino institucional. Se trata de un aparato público que no ejecuta con eficiencia, no garantiza seguridad y no logra imponer la ley de manera uniforme. En ese vacío, la corrupción se normaliza, la inseguridad se expande y la gestión pública pierde credibilidad. La estabilidad macroeconómica, antes considerada una fortaleza, se vuelve insuficiente cuando el Estado no puede transformar recursos en resultados ni autoridad en gobernabilidad efectiva.

Los indicadores confirman la profundidad del deterioro. La pobreza aún afecta a una cuarta parte de la población, la anemia infantil persiste como una herida estructural en la primera infancia y la informalidad continúa dominando la economía nacional. A ello se suma un fenómeno más grave: la expansión del crimen organizado, que ha dejado de ser marginal para convertirse en un poder territorial paralelo, con redes de extorsión, sicariato y minería ilegal que desafían abiertamente la autoridad del Estado. La corrupción, lejos de retroceder, sigue drenando recursos públicos y debilitando la capacidad del país para invertir en educación, salud e infraestructura. El problema no es la falta de diagnósticos, sino la incapacidad de convertirlos en acción sostenida y verificable.

Las implicancias de esta debilidad institucional trascienden las fronteras nacionales. En un contexto global de menor crecimiento, competencia intensa por inversiones y tensiones geopolíticas crecientes, los países con instituciones sólidas captarán capital, tecnología y empleo de calidad. El Perú conserva ventajas estructurales relevantes —recursos naturales, ubicación estratégica en el Pacífico y disciplina macrofiscal—, pero estas se ven neutralizadas por la incertidumbre política, la inseguridad ciudadana y la baja capacidad de ejecución del Estado. El resultado es un país con potencial alto, pero con riesgo percibido elevado, lo que limita su competitividad internacional.

El próximo gobierno enfrenta, por ello, una oportunidad decisiva y de duración limitada. No se trata de ampliar promesas ni de multiplicar anuncios, sino de demostrar capacidad real de gestión. La seguridad ciudadana exige una estrategia integral que combine inteligencia policial, desarticulación del crimen organizado, recuperación del control penitenciario y modernización profunda del sistema de justicia. En paralelo, la reforma del Estado debe enfocarse en simplificar procesos, digitalizar servicios, profesionalizar la administración pública y elevar de manera sustantiva la calidad de la ejecución del gasto. La política social, por su parte, debe abandonar la dispersión y concentrarse en intervenciones de alto impacto: primera infancia, educación básica, salud preventiva y fortalecimiento del capital humano.

La reconstrucción institucional no será posible sin recuperar la confianza ciudadana. Esto implica que la lucha contra la corrupción deje de ser un discurso recurrente y se convierta en una política de Estado con mecanismos efectivos de transparencia, sanción y rendición de cuentas. La estabilidad democrática no depende solo de elecciones periódicas, sino de instituciones que funcionen con reglas claras y de un sistema que garantice igualdad ante la ley. Sin legitimidad institucional, cualquier crecimiento económico será frágil y cualquier reforma, reversible.

El Perú aún dispone de recursos, talento humano y resiliencia económica para iniciar una nueva etapa de desarrollo. Sin embargo, esas ventajas solo se convertirán en bienestar si existe liderazgo político, continuidad en las políticas públicas y capacidad de ejecución. El desafío de este quinquenio no es retórico, sino estructural: reconstruir un Estado que funcione. Si se logra fortalecer las instituciones, recuperar la seguridad, combatir la corrupción con resultados verificables y mejorar la calidad del gasto público, el país podrá entrar en un ciclo de crecimiento sostenible e inclusión. Si no, la fragmentación política y la improvisación seguirán postergando el futuro. La hora de la verdad institucional ya no es una advertencia: es el punto de inflexión que define el destino del Perú.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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