César Novoa Columnas

De abrir cuentas a transformar territorios: cinco decisiones para construir el nuevo sistema financiero latinoamericano

La inclusión financiera fue el punto de partida. La siguiente frontera consiste en convertir pagos, datos, crédito e institucionalidad en productividad, inversión y empresas sostenibles.

Por César Augusto Novoa Chávez

América Latina ha logrado algo que hace dos décadas parecía distante: millones de personas pueden abrir cuentas, transferir dinero, cobrar mediante una billetera y operar desde un teléfono. Perú aceleró los pagos digitales y la interoperabilidad; Argentina consolidó una intensa dinámica de cuentas y transferencias; Chile avanzó en la construcción de un sistema de finanzas abiertas.

El progreso es indiscutible. Sin embargo, la pregunta decisiva permanece sin respuesta: ¿cuánto de esa inclusión está convirtiéndose efectivamente en productividad, inversión, formalización sostenible y crecimiento empresarial? Una economía puede multiplicar transacciones sin transformar sus capacidades productivas.

Una microempresa puede recibir pagos digitales y continuar sin capital de trabajo adecuado. Un emprendedor puede generar miles de registros transaccionales y seguir siendo evaluado como si careciera de información. Una región puede contar con agencias bancarias, cajas y fintech, pero mantener desconectados el financiamiento, la tecnología, las universidades, las cadenas productivas y los gobiernos territoriales.

El problema ya no es solo de acceso. Es de arquitectura.
La región necesita evolucionar hacia ecosistemas financieros-productivos territoriales: estructuras capaces de conectar personas, financiamiento, datos, tecnología, conocimiento, instituciones y mercados dentro de territorios concretos. El objetivo no debe ser únicamente incluir usuarios en el sistema, sino convertirlos en actores económicos con capacidad para producir, invertir, innovar y crecer.

Esta transformación requiere aprender de referentes internacionales sin copiarlos mecánicamente. Brasil demuestra la potencia de combinar infraestructura pública de pagos y apertura de datos. Pix, creado por el Banco Central de Brasil, se convirtió en una plataforma de pagos instantáneos de alcance masivo; paralelamente, Open Finance busca aumentar la competencia y mejorar la eficiencia de los mercados de crédito y pagos. La lección no es simplemente “crear otra billetera”, sino construir rieles comunes sobre los cuales bancos, fintech y empresas puedan innovar e interoperar.

India ofrece una segunda enseñanza. Su Unified Payments Interface permite transferencias inmediatas entre cuentas, mientras que el sistema de Account Aggregators facilita el intercambio seguro y consentido de información financiera. Esa combinación permite que los datos de actividad económica puedan apoyar procesos más ágiles de evaluación y financiamiento, especialmente cuando los balances tradicionales son incompletos.

El Reino Unido muestra cómo las finanzas abiertas pueden evolucionar desde el cumplimiento regulatorio hacia servicios útiles para hogares y pequeñas empresas. En marzo de 2025 registraba 13,3 millones de usuarios activos y 31 millones de pagos mediante open banking; sus soluciones empresariales se orientan también al control de caja y a mejorar la previsión financiera. La lección es clara: abrir datos tiene valor cuando mejora decisiones, competencia y acceso a soluciones pertinentes.

Alemania aporta una dimensión que América Latina no debería ignorar: la territorialidad. La Sparkassen-Finanzgruppe opera como una red financiera descentralizada, vinculada al servicio local y a la inclusión regional. Su relevancia no reside únicamente en su escala, sino en la proximidad institucional y en su relación con hogares, empresas y economías regionales.
Estos referentes conducen a una agenda de cinco decisiones.

Primera decisión: mapear la economía antes de diseñar el crédito.
Cada territorio debe identificar sus cadenas de valor, flujos comerciales, empresas tractoras, proveedores, capacidades tecnológicas y brechas financieras. El producto adecuado para una cadena agrícola exportadora no será el mismo que para un corredor turístico, un conglomerado comercial o un ecosistema tecnológico.

La acción concreta es crear mapas financieros-productivos territoriales que integren información de actividad económica, pagos, empleo, infraestructura y financiamiento. El resultado debe ser una cartera de oportunidades territoriales, no solo una segmentación comercial de clientes.

Segunda decisión: convertir los pagos digitales en información productiva.
La interoperabilidad debe ser el inicio, no el destino. Con consentimiento, protección de datos y reglas transparentes, los registros transaccionales pueden ayudar a estimar ventas, estacionalidad, recurrencia, concentración de clientes y estabilidad de flujos.

La acción concreta consiste en desarrollar modelos de evaluación basados en flujo de caja, complementarios al historial crediticio y a las garantías tradicionales. El dato debe servir para incluir mejor, no para vigilar más.

Tercera decisión: financiar cadenas y trayectorias, no operaciones aisladas.
El crédito empresarial debe conectarse con órdenes de compra, facturas, contratos, inventarios, proveedores y mercados. Una pequeña empresa vinculada a una cadena solvente puede representar un riesgo diferente al que muestra una evaluación individual desconectada de su entorno.

La acción concreta es expandir factoring, confirming, financiamiento de proveedores, garantías parciales y crédito basado en ventas verificables. El financiamiento deja así de sostener solamente liquidez y comienza a construir capacidad productiva.

Cuarta decisión: integrar financiamiento con capacidades.
El dinero, por sí solo, rara vez resuelve problemas de gestión, productividad o comercialización. Los productos financieros para emprendedores deberían conectarse con asistencia técnica, educación financiera, digitalización, acceso a mercados y acompañamiento empresarial.

La acción concreta es construir alianzas entre entidades financieras, universidades, cámaras empresariales, gobiernos territoriales y plataformas tecnológicas. El banco aporta financiamiento; la academia, conocimiento; las empresas tractoras, mercado; y el gobierno, coordinación e infraestructura.

Quinta decisión: medir transformación, no solamente colocación.
El éxito no puede reducirse al crecimiento de cartera, número de cuentas o volumen de transacciones. Debe incluir productividad, supervivencia empresarial, formalización sostenible, empleo, inversión y reducción del costo financiero ajustado por riesgo. La acción concreta es crear un tablero de impacto territorial con indicadores compartidos. Una cartera puede crecer y, al mismo tiempo, destruir valor mediante sobreendeudamiento, alta rotación de negocios o financiamiento permanente de subsistencia.

La implementación puede comenzar con pilotos, no con grandes proclamaciones. En los primeros noventa días, cada país podría seleccionar tres territorios con perfiles productivos diferentes. En los siguientes doce meses, debería integrar información financiera y productiva, lanzar soluciones específicas y formar una instancia local de gobernanza. Después de dos años, los pilotos tendrían que ser evaluados por resultados económicos verificables antes de escalarse.

El nuevo sistema financiero no requiere destruir lo construido. Requiere conectar lo que hoy funciona de manera fragmentada. Perú puede transformar su interoperabilidad en mejor originación crediticia. Argentina puede convertir su densidad transaccional en información para inversión y desarrollo empresarial. Chile puede proyectar sus finanzas abiertas hacia una articulación más profunda con las necesidades productivas de sus territorios.


La próxima frontera financiera de América Latina será digital, pero también territorial, productiva, institucional y humana. La inclusión financiera permitió que millones de personas ingresaran al sistema. La misión ahora es mucho más exigente: lograr que ese sistema les permita construir empresas más sólidas, empleos sostenibles y territorios capaces de competir.
El debate ya no debe centrarse únicamente en cuánto puede colocar el sistema financiero.
La pregunta estratégica es otra:
¿Cuánto desarrollo puede construir con cada sol, peso o dólar que intermedia?
César Augusto Novoa Chávez. Economista, MBA y docente de posgrado en UPN, UTP y UPC. Autor e investigador en estrategia, microfinanzas, inclusión financiera, transformación digital y ecosistemas financieros-productivos territoriales.

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César Augusto Novoa Chávez
CEO de NOZA Investment Company SAC Perú y un líder estratégico con más de 25 años impulsando crecimiento, innovación y transformación en entornos altamente competitivos. Su trayectoria integra finanzas, gestión de riesgos, tecnología y dirección comercial, con posiciones clave en Derrama Magisterial, Banco Azteca / Grupo Salinas y Banco del Trabajo. Reconocido por convertir la visión en ejecución, diseña e implementa modelos escalables orientados a valor, rentabilidad y sostenibilidad. Es docente internacional de posgrado y columnista. Economista (Universidad Nacional de Piura) y MBA (ESAN), con especializaciones en Riesgos Financieros (ESAN & Tecnológico de Monterrey), Transformación Digital & Fintech (Copenhagen Business School) y Business Sustainability (University of London).

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