El orden internacional está entrando en una fase distinta. La competencia entre Estados Unidos y China ya no se libra solo por influencia militar o diplomática. También se decide en puertos, cadenas de suministro, inversiones, tecnología y acceso a mercados. El último estudio del Pew Research Center confirma el cambio: China obtiene una valoración favorable mediana de 51 % en 37 países y supera a Estados Unidos en percepción positiva en 25 de ellos. El dato no demuestra adhesión al modelo chino: el Sur Global está ampliando sus opciones.
Occidente sostuvo durante décadas que la apertura económica debía acompañarse de democracia y derechos humanos. China propone otra fórmula: comercio, infraestructura, financiamiento y tecnología con menor énfasis en condiciones políticas. Para países que necesitan carreteras, energía, conectividad y capital, esa oferta resulta atractiva. Los resultados pueden pesar más que los discursos.
América Latina es uno de los principales escenarios de esta transformación. China ya no representa únicamente un mercado para minerales, alimentos y materias primas. Su presencia se extiende hacia infraestructura, logística, telecomunicaciones, energía, manufactura y financiamiento. El Perú ocupa una posición relevante. La relación ha adquirido dimensión estratégica y el puerto de Chancay refuerza la conexión del país con las cadenas comerciales del Asia-Pacífico.
Chancay puede convertirse en una ventaja histórica, pero infraestructura no equivale a poder nacional. Un puerto genera oportunidades; la cuestión es quién captura el valor. Si el Perú exporta principalmente materias primas e importa bienes de mayor contenido tecnológico, la relación comercial puede reproducir una vieja estructura de dependencia bajo nuevas formas.
El riesgo no es comerciar con China, sino depender demasiado de cualquier potencia. Concentrar mercados, capitales, tecnologías o infraestructura crítica reduce la capacidad de negociación de un Estado. La autonomía estratégica no exige aislamiento; exige alternativas. Con varios socios, un país puede negociar. Con uno solo, termina adaptándose.
Tampoco sería inteligente responder al avance chino mediante una política de alineamiento automático con Washington. El Perú debe defender sus intereses, no los de una potencia. China, Estados Unidos, Europa, Japón, Corea del Sur, India, Australia y otros actores pueden contribuir al desarrollo nacional si existen reglas claras y reciprocidad.
Occidente también debe ser realista. Si pretende conservar influencia en América Latina, necesita ofrecer inversión, tecnología, infraestructura y acceso a mercados. Las advertencias geopolíticas son insuficientes cuando otros actores llegan con proyectos concretos y financiamiento.
Para el Perú, la hoja de ruta debe ser precisa: diversificar mercados y fuentes de inversión; proteger infraestructura crítica; transparentar contratos; fortalecer la evaluación de proyectos estratégicos; exigir transferencia tecnológica; elevar la capacidad técnica del Estado; y profundizar la integración regional. La política exterior debe responder a una estrategia nacional de desarrollo.
China está modificando el equilibrio mundial, pero el futuro del Perú no está predeterminado por Beijing ni Washington. Dependerá de nuestra capacidad para convertir la competencia entre potencias en oportunidades. La soberanía se ejerce. En el nuevo orden global, la autonomía estratégica no es una opción secundaria, sino la condición para que el Perú negocie, crezca y decida con libertad.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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