Columnas Rafael Antonio Aita Campodónico

Más allá de El idiota y Los demonios: la política de la mediocridad organizada

Fiódor Dostoievski planteó dos advertencias que siguen vigentes. En El idiota, el príncipe Myshkin representa la bondad radical en una sociedad incapaz de comprenderla. El verdadero «idiota» no es él, sino una comunidad que confunde la integridad con la ingenuidad. En Los demonios, en cambio, el autor retrata cómo las ideologías fanáticas, el resentimiento y el nihilismo pueden destruir una nación desde dentro. Ambas novelas analizan mecanismos de degradación moral y política.

En la actualidad, el problema parece haber evolucionado. Ya no basta con la ignorancia individual ni con el fanatismo organizado. El mecanismo contemporáneo consiste en la mediocridad institucionalizada, una estructura que desincentiva el pensamiento crítico, desacredita a los intelectuales, recompensa la obediencia y sustituye el debate por consignas emocionales. El objetivo ya no es convencer, sino uniformar.

Las nuevas herramientas son más sofisticadas que las descritas por Dostoievski. La manipulación informativa, los algoritmos que premian la polarización, el desprestigio del conocimiento experto, la cultura del espectáculo y la simplificación extrema del discurso público producen ciudadanos menos reflexivos y más fáciles de movilizar. La igualdad deja de entenderse como igualdad de derechos para convertirse, en algunos casos, en una presión hacia la uniformidad intelectual.

La eliminación simbólica del intelectual no siempre ocurre mediante la censura directa. Puede darse mediante la ridiculización, la desinformación, la saturación de contenidos superficiales o la presión social contra quienes cuestionan el consenso dominante. Así, la excelencia deja de ser una aspiración y pasa a ser vista con sospecha.

Sin embargo, sería un error atribuir este fenómeno a una sola ideología. La instrumentalización de la ignorancia puede aparecer tanto en gobiernos autoritarios como en democracias debilitadas, en movimientos de izquierda o de derecha, cuando el poder privilegia la obediencia sobre la razón.

La respuesta política no consiste en sustituir una élite por otra, sino en fortalecer instituciones independientes, una educación que fomente el pensamiento crítico, una prensa libre, universidades autónomas y una ciudadanía capaz de distinguir entre información, propaganda y entretenimiento. El pluralismo intelectual es una defensa más sólida que cualquier culto al líder.

Conclusión. Si El idiota advertía sobre una sociedad incapaz de reconocer la virtud y Los demonios sobre el poder destructivo del fanatismo, el siglo XXI enfrenta un riesgo adicional: la normalización de la mediocridad como estrategia de control. Una democracia saludable necesita ciudadanos críticos, no seguidores incondicionales; necesita conocimiento antes que consignas y diálogo antes que polarización. La lección de Dostoievski permanece vigente: cuando una sociedad renuncia al pensamiento libre, prepara el terreno para que el poder, cualquiera que sea su signo, sustituya la verdad por la conveniencia y la libertad por la conformidad.

Es un buen regalo mantenerse en los parámetros de la razón y de la cultura del bien.

Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.

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