Columnas Manuel Escorza

Una boda bajo la lluvia

La novia salió del salón vestida de blanco. Afuera llovía. Quiso tomar un taxi, pero se dio cuenta de que no llevaba dinero. Aun así, levantó la mano. Un auto se detuvo. Se acercó a la ventanilla y habló con el conductor. No se sabe qué le dijo, pero él asintió y le abrió la puerta.

—A la comisaría —dijo ella, con una voz inusualmente grave.

El taxista arrancó sin hacer más preguntas.

Esa noche, la fiesta había transcurrido como cualquier boda feliz: mesas repletas, brindis, saludos, música y un animado baile. Nadie imaginaba que terminaría así.

Todo había empezado por un celular perdido. El hermano de la novia, ya con varios tragos encima, buscaba su teléfono por todos lados. Como no apareció, se acercó al novio a contarle lo que ocurría. Él, que también había bebido, lo escuchó con afecto e intentó prestarle la atención del caso. Hasta le hizo algunas preguntas. Pero no esperaba que su flamante cuñado, ofuscado por el alcohol, le dijera que seguramente se lo había robado la hermana de él, la misma que había llegado desde Brasil para estar presente en el matrimonio.

El novio trató de bajarle el tono a las cosas, le pidió que se calmara, que no hablara así. Pero ya era tarde. El cuñado se había ido de boca. Acusó a la hermana de él, expresándose con cierto desprecio e ironía. La novia trató de intervenir, pero el alcohol hacía de las suyas y nadie escuchaba a nadie.

Hubo un empujón posiblemente involuntario, dos o tres palabras más, y después el puñetazo. Seco. Definitivo. El hermano cayó al suelo.

Durante unos segundos, el tiempo se detuvo. Los brindis se apagaron y nadie supo qué hacer. No quedaba claro si el hombre seguía en el suelo por el golpe o por la embriaguez. La novia se acercó a su hermano, se arrodilló junto a él y vio un hilo de sangre en sus labios. Levantó la mirada hacia el hombre con quien acababa de casarse. No dijo nada. La palabra «esposo» le resultaba incómoda.

Atendió a su hermano, le desabrochó con delicadeza el cuello y le preguntó en voz baja si podía ponerse de pie. Consternada, volvió a mirar a su marido. De pronto se levantó, alisó el vestido y caminó con firmeza hacia la salida.

El taxi la dejó en la comisaría. Entró con el vestido blanco salpicado por la lluvia. Preguntó por el comisario, pero quien la atendió fue el encargado de la guardia.

Justo en la entrada, debajo de un escritorio sin silla que siempre estaba vacío, dormía un perro. Había llegado una noche, maltrecho y desnutrido. Se instaló en los jardines de afuera. Algunos policías le dieron de comer y lo dejaron estar ahí. El animal nunca se fue. No hacía guardia, pero siempre estaba ahí como quien vigilaba la entrada. En realidad, dormía. Era, además, el único que podía pasear por toda la comisaría. El perro abrió los ojos, la miró y la olfateó desde su distancia, como reconociendo el drama, para luego seguir descansando.

La novia avanzó hacia la oficina del encargado de la guardia.

—Siéntese, señorita.

Ella agradeció el gesto y se sentó con cuidado.

—Acabo de casarme —dijo, visiblemente emocionada.

El oficial la miró un instante. No dijo nada, aunque pensó que aquella mujer vestida de novia debería estar en un hotel y no en una comisaría.

—¿Desea un vaso de agua? —preguntó. Luego la escuchó casi paternalmente.

Al rato llegó el hermano. Entró directo a la oficina de atestados, casi sin mirar a la novia. Llevaba la camisa arrugada y una mancha oscura a la altura del cuello. Dijo que venía a poner una denuncia. El oficial lo interrumpió y bajó la voz, intentando apaciguar las cosas:

—Lo que conversemos debe quedar aquí. Hoy es la noche de bodas de la señorita.

Pero el hermano no venía a conversar: venía a dejar constancia. Quería levantar un atestado. Y la novia, con su silencio, lo consintió. No lo detuvo, no le pidió que no lo hiciera. Se quedó sentada, mirando lo que pasaba.

El hermano fue conducido al médico legista. La novia permaneció afuera, en la sala de espera. Había pasado aproximadamente una hora. La denuncia ya estaba en camino. No era solo una discusión de tragos, sino un expediente que avanzaba en la sección de denuncias.

El novio llegó traído por un amigo. Buscaba a la novia con la mirada. Ella seguía sentada, guardando silencio. Un policía le indicó dónde sentarse y le tomaron su manifestación.

Horas después, el hermano regresó acompañado por un efectivo. El policía se acercó al novio y le comunicó que el informe de medicina legal señalaba lesiones que ameritaban abrir un proceso y disponer su detención.

El novio palideció. Lo esposaron y se lo llevaron a la carceleta.

La novia continuó en la sala de espera, intercambiando de cuando en cuando mensajes por WhatsApp con su madre. No lloraba. Había en ella un silencio absoluto.

Todavía estaba en duelo. Su padre había fallecido hacía poco más de un año. Había sido policía y, por lo mismo, a ella las comisarías siempre le habían resultado familiares. Desde niña había entrado y salido de ellas con naturalidad. Hasta había jugado en sus pasillos. Las sentía un lugar de protección.

Un día antes de morir, postrado en la cama y con la voz grave, su padre la había mandado llamar:

—Si algún día tienes un problema, recurre a la Policía. Anda a la comisaría. Allí estaré yo, hija. Siempre a tu lado.

Esa fue la última frase que le dijo. Ella nunca la olvidaría. Ahora estaba en una comisaría, pero casada y sin luna de miel.

El policía que había tomado la denuncia se acercó y le dijo:

—Puede retirarse, señorita. Ya no necesita estar aquí.

El perro abrió nuevamente los ojos cuando ella pasó por la salida. La miró como entendiendo ese dolor que a veces aqueja a los humanos, y la vio difuminarse en esa fría noche.

Afuera, bajo la lluvia, se puso a llorar.

II.

En el local había tres celdas pequeñas, todas sin ventanas, sin camas ni mantas. Solo había suelo de cemento. El recién casado fue el único detenido en toda la noche.

Un buen rato después, avanzada la madrugada, el animal caminó hasta la celda. Se acercó de a pocos al novio. Ambos se miraron en silencio. La mascota acercó el hocico a las rejas. El hombre extendió también la mano, como si quisiera acariciarlo, pero se abstuvo. Lo miró como diciéndole: «No entiendo por qué me ha pasado esto». El animal parecía consolarlo.

Él era un hombre trabajador y se esforzaba siempre por ser amable. Había estudiado ingeniería electrónica en una universidad estatal, una carrera que terminó con dificultad debido a su déficit de atención y que le había exigido un autocontrol que a veces le faltaba. De joven había protagonizado episodios de violencia que ni él mismo comprendía. Si veía una pelea en la calle, una de esas broncas de barrio, algo se activaba en su interior y él se metía en el pleito. Tomaba partido casi por instinto y entraba a los golpes sin siquiera saber contra quiénes peleaba.

Con los años, estos episodios se fueron haciendo más espaciados entre sí: uno cada tres o cuatro años. Hasta parecía haber dejado atrás esa mala sombra de sí mismo. Pero aquella noche, la violencia de antaño volvió.

Pocos sabían que él provenía de una familia en la que había imperado la brutalidad. Su padre había sido un hombre severo que resolvía las cosas a golpes; lo había golpeado a él y también a su hermano, a ambos sin clemencia.

Aquellas peleas callejeras de su juventud, esas en las que se metía de manera automática, parecían responder a un mecanismo de defensa que aún perduraba. Tal vez aquellas peleas eran una forma de repetición de esas escenas hostiles de las que nunca logró liberarse, una manera inconsciente de hacer, ya adulto, lo que nunca había podido hacer de niño: defenderse de los golpes que había recibido y devolver la agresión que lo había humillado.

Ahora yacía en una celda la noche de su matrimonio. El perro lo observaba detenidamente. Era el único que parecía comprender que aquel hombre no estaba solo en una celda, sino preso de su propia historia.

Tres días después, abogado de por medio, el recién casado salió en libertad. Se dirigió al departamento en el que iban a vivir, retiró su ropa y dejó las llaves adentro.

Nunca más se hablaron. Nunca más se vieron. Nunca más se escribieron. Se refugiaron en el trabajo. No salían mucho. Ambos se sentían incómodos.

Estaban casados, pero el matrimonio no se había consumado. Se habían dado el sí, pero no habían dormido juntos aquella noche. Habían bailado El Danubio Azul, pero el recuerdo de esa música de alguna manera los atormentaba.

Él, de cuando en cuando, abría el chat de WhatsApp y miraba la foto de ella. La esposa hacía lo mismo con él. El WhatsApp estaba ahí, el teclado estaba ahí, la curiosidad estaba ahí, pero no se atrevían a escribirse. Era como un umbral que ninguno se animaba a cruzar. Hasta que una noche, como quien se tira a un abismo, él decidió enviarle un mensaje. Lo que le envió fue un punto.

Cerró los ojos como diciendo «Qué he hecho» y se durmió con el celular al costado. Al despertar, ella había respondido con otro punto. Miró ese mensaje unas treinta veces durante el día. Treinta escenas de ansiedad. Treinta estados de confusión. Treinta sensaciones de impotencia, rabia, deseo y dolor. Volvía una y otra vez a aquel pequeño punto que, en su imaginación, trababa y destrababa, abría y cerraba, hablaba y callaba, suspendía y avanzaba.

Esa misma noche, antes de dormir, le envió un segundo mensaje, esta vez con dos puntos. Ella le respondió de madrugada, también con dos puntos.

Por la tarde, él se atrevió a todo y mandó tres puntos. Ella, de inmediato, contestó con otros tres. Puntos que comunicaban esperanza, arrepentimiento, llanto, confusión y una enorme dificultad para encontrar las palabras y empezar a hablar. Estaban casados y ninguno sabía cómo iniciar la conversación.

Quedaron en verse en el Starbucks del Óvalo Monitor Huascar. Pero ninguno entró. Algo hizo que no quisieran sentarse en una mesa. Se encontraron uno frente a otro en la vereda; sin rumbo, empezaron a caminar. Ella iba de gris. Él, con un pantalón nuevo, como si la ropa nueva pudiera mejorar la imagen.

Caminaron en silencio por la vereda. Resonaba aún el eco de un Danubio Azul que no fue ni danubio ni azul, melodía que en su memoria ecualizaba a duras penas la dicha y la desdicha, la culpa y la vergüenza, los límites que nunca debieron haber cruzado. A unas quince cuadras de ahí, en algún lugar de aquella comisaría, probablemente bajo el escritorio de la entrada, solo el perro alcanzaba a comprender el significado de caminar sin rumbo y bajo la lluvia cuando esta moja el alma de la gente.

III.

Ella presionó con fuerza para volver de inmediato. Él también quería eso, aunque de forma más gradual. Ella insistió, y finalmente tuvieron su primera noche de casados. Acordaron no hablar mucho del tema. La madre de ella lo entendió. Sin embargo, nunca iría a visitarlos. La Navidad de ese año la pasaron por separado. Su yerno había golpeado a su hijo. Y eso le dolía en el alma. Nunca imaginó que la boda de su hija terminaría así. Hubo quienes dijeron que murió de pena.

Los esposos hicieron su mejor esfuerzo. Pero había algo ahí que no estaba bien tramitado. Tal vez eran esos puntos suspensivos que se habían digitado entre los dos. Puntos que hablaban de una conexión, pero que también mantenían en suspenso algo de lo ocurrido de lo que no se atrevían a hablar y que mucho menos podían elaborar. Esos puntos suspensivos los separaban y los acercaban. En el fondo expresaban también una comunicación imposible para ellos, quizás incluso bloqueada. Ella nunca pudo perdonar el alejamiento voluntario de su hermano. Él jamás perdonó que ella lo hubiera metido a una celda. Incluso, alguna vez, en una discusión, él se lo reprochó.

—Tú hiciste que me encarcelaran.

—Tú golpeaste a mi hermano.

—Era nuestra boda.

—Era la ilusión de mi vida que tú arruinaste.

El hermano de ella era un profesional que se había ido a probar suerte a Tumbes. Allí conoció a una mujer muy bella, de ojos verdes, de quien decía con orgullo que la había pescado en el mar caliente de esa tierra. Se enamoraron. Pero la relación terminó mal y la separación fue difícil. Luego se trasladaría a Trujillo y después a Chiclayo, donde se repitió la historia. Finalmente decidió volver a Lima, al mismo distrito donde vivía su madre. Ella lo adoraba. Se había vuelto alcohólico, tanto que bebía solo.

Con los años, el esposo comprendió que el comportamiento violento tenía que ver con el trato que le había dado su padre. En esas broncas callejeras, él se defendía de la violencia que había sufrido y actuaba lo que nunca pudo hacer: defenderse a golpes de la violencia recibida. Y eso se repetía una y otra vez porque las heridas eran tan profundas que no podía sacarse de encima esas experiencias traumáticas. Al repetirlas, de alguna manera denunciaba aquello que había vivido.

Ella terminó su duelo por la muerte de su padre y lo dejó partir.

—¿Y si nos casamos otra vez?

—Ya estamos casados.

—Puede ser…, contestó el marido como pensando en esa idea en la que no se le había ocurrido.

Antes de decidir casarse de nuevo, visitaron la tumba de la madre de ella. Lloraron su muerte. Le pidieron disculpas por el daño que le ocasionaron, por la tristeza que ella cargó hasta el final, por no haber podido darle la alegría que merecía.

Decidieron corregir su historia y, apoyados por el párroco que los casó, se casaron de nuevo. Lo que hicieron fue una renovación de votos. Esta vez no hubo fiesta. Pocos invitados. Tampoco hubo lluvia. Ella se puso un sobrio vestido de color blanco; él, un terno oscuro de aspecto moderno.

Tal vez lo hicieron para reescribir su noche de bodas, tal vez para reparar lo ocurrido. Lo sintieron como una forma de sanación, pero sobre todo lo hicieron llevados por el deseo de dar a sus hijos una historia familiar distinta. Así lo entendieron.

Y es que hay personas que al triunfar, fracasan. Algo pasa en su inconsciente: cuando alcanzan el éxito o el sueño deseado, termina convirtiéndo el triunfo en una derrota.

La pareja recibió apoyo especializado y logró salir adelante. Hoy caminan tranquilos bajo una lluvia muy distinta a la que antes recaía sobre ellos.

Desde lejos, a varios kilometros, y echado en el suelo bajo aquel escritorio vacío de la entrada de la comisaría, la mascota seguía de cerca los acontecimientos de la pareja y los observaba. Y es que, desde el preciso instante en que la novia entró a ese lugar vestida de blanco y salpicada por la lluvia de entonces, él lo supo todo.

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta.

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