Hay una frase que rompe con los prejuicios de nuestro tiempo: “Aquí no hay viejos, nos llegó la tarde”. En ella habita una profunda verdad. La tarde no representa el final del camino, sino el momento en que la luz adquiere otra intensidad, cuando el calor de la experiencia ilumina con mayor serenidad. Envejecer no significa perder valor; significa acumular historias, aprendizajes, aciertos y errores que ninguna escuela puede enseñar.
La sociedad suele exaltar la juventud como sinónimo de innovación, fuerza y futuro. Sin embargo, olvida que las decisiones más trascendentes requieren criterio, paciencia y perspectiva, virtudes que generalmente se cultivan con el paso de los años. La experiencia es una biblioteca viva que no puede reemplazarse con la velocidad de la información ni con la inmediatez de las redes sociales.
Muchos jóvenes poseen talento, creatividad y enormes deseos de transformar el mundo. Pero también enfrentan una época marcada por la prisa, la superficialidad y la falta de referentes sólidos. En ese escenario, la presencia de quienes han recorrido más camino resulta indispensable. No para imponer ideas, sino para acompañar, orientar y ayudar a distinguir entre el entusiasmo pasajero y los proyectos verdaderamente trascendentes.
La tarde de la vida también puede convertirse en una etapa de mayor libertad. Es el momento en que desaparece la necesidad de demostrar quién se es y aparece la oportunidad de compartir lo aprendido con generosidad. El verdadero legado no consiste únicamente en los bienes materiales, sino en los valores transmitidos, en los consejos oportunos y en el ejemplo cotidiano.
Apoyar y aportar nunca tiene fecha de vencimiento. Quien conserva el deseo de servir mantiene viva su capacidad de transformar realidades. Cada conversación con un joven, cada experiencia compartida y cada palabra de aliento pueden abrir caminos que antes parecían imposibles. La sociedad necesita puentes entre generaciones, no muros levantados por prejuicios relacionados con la edad.
La noche, incluso, no debe entenderse como oscuridad, sino como un espacio de contemplación donde las estrellas se hacen visibles. Del mismo modo, muchas personas alcanzan en la madurez la claridad suficiente para comprender aquello que en la juventud parecía incomprensible. Esa sabiduría merece ser escuchada y aprovechada.
Conclusiones
La experiencia nunca termina porque el aprendizaje acompaña al ser humano hasta el último día de su existencia. No existen personas viejas cuando permanece viva la voluntad de enseñar, aprender y servir.
Las nuevas generaciones necesitan la energía de su juventud, pero también la orientación de quienes ya recorrieron el camino. Solo el diálogo entre ambas construirá una sociedad más equilibrada, humana y preparada para enfrentar los desafíos del futuro.
Que llegue la tarde no significa que el sol deje de iluminar. Significa que su luz se vuelve más cálida, más profunda y más valiosa. Quienes viven esa etapa tienen todavía mucho que ofrecer: inspiración, prudencia, liderazgo y esperanza. Porque mientras exista la decisión de seguir apoyando y aportando, siempre habrá oportunidades de crecimiento para los jóvenes y para toda la sociedad.
Yo aún me alimento de la experiencia y la sabiduría de personas y amigos mayores, y siento que mi responsabilidad es contribuir a que sus tardes sean cada vez más importantes, luminosas y valiosas.
Con responsabilidad.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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