Columnas Jorge Céliz

El ocaso de la diplomacia británica y la sombra de Washington

El Reino Unido comienza a enfrentarse a una realidad incómoda: incluso las alianzas históricas pueden atravesar momentos de incertidumbre y los equilibrios internacionales que durante décadas parecieron permanentes pueden modificarse con sorprendente rapidez.

Las recientes declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump durante su visita a Irlanda han contribuido a esa sensación. En Dublín afirmó que una eventual reunificación irlandesa sería “fantástica” y expresó su deseo de verla concretarse. Días antes había anunciado que Washington estaba revisando su posición respecto de las Malvinas/Falklands, territorio administrado por el Reino Unido y cuya soberanía continúa siendo reclamada por Argentina. Son señales que no equivalen todavía a un abandono de Londres, pero que introducen incertidumbre en una relación bilateral históricamente considerada especial.

Durante décadas, Gran Bretaña pudo proyectar poder mucho más allá de sus fronteras apoyándose no solo en sus capacidades militares, económicas y diplomáticas, sino también en una estrecha relación estratégica con Estados Unidos. Hoy ese vínculo enfrenta nuevas tensiones.

El reclamo argentino sobre las Malvinas continúa vigente y ha adquirido renovada visibilidad durante el gobierno de Javier Milei, precisamente en momentos en que Buenos Aires mantiene una estrecha relación política con Trump. Argentina ha intensificado recientemente sus acciones diplomáticas y legales vinculadas a las islas y a la explotación de hidrocarburos en sus aguas circundantes.

La posición británica, sin embargo, también es clara. Londres sostiene que no negociará la soberanía mientras los habitantes de las islas no lo deseen y fundamenta su posición en el principio de autodeterminación. En el referéndum celebrado en 2013, el 99,8 % de quienes participaron votó por mantener el estatus de las islas como territorio británico de ultramar.

Es precisamente esa divergencia la que convierte cualquier modificación de la posición estadounidense en un asunto geopolítico relevante.

La guerra de 1982 pertenece a otro momento histórico y a un equilibrio internacional diferente. Pretender que todas las condiciones estratégicas de entonces permanecen intactas sería equivocado. Estados Unidos continúa siendo el principal aliado de seguridad del Reino Unido, pero las recientes declaraciones de Trump muestran que algunas posiciones que durante décadas parecían previsibles pueden ser sometidas nuevamente a discusión.

No hace falta que Washington abandone formalmente a Londres para que cambie el escenario diplomático. Basta con que deje abierta la posibilidad de revisar determinadas posiciones para que Buenos Aires perciba un espacio internacional distinto del existente hasta hace poco.

Pero la discusión británica tiene otra dimensión particularmente sensible: Irlanda del Norte.

La posibilidad de una futura reunificación irlandesa no constituye simplemente una hipótesis política. El Acuerdo del Viernes Santo de 1998 contempla un mecanismo democrático mediante el cual el estatus constitucional de Irlanda del Norte puede modificarse si existe respaldo suficiente de la población. Cualquier cambio requeriría, además, el consentimiento democrático correspondiente en ambas partes de la isla.

Por eso, las declaraciones procedentes de Washington tienen especial resonancia. No determinan el futuro de Irlanda del Norte —esa decisión corresponde fundamentalmente a sus ciudadanos dentro del marco acordado—, pero sí introducen una nueva variable política en un debate históricamente delicado.

El Reino Unido enfrenta así un desafío que va mucho más allá de las Malvinas o Irlanda del Norte. Debe adaptar su política exterior a un escenario internacional en el que las alianzas tradicionales son menos previsibles, las relaciones económicas pesan cada vez más y las potencias reconsideran constantemente sus prioridades.

El Brexit, los desafíos económicos internos y las tensiones constitucionales dentro del propio Reino Unido añaden complejidad a ese escenario. Mantener capacidades militares y compromisos internacionales en distintos puntos del planeta exige recursos considerables y obliga a Londres a definir cuidadosamente cuáles son sus prioridades estratégicas.

En el siglo XXI, el poder no se mide solamente por la capacidad de conservar territorios o desplegar fuerzas militares. También depende de la capacidad de negociar, construir alianzas, anticipar cambios y adaptarse a nuevas realidades internacionales.

Por ello, el mayor desafío para Londres quizá no provenga exclusivamente de Buenos Aires, Dublín o Washington, sino de su capacidad para interpretar correctamente un mundo en transformación.

Respecto de las Malvinas/Falklands, cualquier eventual acercamiento diplomático debería reconocer que existen posiciones profundamente enfrentadas: Argentina reivindica la soberanía sobre las islas, mientras que el Reino Unido sostiene que debe prevalecer la voluntad de sus habitantes.

En Irlanda del Norte, el camino está más claramente definido: cualquier modificación de su estatus debe producirse mediante los mecanismos democráticos establecidos por el Acuerdo del Viernes Santo.

La cuestión central, entonces, no es simplemente si el poder británico está disminuyendo. Es si Londres podrá transformar sus alianzas y su diplomacia con la misma rapidez con la que cambia el escenario internacional.
Las grandes potencias no dejan de serlo únicamente cuando pierden territorios. También pueden perder influencia cuando no consiguen adaptarse a tiempo a un mundo que ya cambió.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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